Despreciada por su linaje de serpiente y desterrada por las intrigas de una hembra celosa, Serena despierta los recuerdos de su vida pasada como médica e ingeniera agroindustrial. En lugar de dejarse morir en el bosque peligroso, decide que el barro es el mejor aliado y la ingeniería su salvación. Al rescatar al general del Clan Águila, no solo se gana el corazón de un temible y tímido depredador, sino que inicia una revolución agrícola, médica y militar que cambiará el Continente de las Bestias para siempre, desafiando las tradiciones de la poligamia y demostrando que la inteligencia es el arma más letal de todas.
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CAPITULO 24
El Gran Consejo de los Ancianos del Clan Águila se encontraba reunido en el Anfiteatro de la Cumbre, un mirador de piedra labrada que dominaba toda la cara sur del monte sagrado. Frente a ellos, colocada sobre una mesa de madera masiva, se desplegaba una serie de mapas y maquetas tridimensionales hechas con arcilla, cañas de bambú y pequeñas rocas.
Serena, armada con una varilla de madera de pino a modo de puntero, estaba en el centro de la sesión explicativa. A su lado, firme y majestuoso en su túnica azul militar, el General Aquiles guardaba su espalda con la mirada fija en los venerables del consejo.
—La ecuación es simple —comenzó Serena, haciendo golpear la varilla contra la maqueta de arcilla—. Sus reservas actuales de carne desecada y grasa animal solo cubren el sesenta por ciento del requerimiento calórico del clan durante los tres meses de invierno glacial. Cada año, el diez por ciento de la población infantil y los ancianos muere de inanición o enfermedades asociadas a la mala nutrición. Esto no es una fatalidad inevitable del destino; es un fallo catastrófico de gestión de recursos.
El Anciano Corvus, un veterano de plumas grises y barba blanca que presidía el consejo de agricultura, frunció el ceño con escepticismo.
—Mentora Serena —interrumpió Corvus con voz rasposa—, agradecemos sus lecciones sobre la higiene y esos 'demonios invisibles', pero lo que propone es una locura imposible. Estas montañas son de granito puro y piedra caliza. Durante milenios, nuestro clan ha cazado en los valles porque la piedra no da alimento. Pretender sembrar plantas en los acantilados verticales es desafiar las leyes de la naturaleza.
Serena sonrió con esa autosuficiencia brillante que tanto desesperaba a los tradicionalistas y tanto enamoraba a Aquiles.
—La piedra no da alimento por sí sola, Anciano Corvus, pero la piedra tallada sostiene la tierra rica —explicó Serena, señalando los escalones de la maqueta—. Presento oficialmente el proyecto de Cultivo de terrazas escalonadas. Tallaremos la ladera de la montaña en forma de gigantescos peldaños de piedra retenidos por muros de contención. En cada escalón colocaremos una capa inferior de grava para el drenaje, una capa intermedia de compostaje rico en materia orgánica y una capa superior de tierra fértil traída del valle.
Hizo una pausa y señaló una red de pequeñas cañas de bambú partidas por la mitad en la maqueta.
—Además, conectaremos el agua del deshielo glacial superior a un sistema de canales de riego integrados que distribuirá el agua por gravedad, de terraza en terraza, sin desperdiciar una sola gota. Ahí sembraremos patatas de montaña, cereales de ciclo corto, quinua y verduras ricas en nutrientes. Cuando el invierno llegue, el Clan Águila no pasará hambre; tendrá almacenes llenos hasta el tope.
Un murmullo de incredulidad recorrió al consejo. Los ancianos negaban con la cabeza, calificando el proyecto de utopía absurda que requeriría una fuerza de trabajo inhumana.
—Picar la ladera de la montaña tomaría años —protestó otro anciano—. Ningún guerrero del aire va a cambiar su lanza por un pico para ponerse a labrar rocas como un topo. Es una humillación para los soldados del cielo.
—No es una humillación —resonó una voz grave, profunda y atronadora que hizo vibrar el anfiteatro entero.
Aquiles dio dos pasos al frente, colocándose al lado de Serena. Su presencia colosal dominó la escena.
