—¡Esto no es un cliché de reencarnación!
exclamó la protagonista reencarnada con todo los elementos que le hace un cliché.
Sin embargo, todo cambia cuando lo conoce a él. Su misterioso y falso “esposo"
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Capítulo 5: Sombras en la capital
El sol apenas había alcanzado el cenit cuando el chasquido sordo de varios cascos de caballo sobre el empedrado rompió la frágil calma de la calle de la Casa D'Aro. Claudia continuaba sentada frente a la pequeña mesa del comedor, observando cómo la taza de té se enfriaba rápidamente.
A su lado, Marth, su anciana y leal ama de llaves, se asomaba tras los visillos de la ventana con las manos temblorosas y el rostro desprovisto de color.
—Señorita Claudia... —susurró Marth, tragando saliva con clara dificultad—. Hay caballeros afuera. Portan las insignias de la Guardia de la Torre Mágica y el blasón del Duque Vance. Estás rodeada.
Claudia cerró los ojos un instante, dejando salir un largo suspiro resignado. Sabía que la noticia se extendería rápido, pero jamás imaginó que los sabuesos de las altas esferas reaccionarían con semejante ferocidad.
—Marth, por favor, mantén la calma —pidió Claudia, intentando dotar a su voz de una firmeza que distaba mucho de sentir—. Abre la puerta antes de que la derriben. Si nos mostramos evasivas, solo alimentaremos sus sospechas.
Marth asintió torpemente y se encaminó hacia el vestíbulo principal. Segundos después, el sonido de la pesada aldaba de bronce resonó tres veces con fuerza marcial. Al abrirse la puerta, una figura imponente dio un paso al frente, haciendo crujir los tableros de madera. No era el mismísimo Duque ni el Maestro de la Torre en persona, sino Sir Brand, el vicecomandante de los caballeros de la Orden del Norte, secundado por un oficial de túnica azul perteneciente a la facción mágica.
—Buscamos a la Baronesa Claudia D'Aro —declaró Sir Brandon con voz rasposa, pasando la mirada por el modesto recibidor—. Por orden directa de la corona y la comisión conjunta de los líderes del imperio, tenemos un mandato de interrogatorio inmediato respecto a los sucesos del Gran Banquete.
—La... la señorita D'Aro está en la sala de estar, señor caballero —articuló Marth con la voz enhebrada, haciendo una reverencia temblorosa mientras se echaba a un lado.
Claudia emergió del pasillo ajustándose un sencillo chal sobre los hombros, fingiendo la compostura de una noble que no comprende el alboroto que la rodea.
—Sir Brandon —saludó Claudia con una inclinación de cabeza perfectamente meditada—. Agradecería que no aterrorizara a la única persona que cuida de esta casa. Si tienen preguntas sobre la desafortunada confusión de anoche, responderé con gusto, pero les aseguro que mi modesto hogar no alberga a ningún fugitivo.
El caballero del Norte entrecerró los ojos, analizando la calma fingida de la muchacha.
—Señorita D'Aro, usted abandonó el palacio de la mano de un sujeto no identificado a quien declaró ser su cónyuge —intervino el oficial mágico, sosteniendo un artefacto de cristal que reaccionaba al flujo de residuos mágicos en el ambiente—. Su declaración afectó directamente la reputación del Príncipe Heredero y de las autoridades presentes. Exigimos saber el paradero, la identidad y la afiliación de ese individuo.
—No tengo la menor idea de quién es —respondió Claudia sin pestañear, manteniendo la mentira con una convicción magistral—. Sufrí un ataque severo de pánico ante la aglomeración y la repentina presión en el salón. Ese hombre estaba cerca de la salida, y en mi desesperación por escapar de la atención general, agarré al primer extraño que crucé y dije lo primero que se me vino a la mente. Nos separamos en el laberinto de jardines, no intercambiamos nombres y jamás lo había visto antes en mi vida. Pueden registrar la casa si lo desean; estoy completamente sola.
Los dos oficiales se miraron con desconfianza. El artefacto del mago comenzó a emitir un tenue pulso azul, indicando que no había rastros de magia sospechosa o portales en la pequeña vivienda. Sir Brandon soltó un bufido de frustración.
—Aunque su historia sea cierta, señorita, la ciudad entera está bajo vigilancia —sentenció el vicecomandante—. El Caballero Paladín y el Santo han desplegado puestos de control en cada distrito. Queda usted bajo custodia preventiva: no tiene permitido abandonar el distrito noble sin la escolta de nuestros hombres.
