Un paseo escolar a una isla prohibida se convierte en una pesadilla mortal. Una empresa secreta oculta experimentos genéticos con dinosaurios modificados, y cuando alguien libera a todas las criaturas, los barcos huyen en pánico… olvidando a cinco estudiantes abandonados a su suerte.
Dan, un chico de 16 años con una inteligencia que nadie imagina, deberá ocultar su verdadero potencial y sus poderes sobrenaturales mientras él y sus compañeros luchan por sobrevivir. Entre la selva llena de depredadores, secretos terribles, peleas, traiciones, miedos y lazos que se rompen o se fortalecen, tendrán que aprender a confiar los unos en los otros… antes de que se conviertan en la próxima presa.
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CAPÍTULO 13: LA VOZ QUE PROMETIÓ EL CIELO
Pasaron más de dos horas desde que la pantalla se apagó por última vez y el rostro cansado, roto y lloroso del Dr. Silas se desvaneció poco a poco entre la nieve blanca y gris de la señal perdida, y en todo ese tiempo ninguno de los cinco habíamos pronunciado ni una sola palabra, ni un suspiro fuerte, ni un movimiento que no fuera el mínimo e inevitable de respirar. Seguíamos apiñados los unos contra los otros alrededor de aquel monitor antiguo de plástico amarillento, en el centro de la sala de seguridad semidestruida que habíamos encontrado casi por casualidad entre los escombros del bloque de laboratorios B. El polvo espeso y gris flotaba inmóvil en el aire, iluminado solo por el parpadeo lento y rítmico de las luces rojas de emergencia que colgaban de cables pelados del techo rajado, y por los diodos verdes, naranjas y rojos de los paneles de control que aún conservaban algo de energía de los generadores de emergencia. El olor era siempre el mismo desde el primer día: a tierra mojada, a metal oxidado, a madera podrida, y a ese olor dulzón y pesado que nadie quería nombrar, pero que todos reconocíamos al instante: el olor de la muerte que se había instalado para siempre en aquella isla.
En ese silencio que pesaba más que cualquier techo que se nos pudiera caer encima, cada uno de nosotros daba vueltas sin parar a las mismas frases que el científico había dicho antes de que la imagen muriera: revisó todos los listados, todos los manifiestos, todos los accesos. Para él, para quien lo había construido todo y lo sabía todo, allí no quedaba nadie inocente. Nadie que no tuviera nada que ver con aquello. Él abrió todas las jaulas creyendo que solo quedaban los culpables y las criaturas. Nosotros no estábamos en ningún papel. No existíamos para sus registros. Todo lo que habíamos vivido, todo lo que habíamos perdido, las doce personas que habíamos visto morir delante de nuestros ojos en veintidós días de pesadilla, el dolor, el hambre, el frío, el miedo que nos comía por dentro cada noche… **TODO HABÍA SIDO SOLO UN ERROR**. Un error administrativo oculto entre papeles, despachos y secretos de empresa, tan pequeño en apariencia, y sin embargo lo suficientemente enorme como para habernos condenado a todos a vivir dentro del infierno. No éramos intrusos, no éramos espías, no éramos objetivos planeados. Solo habíamos estado en el lugar equivocado, en el momento equivocado, en el viaje escolar que nadie debió autorizar jamás.
Uno por uno, casi por un reflejo que ya teníamos grabado en los huesos después de tanto tiempo, metimos la mano despacio en los bolsillos sucios y rotos de la ropa, sacamos nuestros teléfonos móviles, los encendimos una vez más y los levantamos bien alto por encima de nuestras cabezas, acercándolos incluso a las rendijas del techo roto por donde se filtraba la noche oscura. Movimos los aparatos en círculos lentos, activamos y desactivamos el modo avión media docena de veces cada uno, entramos en los ajustes para buscar red manualmente, forzamos la búsqueda de operador una y otra vez. El resultado fue siempre el mismo, frío e invariable: **NINGUNA SEÑAL**. Ni una sola barra, ni el nombre de ninguna compañía, ni siquiera el mensaje de llamadas de emergencia disponibles. Solo el círculo pequeño girando una y otra vez en la parte superior de la pantalla, y de vez en cuando el sonido agudo y corto de la estática que dolía directo en los tímpanos. Ramón, el profesor que había venido con nosotros y que murió desgarrado por los raptores apenas tres días después del accidente, lo había dicho desde la primera hora, con la voz rota de desesperación: hay algo aquí, un campo, una cúpula electromagnética que lo bloquea todo. Nada entra, nada sale. Estamos cortados del mundo como si ya no existiéramos. Y ahora, después de ver aquel vídeo, por fin entendíamos la razón por la que nadie nos buscaba, por la que nadie respondía, por la que pasaban los días y el cielo seguía vacío de helicópteros: **NADIE SABÍA NI SIQUIERA QUE ESTÁBAMOS ALLÍ**.
