Holaaa regrese con una nueva hosyrtoa que espero que les encante
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8
El bosque volvió a quedar en silencio.
Solo el sonido del agua corriendo entre las piedras y el canto lejano de algunos pájaros rompían la calma que había regresado después del ataque.
Asterion caminaba unos pasos detrás de Laira.
Con las manos cruzadas detrás de la espalda.
Su mirada recorría cada rincón del bosque.
No buscaba monstruos.
Buscaba errores.
Y el mayor de ellos caminaba justo delante de él.
Laira parecía haber olvidado por completo que, apenas unos minutos antes, tres criaturas habían intentado secuestrarla.
Se detenía a observar flores.
Acariciaba la corteza de los árboles.
Incluso sonreía cuando alguna mariposa se posaba sobre su cesta.
Asterion soltó un leve suspiro.
"¿Qué estoy haciendo?"
Frunció el ceño.
"He venido a investigar un antiguo despertar... no a seguir a una campesina por el bosque."
Continuó caminando.
"Entonces... ¿por qué sigo aquí?"
Podía marcharse.
Abrir un portal.
Regresar a la Torre.
Enviar soldados.
Magos.
Guardianes.
Cualquier otra persona podía encargarse de vigilar aquel lugar.
Sin embargo...
Allí seguía.
Caminando detrás de ella.
Como si sintiera la absurda necesidad de asegurarse de que no volviera a meterse en problemas.
Aquello lo irritaba.
No porque la muchacha fuera una carga.
Sino porque él mismo no comprendía el motivo.
"Esto carece de lógica."
Y Asterion odiaba aquello que no podía explicar.
—¡Aquí están!
La voz de Laira rompió sus pensamientos.
La joven sonreía con verdadera emoción frente a un pequeño grupo de flores azuladas que crecían junto a una roca cubierta de musgo.
Sus pétalos brillaban con un tono plateado bajo la luz del sol.
—Por fin las encontré.
Se arrodilló con cuidado.
No las cortó de inmediato.
Primero apoyó una mano sobre la tierra.
Cerró los ojos.
Permaneció inmóvil unos segundos.
Solo entonces separó cuidadosamente cada tallo.
Asterion observaba la escena con atención.
Las flores no emitían magia.
Pero respondían a ella.
Como si la reconocieran.
Como si aceptaran marcharse únicamente porque era Laira quien las tomaba.
Era un fenómeno que desafiaba todo cuanto conocía.
—¿Qué clase de don es este...? —murmuró para sí.
Laira guardó las flores dentro de su cesta y sonrió satisfecha.
—Mi madre estará feliz.
Muy lejos de allí...
En las profundidades del Bosque Oscuro...
La luz jamás llegaba.
Las raíces formaban enormes columnas naturales.
Los árboles eran tan antiguos que sus troncos parecían montañas.
En el centro del bosque se levantaba un trono tallado en madera negra.
Sobre él permanecía sentado un hombre de extraordinaria belleza.
Cabello tan oscuro como la noche.
Ojos dorados.
Una corona formada por ramas retorcidas.
Era el Rey del Bosque Oscuro.
Frente a él, los tres vigías permanecían arrodillados.
Ninguno se atrevía a levantar la vista.
—¿Fracasaron?
Nadie respondió.
El silencio fue suficiente.
Los ojos dorados del rey comenzaron a brillar.
Las raíces del salón se agitaron violentamente.
Una presión insoportable cayó sobre los presentes.
Uno de los vigías cayó de bruces.
Otro comenzó a temblar.
—¿Tres guardianes antiguos...
...derrotados por un solo hombre?
Su voz era tranquila.
Demasiado tranquila.
Y precisamente por eso resultaba aterradora.
—El Archimago apareció...
—Lo sabemos.
Respondió sin permitir que terminara la explicación.
Se puso de pie lentamente.
Su capa de hojas negras rozó el suelo.
—Así que Asterion también la encontró...
Una leve sonrisa apareció en sus labios.
No era una sonrisa de alegría.
Era la de alguien que acababa de aceptar un desafío.
—Entonces la guerra ha comenzado.
Mientras tanto...
Laira y Asterion continuaban caminando.
El sendero comenzaba a ensancharse.
Las primeras casas del pueblo ya deberían ser visibles.
Sin embargo...
Solo había árboles.
Laira se detuvo.
—Qué raro...
Miró hacia ambos lados.
—Estoy segura de que ya deberíamos haber salido del bosque.
Asterion levantó la vista.
El viento había dejado de soplar.
Los árboles permanecían completamente inmóviles.
Entonces comprendió.
—No...
Las hojas comenzaron a moverse formando un enorme círculo alrededor de ambos.
El sendero desapareció.
Los troncos cambiaban lentamente de lugar.
Las raíces surgían de la tierra cerrando cada posible salida.
El bosque...
Estaba cambiando.
Como si fuera una criatura viva.
Laira observó todo con asombro.
—¿Eso puede pasar?
Asterion dio un paso delante de ella.
—No de forma natural.
Ella bajó la vista unos segundos.
Había algo que llevaba años preguntándose.
Algo que nunca había tenido el valor de decir en voz alta.
—Archimago...
Él no respondió.
Solo siguió observando los árboles.
—¿Puedo hacerle una pregunta?
—Depende.
—Soy adoptada.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.
—Mis padres nunca me ocultaron la verdad.
Dicen que me encontraron cuando era un bebé.
No había nadie conmigo.
Solo una manta...
Y un colgante que nunca supieron de dónde provenía.
Guardó silencio unos segundos.
Después preguntó con una sinceridad que desarmaba cualquier defensa.
—¿Por qué alguien abandonaría a su propia hija?
Asterion permaneció inmóvil.
Aquella pregunta...
No tenía respuesta.
O quizá sí.
Pero era demasiado pronto para pronunciarla.
Porque, por primera vez desde que la conoció...
Comenzaba a sospechar que Laira no había sido abandonada.
Había sido escondida.
Y existía una enorme diferencia entre ambas cosas.
En ese instante, una ráfaga de viento atravesó el bosque.
Las copas de los árboles comenzaron a abrirse lentamente.
Como si una voluntad invisible hubiera decidido permitirles marcharse.
Asterion observó el sendero reaparecer frente a ellos.
Pero una inquietud quedó instalada en su pecho.
El bosque no los había dejado salir.
Los había dejado ir.
Y eso era mucho más preocupante.