Tras inspeccionar minuciosamente las habitaciones y no encontrar prueba alguna del sospechoso, los caballeros se retiraron, dejando a dos guardias armados apostados en la entrada de la casa de Claudia.
Marth se dejó caer sobre una silla en el vestíbulo, llevándose las manos al pecho.
—¡Es horrible, mi lady! —sollozó la anciana—. Nos vigilarán día y noche. ¿Qué va a pasar ahora?
—Tranquila, Marth —murmuró Claudia, aunque por dentro sentía que el cerco se cerraba violentamente sobre su cuello—. Si ven que no sé nada y que mi vida sigue siendo aburrida, se cansarán y buscarán en otra parte.
Sin embargo, Claudia sabía que no podía quedarse atrapada eternamente en su casa. Las provisiones de la despensa eran escasas y la sensación de claustrofobia comenzaba a sofocarla. Al atardecer, aprovechando que los guardias de la entrada se relevaban y que la niebla volvía a descender sobre las calles, Claudia se envolvió en una capa oscura y salió por la pequeña puerta trasera de la cocina, escurriéndose entre los callejones del distrito sur. Necesitaba llegar a la zona comercial para enviar un mensaje a su banquero y comprar suministros básicos.
La casa había decaído tanto que no había sirviente para tales recados.
Caminar por la ciudad era como cruzar un campo minado. Los patrulleros del imperio caminaban en parejas por las avenidas principales, interrogando a mercaderes y revisando carruajes. Claudia avanzaba con la cabeza baja, embozada en la capucha, sintiendo que en cualquier momento una mano de hierro se posaría sobre su hombro.
Al doblar la esquina de la plaza del mercado de especias, tropezó torpemente con la figura de un hombre que salía de una elegante tienda de té.
—¡Ah, perdón! —exclamó ella por instinto, dando un paso atrás y reajustándose la capucha con pánico.
—Vaya, vaya... parece que mi "esposa" tiene la costumbre de tropezar conmigo en los momentos más inoportunos.
Claudia se congeló por completo. Aquella voz grave, pausada y saturada de una diversión inconfundible no pertenecía a ningún oficial del imperio.
Levantó la mirada con lentitud. De pie frente a ella, vistiendo un traje de lana fina de tono azul medianoche sin ningún emblema noble, se encontraba el misterioso muchacho de la noche anterior. Tenía los brazos cruzados y una sonrisa leve jugando en la comisura de sus labios. A pocos metros, disimulados entre los transeúntes del mercado, dos hombres de aspecto aterrador y mirada afilada mantenían la mano sutilmente apoyada en la empuñadura de sus dagas ocultas, escoltándolo a la distancia.
—¡Tú! —susurró Claudia en un chillido ahogado, tirando de su manga para arrastrarlo hacia la penumbra de un callejón secundario fuera del alcance de la multitud—. ¿Qué demonios haces paseando por la ciudad como si nada? ¡Hay cientos de caballeros buscándonos! ¡Incluso pusieron guardias en la puerta de mi casa!
El joven dejó que lo arrastrara sin oponer la menor resistencia, observando la desesperación de la muchacha con una calma desconcertante.
—¿Guardias en tu casa? —preguntó él enarcando una ceja—. Qué falta de tacto por parte de las autoridades locales. Y sobre mí... bueno, no tenía idea de que mi presencia causara tanto revuelo. Solo estaba comprando unas hojas de té de alta montaña antes de regresar a mi hospedaje.
—¿Té? ¿Estás comprando té mientras el ejército del imperio peina las calles por buscarte? —gimió Claudia, llevándose las manos a la cabeza—. Dijiste que te marcharías de la capital. ¡Deberías haber cruzado la frontera anoche mismo!
Él la miró con atención, notando el agotamiento y la genuina angustia reflejada en el rostro de la baronesa. Su mirada juguetona se suavizó apenas un milímetro, transformándose en algo mucho más profundo y calculador.
—Mi compromiso aquí ya casi ha terminado —respondió él suavemente, dando un paso más cerca de ella—. Además, no podía marcharme sabiendo que dejaba a mi encantadora "esposa" en medio de una jauría de lobos hambrientos. ¿Quieres que te acompañe? O tienes suficiente con la seguridad de los perros falderos de los líderes.
Claudia parpadeó, sintiendo que el corazón le daba un vuelco violento, dividida entre la indignación por su ligereza y el extraño alivio que le producía no estar sola en medio de semejante caos que ella misma creo.