¡Al diablo con los protagonistas sufridos que lloran en un rincón! 💥
Dante era el Emperador del Caos, un dios místico que aplastaba deidades por diversión. Ahora reencarnó en el cliché más quemado de Internet: un yerno residente "bueno para nada". Su suegra le grita por no lavar los platos, los primos millonarios lo humillan y él... se está muriendo de la risa mientras hace breakdance con la escoba.
Para colmo, su alma despertó un Sistema que es un completo troll de internet. ¿La regla del juego? Entre más insoportable y predecible sea el villano, ¡más billones de dólares y poderes divinos recibe Dante por romperle el guion de la forma más ridícula posible!
⚡ En esta novela vas a encontrar:
Peleas brutales en sandalias de goma contra mafias armadas hasta los dientes.
Curaciones médicas milagrosas usando una tostadora vieja y un tenedor.
Una fría esposa CEO que no sabe si enamorarse de él o internarlo en un manicomio.
NovelToon tiene autorización de Syraxes Crowley para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 2: Preparativos y Caracoles
El ojo izquierdo de Valeria Vega tenía un tic. Un parpadeo rítmico, espasmódico y violento que, en el lenguaje de los mortales, significaba: «Estoy a una mala respuesta de cometer un crimen de primer grado».
Valeria era, sin lugar a dudas, una mujer hermosa. Tenía una silueta elegante, facciones afiladas dignas de una modelo de alta costura y un cabello oscuro que caía en ondas perfectas sobre sus hombros. Sin embargo, en ese preciso momento, su rostro reflejaba un agotamiento tan profundo que parecía haber estado cargando el peso de tres corporaciones multinacionales sobre la espalda durante una semana entera sin dormir.
Cruzó los brazos, clavando su mirada de hielo en el hombre que estaba sentado en el borde de la cama.
—Dante —pronunció su nombre con una lentitud peligrosa— Dime que es una broma. Dime que tienes un traje de diseñador guardado en alguna parte y que lo que llevas puesto es solo un cruel experimento social para destruir mi estabilidad mental.
Dante se miró a sí mismo, dándose una palmadita en el pecho. Llevaba puesto un espectacular y carísimo saco de esmoquin negro satinado, combinado con una playera blanca de algodón debajo. Hasta ahí, todo iba bien. El problema real empezaba de la cintura para abajo: unos pantalones de pijama holgados con rayas azules y blancas, coronados por las ya legendarias chanclas de goma verdes.
—¿De qué estás hablando, Valeria? Esto es el epítome de la vanguardia —respondió Dante, levantándose para dar una vuelta de pasarela— Se llama Estilo Híbrido Corporativo-Casero. Arriba le digo al mundo: "Soy un hombre de negocios listo para firmar contratos millonarios". Abajo le digo: "Pero valoro la comodidad de mis dedos y exijo libertad de movimiento". Es el balance perfecto del universo.
Dante se giró discretamente hacia un lado y te miró de reojo.
—Además, seamos honestos —te susurró, rompiendo la cuarta pared— El autor y yo nos pasamos la mitad del prólogo diseñando una portada vertical con este outfit exacto. Si me cambio de ropa ahora, vamos a arruinar la continuidad estética y los lectores van a exigir un reembolso por publicidad engañosa. Hay que mantener el marketing empresarial, muchachos.
—¡Nos vamos ya! —gritó Valeria, ignorando por completo sus delirios, tomándolo del brazo con una fuerza sorprendente para una CEO e impulsándolo a empujones pasillo abajo hasta el estacionamiento. Lo metió en el asiento del copiloto del auto como quien esconde un paquete ilegal y arrancó quemando llanta hacia el salón de eventos.
El trayecto fue un monólogo de pura frustración. Valeria conducía esquivando el tráfico de la ciudad mientras repasaba la lista de familiares víboras que estarían presentes en el banquete de cumpleaños de la matriarca.
Cuando el auto finalmente se detuvo frente al "Palacio de Cristal", un fastuoso salón de eventos reservado para la crema y nata de la alta sociedad, la opulencia del lugar era casi ofensiva. Había alfombras rojas, fuentes de agua danzantes con luces de colores y un camino de mármol blanco pulido que atravesaba unos jardines inmaculados, donde cada hoja de pasto parecía haber sido recortada con tijeras de cirujano.