—Es una victoria que se gana antes de que empiece la batalla —declaró el Príncipe General, mirando fijamente a los ancianos—. Si morir de hambre en invierno es el 'orgullo' de los soldados del cielo, entonces ese orgullo es una idiotez. La Mentora Serena ha traído la solución para que nuestros hijos no mueran de frío.
Sin esperar la respuesta del consejo, Aquiles se despojó de su capa militar y de su túnica azul, dejándose la parte superior del torso al descubierto, donde su musculatura bronceada relucía bajo el sol de la mañana. Se caminó hacia un rincón del anfiteatro, tomó una gigantesca pica de hierro pulido —una herramienta de minería tan pesada que un hombre común apenas podría levantarla— y se la colocó sobre el hombro.
—Si el ejército necesita ver a alguien 'humillarse' para salvar al clan —añadió Aquiles, mirando a Serena con una devoción incandescente en sus ojos dorados—, yo seré el primero en pitar la primera piedra.
Aquiles dio media vuelta y caminó directamente hacia la cara sur de la montaña. Serena lo siguió a paso ligero, con los ojos verdes brillando de emoción y el corazón latiéndole a mil por hora ante la demostración de liderazgo de su guerrero.
Al llegar al acantilado seleccionado para la primera terraza, Aquiles se posicionó frente a la masa de roca sólida. Levantó la pica de hierro por encima de su cabeza, tensando cada músculo de sus brazos, espalda y torso. Con un rugido de fuerza pura y el batir de sus colosales alas doradas para ganar impulso, descargó la pica contra la pared de granito.
¡BOOOOOOM!
Un estruendo similar al choque de un rayo rebotó por todos los cañones. Fragmentos de roca salieron despedidos y una enorme grieta se abrió en la pared del acantilado. Aquiles volvió a levantar la pica y descargó un segundo golpe, y luego un tercero, comenzando a dar forma al primer muro de contención con una fuerza sobrehumana.
Al ver al venerado Príncipe General —el héroe invicto de la nación— sudando, picando piedra y trabajando como un obrero por la visión de Serena, los soldados de la Primera División que miraban desde lejos se quedaron estupefactos.
—¡Por las tormentas ancestrales! —exclamó el sargento Bóreas, dando un paso al frente—. ¡Si el General pica la piedra, yo no me voy a quedar mirando como un cobarde!
—¡Traigan las palas! —gritó un capitán.
—¡Por la Mentora y por el General! —rugieron cien voces.
En cuestión de minutos, la apatía del ejército se transformó en una masa de entusiasmo frenético. Cientos de guerreros alados, curtidos en batallas, descendieron sobre la ladera de la montaña armados con picas, mazos, palas y cestos de mimbre. El sonido de los golpes de hierro contra la roca resonó como una sinfonía de construcción en toda la cordillera.
La ladera se convirtió en una gigantesca obra agroindustrial. Los soldados volaban hacia el valle inferior para cargar enormes sacos de tierra negra fértil, mientras otros picaban los peldaños y las guerreras ensamblaban las tuberías de bambú para los canales de riego, todo bajo las instrucciones precisas de Serena.
Serena se paseaba entre los trabajadores con sus planos, corrigiendo ángulos de drenaje, verificando la estabilidad de los muros de contención y asegurándose de que la grava estuviera bien compactada.
Llegado el mediodía, Serena caminó hacia el primer nivel de la terraza, donde Aquiles continuaba rompiendo los bloques de granito más grandes sin tomarse un solo segundo de descanso. El sudor le resbalaba por el pecho amplio y la espalda, haciendo brillar su piel morena, mientras sus alas doradas se mantenían entreabiertas para disipar el calor del esfuerzo.
Serena se acercó a él con un pañuelo de lino y un tazón de agua fresca con infusión de limón y menta.
—Tómate un descanso, pajarito de la construcción —dijo Serena con voz dulce, interceptando el brazo del gigante cuando se disponía a dar otro golpe de pica.
Aquiles se detuvo en seco, respirando con agitación. Bajó la herramienta y miró a Serena. Al verla tan cerca, con sus escamas perladas brillando bajo el sol y una sonrisa llena de orgullo dedicada exclusivamente a él, el cansancio del guerrero desapareció por completo.