Cuando por fin nos movimos para salir de aquella habitación, la noche ya estaba totalmente instalada sobre la selva, espesa, negra y húmeda, y el camino de regreso hacia la cima del cerro, donde habíamos estado trabajando cuatro días seguidos sin descanso casi, se nos hizo el doble de largo y el doble de pesado que de costumbre. Subimos el sendero pedregoso, resbaladizo por la lluvia de la madrugada, entre árboles gigantescos que nos cerraban el cielo por completo, y en cada paso podíamos sentir en las piernas y en la espalda todo el cansancio acumulado de casi un mes sobreviviendo a pura fuerza de voluntad. Allí arriba, recortándose negra y enorme contra las nubes bajas y grises que corrían llevadas por el viento, estaba la antena que habíamos levantado nosotros solos a pulso: dos postes de hierro galvanizado de ocho metros de alto, cientos de metros de cable de cobre pelado y doblado a mano, aislantes sacados de postes caídos, conectores improvisados con lo que fuimos encontrando entre escombros. Cuatro jornadas enteras bajo un sol abrasador que nos quemó la piel hasta dejarla ampollada y oscura, y bajo lluvias heladas que nos calaron la ropa hasta los huesos y nos hicieron temblar sin control durante horas enteras. Habíamos cortado, medido, atado, levantado y conectado todo sin saber siquiera si funcionaría al final, solo por el instinto de seguir vivos, por la necesidad de tener algo que hacer, alguna esperanza que agarrar aunque fuera mínima. Álex caminaba delante de todos, abriendo paso con una antorcha improvisada hecha con un trapo de algodón viejo empapado en aceite de motor que sacamos de un camión volcado cerca de la costa. Bruno cerraba la marcha siempre, girando la cabeza cada pocos pasos, revisando la oscuridad detrás de nosotros, atento al más mínimo crujido entre la maleza, a la sombra más mínima que se moviera entre los troncos. Mia caminaba justo en el centro del grupo, temblando levemente sin parar, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada clavada siempre en el suelo. Leo y yo íbamos uno a cada lado, sin pronunciar palabra, sin mirarnos siquiera, pero ambos sabiendo perfectamente lo que el otro estaba pensando. Muy abajo, en el corazón profundo de la selva, se oyó en aquel momento el rugido largo, grave y profundo del T‑Rex Alfa, el mismo que nos había estado observando desde hacía días. No era un grito de ataque, ni de ira. Era un sonido lento, triste, casi un lamento. No se había movido de su puesto de vigilancia. Sabía que estábamos ahí. Sabía lo que habíamos descubierto en la sala de seguridad. Y sabía también lo que estábamos a punto de intentar hacer allá arriba.
Al llegar por fin al pequeño refugio de cemento que habíamos limpiado y acondicionado al lado de la estructura, encendimos el generador auxiliar que habíamos reparado el día anterior, y el motor arrancó con un ruido seco y fuerte que retumbó entre las rocas, haciendo que las luces de los medidores y paneles se encendieran de golpe en verde, amarillo y rojo, zumbando bajito y haciendo vibrar levemente el suelo de hormigón bajo nuestros pies. Bruno, que entre todos era el que más sabía de electricidad, circuitos y ondas por haber ayudado desde niño en el taller de su padre, estaba revisando una por una todas las conexiones cuando tropezó con el aparato olvidado en un rincón, medio enterrado bajo tierra y cascotes: una radio de comunicaciones de largo alcance, de las que usaban los equipos de obra y seguridad, con la carcasa de plástico gris rota por varios lados, llena de lodo, hojas secas y tierra por dentro. La habíamos encontrado hacía dos días tirada en el fondo de una zanja profunda, y en aquel momento la habíamos dado por totalmente inservible, solo servía de peso para mantener estirada una lona contra el viento. Sin muchas ganas, casi por puro aburrimiento y costumbre, Bruno la conectó a la línea de energía, la encendió con el botón grande y desgastado, y movió el dial de frecuencias muy despacio de izquierda a derecha. De la bocina grande salió de inmediato la estática de siempre, fuerte, chirriante y conocida, el mismo ruido blanco que habíamos oído en todos los aparatos que habíamos encontrado hasta entonces.
—Es inútil —dijo Álex en voz baja, sentándose de golpe sobre un montón de sacos de cemento rotos y polvorientos, con la mirada perdida en el suelo sucio y la voz completamente rendida, vacía de cualquier esperanza—. Ramón lo dijo mil veces. Nada entra, nada sale. Estamos cortados del mundo para siempre. Nadie vendrá jamás por nosotros.