Dante bajó del auto, estirando los brazos. El sonido de sus chanclas de goma haciendo «clack-clack» contra el pavimento de lujo rompía por completo la atmósfera aristocrática del lugar.
A mitad del camino de mármol, Dante se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron de par en par, fijos en un punto específico del suelo.
—Vaya, vaya, vaya... pero miren qué tenemos aquí —murmuró con una sonrisa maquiavélica.
Un pequeño, lento y completamente inocente caracol estaba cruzando pacíficamente el borde del mármol, ajeno por completo a los dramas de la alta sociedad humana.
Ahora bien, hay algo que debes saber sobre Dante Cruz. No importaba si era el Emperador Supremo del Caos o un yerno residente en pijama; él tenía una regla de vida absoluta, un impulso caótico e incontrolable: cada vez que se topaba con un caracol en el camino, sentía la necesidad imperiosa de echarle sal encima, importándole un bledo si la criatura estaba afectando las plantas del jardín o si simplemente iba de paso por el mundo. Era una pura y absoluta demostración de su total falta de empatía por la paz del cosmos.
Con una velocidad que desafiaba la percepción mortal, Dante metió la mano en el bolsillo de su elegante saco de esmoquin. Para sorpresa de nadie, no sacó un pañuelo de seda ni un teléfono de última generación, sino un salero de vidrio con tapa de metal que había robado descaradamente de la cocina antes de salir.
—¡Dante! ¡¿Qué estás haciendo?! —exclamó Valeria, dándose la vuelta al notar que su esposo se había quedado atrás.
—Shh, silencio, nena. Estoy a punto de realizar un experimento alquímico de alta prioridad —susurró Dante, arrodillándose en su esmoquin y pantalones de pijama frente al molusco.
Giró el salero y comenzó a espolvorear una lluvia generosa de sodio directamente sobre el pobre animal. En un par de segundos, el caracol comenzó a burbujear como una pequeña pastilla efervescente en un vaso de agua. Dante observaba el fenómeno con los ojos brillantes de pura fascinación infantil, completamente complacido por el caos microscópico que acababa de desatar en el perfecto jardín botánico.
—¡Eres un demente! ¡Deja en paz a la fauna del salón! —Valeria, con la paciencia pulverizada, avanzó a grandes zancadas, extendió la mano y tomó a Dante firmemente por el cuello de la camisa de esmoquin, levantándolo del suelo como si fuera un gato callejero antes de que pudiera sacar un segundo salero.
—¡Oye, cuidado con el cuello! Que este saco es prestado y la tela mística de la playera es delicada —se quejó Dante mientras era arrastrado hacia la entrada principal, guardando el salero en el bolsillo con total naturalidad.
Valeria soltó un suspiro largo, se acomodó el vestido de noche, recuperó su postura de empresaria imperturbable y empujó las enormes puertas dobles de madera tallada y oro del salón principal.
¡BOOM!
El bullicio de los violines, las risas hipócritas y el tintineo de las copas de champaña inundaron sus oídos. Pero la entrada de la pareja coincidió, de forma casi milimétrica, con un momento de máxima atención en el escenario principal del salón.
Justo en ese instante, las luces del techo parecieron intensificarse sobre la entrada opuesta. Un hombre joven, vistiendo un traje gris de tres piezas a la medida, zapatos de cuero italiano que brillaban más que el sol y un reloj de oro que costaba más que la empresa entera de Valeria, caminaba hacia el centro del salón rodeado por un séquito de aduladores.
Era el primo Mauricio Vega. Su barbilla apuntaba tan alto hacia el techo que era un milagro que no se tropezara con sus propios pies. Su expresión desosaba una arrogancia insoportable, la clásica cara de un villano secundario de novela que está a punto de presumir sus millones frente a toda la familia.
Mauricio se detuvo en seco, giró la cabeza hacia la entrada y localizó inmediatamente a Valeria... y al hombre en chanclas que venía agarrado de su cuello. Una sonrisa burlona, cargada de veneno puro, comenzó a extenderse por el rostro del heredero.
Dante miró a Mauricio, luego miró de reojo a la "cámara" flotante e imaginaria y dejó escapar un suspiro de alivio.
—Ah, excelente. Llegó el payaso principal del circo —te dijo Dante con un guiño— Prepárense, muchachos, porque el banquete del cringe oficialmente acaba de comenzar.