—No puedo descansar... —dijo Aquiles con voz ronca, tomando el tazón de agua pero sin quitarle los ojos de encima—. Cada bloque de piedra que rompo es un paso más para que este lugar sea digno de ti.
Serena sintió que el calor le subía de golpe a las mejillas. Se puso de puntillas y, con una delicadeza infinita, comenzó a secarle el sudor de la frente y del cuello con el pañuelo de lino. Su rostro quedó a escasos centímetros del del general.
—Ya es más que digno, Aquiles —susurró Serena con una ternura juguetona, dejando que sus dedos rozaran la piel tibia de su mandíbula—. Y tengo que admitir que verte picar piedra con el torso descubierto es una distracción sumamente peligrosa para mi concentración técnica. Si sigues trabajando así de bien, voy a tener que inventar excusas para hacerte construir terrazas todos los días.
El efecto de las palabras traviesas de Serena fue inmediato.
El general tragó saliva con violencia. Sus orejitas de plumas, expuestas al aire libre, se erguieron de golpe y sufrieron su acostumbrada metamorfosis, pasando de un tono rosado a un rojo fluorescente tan brillante que varios soldados que trabajaban diez metros más abajo se detuvieron a mirar sorprendidos.
—S-Serena... las tropas... las tropas nos están viendo —balbuceó Aquiles con una timidez adorable, intentando cubrirse el rostro con una de sus alas mientras el rubor le quemaba los pómulos.
—Que miren —rio Serena, dándole un apretón cariñoso en su bíceps de acero—. Que vean cómo su gran general se pone rojo como un tomate cada vez que su ingeniera le dice que se ve guapo.
Aquiles cerró los ojos por un segundo, soltando una risita tímida y baja que retumbó en su pecho. Se inclinó levemente hacia ella, apoyando su frente contra la de Serena, dejando que el aroma a lavanda y menta de la joven lo envolviera por completo en medio del ruido de las picas y los martillos.
—Eres una amenaza para la disciplina militar, Serena —susurró el gigante con amor infinito—. Pero soy el hombre más afortunado de estos cielos por ser el blanco de tus ataques.
Tras tres semanas de trabajo ininterrumpido bajo el liderazgo de la pareja, la cara sur de la montaña se había transformado por completo. Lo que antes era un acantilado de roca estéril e imponente era ahora un espectáculo monumental de la ingeniería humana y alada: más de cincuenta terrazas escalonadas de piedra pulida se alzaban en simetría perfecta, con canales de agua cristalina corriendo de nivel en nivel y una capa de tierra negra fértil lista para recibir las primeras semillas.
El Gran Consejo de los Ancianos, encabezado por el viejo Corvus, bajó a inspeccionar la obra terminada. Los ancianos tocaban los muros de contención con manos temblorosas, maravillados al ver cómo el agua del glaciar fluía con mansedumbre por los canales de bambú sin erosionar la tierra.
—Esto... esto es una obra de los dioses —murmuró Corvus, cayendo de rodillas ante la primera terraza y hundiendo sus dedos en la tierra fértil—. La piedra ha aprendido a sostener la vida.
Serena, de pie en la terraza superior junto a Aquiles, observó el valle con la cabeza en alto. Sostenía un saco de semillas de patata de montaña y cereales entre las manos.
—No es obra de los dioses, Anciano Corvus —declaró Serena con voz clara—. Es obra de la ciencia, del trabajo en equipo y de un clan que decidió dejar atrás la ignorancia para asegurar su futuro.
Aquiles extendió su mano y la colocó sobre la de Serena, uniendo sus dedos sobre el saco de semillas. Juntos, ante la mirada respetuosa de miles de soldados y pobladores que abarrotaban las terrazas, arrojaron las primeras semillas sobre la tierra fértil de la cumbre.
La Revolución Verde del Clan Águila había echado raíces, y en el corazón de las alturas, el amor entre la serpiente de la tierra y el águila de los cielos florecía tan fuerte como las futuras cosechas.