Bruno asintió con la cabeza sin decir nada, y ya tenía la mano puesta en el interruptor para apagarla y volver a dejarla olvidada en la oscuridad, cuando de golpe, sin aviso previo de ningún tipo, **EL RUIDO DESAPARECIÓ DE RAÍZ COMPLETAMENTE**. Se hizo en la habitación un silencio tan limpio, tan cristalino y tan perfecto que nos heló la sangre en las venas a los cinco al mismo tiempo. Nos quedamos rígidos como estatuas de piedra, sin respirar ni una sola vez, con el corazón golpeando con fuerza desesperada contra las costillas, y todos los ojos clavados al mismo instante en aquel aparato viejo y roto que nadie creyó que serviría jamás. Pasaron tres o cuatro segundos que nos parecieron una eternidad entera, y entonces, con un poquito de eco metálico y muy clara, sonó una voz humana, de hombre adulto, seria, calmada y con ese tono neutro y oficial que se usa en las transmisiones de emergencia, que salió fuerte y nítida por el altavoz llenando cada rincón de la estancia pequeña:
—…unidad de búsqueda y rescate costa‑oeste, repitiendo transmisión en todas las frecuencias libres… hemos captado fuga de señal débil y esporádica en sus coordenadas exactas… repetimos, hemos detectado su posición y la hemos fijado de forma permanente… equipos aéreos y navales movilizados al cien por cien, ruta directa sin desvíos… **TIEMPO ESTIMADO DE LLEGADA: CUARENTA Y OCHO HORAS. EN EXACTAMENTE DOS DÍAS ESTAREMOS ALLÍ CON USTEDES. AGUANTEN. MANTÉNGANSE UNIDOS. NO ESTÁN SOLOS**…
La voz se cortó unos instantes, volvió el silencio brevemente, y luego empezó de nuevo, repitiendo el mismo mensaje palabra por palabra, con los mismos tiempos, las mismas pausas, el mismo tono, una, dos, tres veces seguidas más, hasta que al final la señal se fue debilitando poco a poco, volvió a entrar suavemente la estática blanca y se perdió para siempre en el ruido, sin dejar rastro.
El estallido emocional llegó de golpe y todo se vino abajo al mismo tiempo en gritos, abrazos fuertes, llanto a moco tendido, saltos y palmadas en la espalda que dolían de lo fuerte que nos dábamos los unos a los otros. Álex golpeaba repetidamente el pecho de Leo riendo y llorando a la vez sin poder articular ni una sola frase completa, con la cara completamente empapada. Mia se tapó la cara con ambas manos y se dejó caer despacio de rodillas sobre el suelo de cemento temblando por todo el cuerpo, sollozando fuerte sin poder contenerse. Bruno levantó los dos brazos bien alto hacia el techo roto gritando a todo pulmón que lo habíamos conseguido, que por fin lo habíamos logrado. Incluso Leo, el chico que casi nunca demostraba absolutamente nada, que siempre mantenía la calma a toda prueba por muy mal que estuvieran las cosas, sonreía con los ojos completamente llenos de agua y apretaba los puños con todas sus fuerzas hasta que los nudillos se le pusieron blancos de la presión. Veintidós días. Veintidós días comiendo solo lo que lográbamos encontrar o cazar, durmiendo siempre con un ojo abierto y el cuchillo en la mano, viendo morir delante de nosotros a las personas que queríamos, corriendo sin descanso, escondiéndonos en la oscuridad, sufriendo cada segundo como si fuera el último. Y al final, después de todo, habíamos valido la pena. En solo cuarenta y ocho horas más estarían allí los helicópteros grandes, las camillas, el agua caliente que saliera de una cañería de verdad, comida caliente y abundante, ropa limpia y seca, poder dormir ocho horas seguidas sin miedo a que algo rompiera la puerta de un golpe. Volver a casa. Volver a ser simplemente cinco estudiantes de instituto.
Todos gritaban, todos hablaban a la vez unos encima de los otros, todos planeaban ya lo que harían en cuanto tocaran tierra firme, qué comerían primero, a quién abrazarían antes que a nadie, qué dirían. Todos… **MENOS YO**.
Yo no me moví ni un solo centímetro del sitio donde estaba parado desde que sonó la voz por primera vez. Seguí de pie quieto, con las manos colgando relajadas a los lados del cuerpo, la mirada clavada fija, dura y penetrante en la radio que ya solo volvía a emitir ruido blanco otra vez. Mi mente, esa máquina silenciosa, rápida y fría que nadie sabía que existía, esa capacidad que siempre oculté de todos por miedo a que me miraran raro, esa que descompone absolutamente todo lo que ocurre alrededor en números, frecuencias, distancias, tiempos, patrones y probabilidades, ya había hecho todos los cálculos, todas las mediciones y todas las deducciones posibles en menos de tres segundos desde que escuchamos la primera palabra, y las conclusiones a las que llegó eran heladas, claras, matemáticas y totalmente irrefutables. La frecuencia en la que habíamos recibido el mensaje estaba modulada de forma tan exacta y precisa para atravesar justo los huecos y debilidades de la cúpula electromagnética, que solo quien la había diseñado y construido desde adentro podía saber cómo hacerlo; un equipo civil o militar de rescate real nunca habría dado con ella por pura casualidad ni en años de búsqueda. El tiempo de retardo y el eco del sonido al analizar la onda daban una distancia de origen de tres kilómetros con doscientos metros exactos. **DENTRO DE LA ISLA**. No venía del mar abierto, no venía del cielo, no venía de fuera de los límites. Nacía aquí, en algún lugar oculto entre la vegetación densa o muy profundo bajo tierra, en instalaciones que nosotros aún no habíamos encontrado ni siquiera en los planos. Y lo más importante de todo: el mensaje se repetía en intervalos perfectos, idénticos hasta la milésima de segundo, fríos, mecánicos, sin variación alguna de tono, de volumen, ni siquiera una pausa para respirar. **NO ERA NINGÚN OPERADOR HUMANO HABLANDO EN DIRECTO**. Era una grabación puesta en reproducción automática, programada para sonar a una hora concreta y nada más.
Era mentira. Todo absolutamente. La voz, el rescate, los helicópteros, las lanchas, la promesa de los cuarenta y ocho horas. Era mentira completa. Alguien dentro de GenEvolution, alguien que seguía vivo, activo y con poder en las instalaciones más profundas y seguras de toda la isla, la había puesto ahí a propósito, con una intención muy clara y muy cruel. No venían a salvarnos. Venían a atraparnos, a borrar todas las pruebas, o algo mucho peor. Y lo más inteligente y despiadado de todo el plan era muy sencillo: sabían perfectamente que si les decían a unos supervivientes desesperados que llegarían en dos días, el grupo bajaría la guardia por completo, dejaría de correr, dejaría de esconderse, dejaría de poner trampas y camuflajes, se reuniría todos juntos en un mismo sitio abierto esperando… y entonces sería infinitamente más fácil acabar con todos de golpe, rápido, limpio y sin dejar huellas.
Miré alrededor a mis cuatro mejores amigos, que por primera vez en todo este infierno se permitían ser felices de verdad, que lloraban de puro alivio abrazados los unos a los otros, y me tragué toda la verdad de golpe, cada cifra, cada conclusión, cada advertencia que me quemaba la garganta por salir a gritos. Me la guardé entera para mí solo, como tantas otras cosas antes. No tuve el corazón de romperles la única alegría verdadera y pura que habían tenido desde que todo empezó. Me limité a forzar una sonrisa muy leve, corta y rápida, que nadie analizó lo suficiente para darse cuenta de que no llegaba ni de cerca a mis ojos, y asentí con la cabeza muy poco, casi sin mover el cuello.
—Sí —dije con la voz lo más tranquila y neutra que fui capaz de sacar, mientras por dentro ya trazaba una por una rutas alternativas de huida, contaba mentalmente la munición que nos quedaba, medía distancias de seguridad y revisaba cada debilidad del terreno y cada punto ciego que conocía—. En dos días… ya nos vamos.
Nadie notó que nunca dije que estaríamos a salvo. Nadie notó que mis manos, aunque quietas a los lados, tenían los dedos contraídos con fuerza por la tensión que me recorría todo el cuerpo. Nadie supo que en ese mismo instante yo ya había empezado a pelear la batalla que se venía encima, la batalla que nadie más sabía ni siquiera que existía.
Salí fuera unos minutos solo, hasta el borde más alto del cerro, con el viento frío cortándome la cara y levantando el polvo y las hojas secas a mis pies. Allá abajo, perdida en la oscuridad densa y profunda de la selva, las siluetas enormes de las criaturas se movían ya de forma totalmente distinta a como lo habían hecho siempre. Ya no patrullaban al azar, ni por territorio, ni por hambre. Se dirigían todas, muy despacio, ordenadas y coordinadas, hacia el mismo punto cardinal exacto. Alguien las estaba llamando. Alguien las estaba dirigiendo. Y muy lejos, oculto entre las montañas del lado de la isla al que nunca nos habíamos atrevido a acercarnos, una luz pequeña y amarilla parpadeó tres veces muy rápido y se apagó de nuevo en la noche.
El reloj de los cuarenta y ocho horas había empezado a correr ya sin posibilidad de pararlo. Pero no contaba los segundos hacia la libertad. Contaba cada uno de ellos hacia la trampa.
saludos.