Annia es una joven que pasó toda su vida atrapada entre el dolor, el abandono y el maltrato de la persona que debía protegerla: su propia madre.
Todo cambia poco antes de cumplir dieciocho años, cuando, al borde de la muerte, descubre una verdad capaz de transformar por completo su destino. No solo pertenece a una de las familias más poderosas e influyentes de Rusia, sino que también está destinada a formar parte de un mundo mucho más grande, oscuro y peligroso de lo que jamás imaginó.
Ahora deberá enfrentarse a secretos, traiciones y enemigos ocultos, mientras descubre quién es realmente y cuál es el precio de llevar el apellido que corre por sus venas.
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V
Mikhail Volkov
Llevo todo el maldito día esperando noticias.
—¡Chertova zhenshchina! —rugí.
Mi puño se estrelló contra el escritorio con tanta fuerza que la madera crujió bajo el impacto.
¿Cómo pudiste hacerme esto?
Quería destrozarlo todo.
Pero no.
Cuando por fin te tenga frente a mí, juro que serás tú quien suplique por la muerte.
Iván Petrov, mi mano derecha, había viajado a América en cuanto descubrimos que ella estaba allí para dirigir personalmente la búsqueda. Hacía horas que debía haberse comunicado conmigo para informarme qué había ocurrido.
Y, sin embargo, el teléfono seguía en silencio.
Algo no estaba bien.
Lo sentía.
Debí ir yo mismo.
—¡Der'mo!
Me levanté bruscamente y caminé hasta el mueble donde descansaban varias botellas de vodka.
Serví dos dedos del licor.
Necesitaba calmar la rabia...
O alimentarla.
Bebí el contenido de un solo trago y volví a llenar el vaso.
Esta vez no lo llevé a los labios.
Solo lo sostuve mientras una imagen regresaba a mi mente.
La fotografía.
La misma que había llegado a mis manos una semana atrás.
Allí estaba ella.
Ya no era la mujer deslumbrante que una vez conocí.
El tiempo y la miseria habían destrozado su belleza.
Durante un instante experimenté una satisfacción enfermiza al verla tan desmejorada.
Pero aquella sensación desapareció en cuanto mis ojos se posaron sobre la muchacha que estaba a su lado.
Según el informe, era su hija.
Eso no habría significado nada...
Si no fuera porque aquella niña tenía el mismo rostro que mis hijos.
Aunque vestía harapos, estaba extremadamente delgada y el abandono marcaba cada uno de sus rasgos, el parecido era imposible de ignorar.
Era como observar una versión más joven y femenina de Alexei...
O de Andrey.
Después de todo, mis hijos eran gemelos idénticos.
No.
No podía ser una coincidencia.
Aquella suka me había ocultado la existencia de una hija.
Había huido con ella hacía dieciocho años.
Dieciocho años...
Mientras yo la buscaba como un maldito condenado.
Apreté el vaso con tanta fuerza que terminó haciéndose añicos entre mis dedos.
El cristal estalló contra el suelo.
—¡Chort voz'mi!
¿Cómo pude ser tan imbécil?
¿Cómo no lo vi antes?
¿Cuántos años tendría esa niña?
No aparentaba dieciocho.
Era demasiado pequeña.
Demasiado frágil.
Quizá mi mente estuviera jugando conmigo...
Pero había algo en mi interior que no dejaba de repetir la misma verdad.
Esa muchacha era mi sangre.
Katarina...
La busqué por toda Rusia.
No dejé una sola ciudad sin recorrer, ni una sola pista sin seguir.
Interrogué personalmente a cualquiera que hubiera cruzado una palabra con ella.
Nadie sabía nada.
Era como si la tierra se la hubiera tragado.
Hasta una semana atrás.
Ese día terminamos de descubrir quién había sido realmente antes de conocerme.
Y comprendí cuál había sido el mayor error de mi vida.
Nunca investigué su pasado.
Imperdonable.
Un hombre con mi poder jamás podía permitirse un error tan básico.
Pero lo hice.
¿La razón?
Me enamoré de ella.
La primera vez que la vi, creí estar contemplando a un ángel.
Y, cegado por aquella ilusión, dejé que mis demonios decidieran por mí.
Una semana atrás, Alexei entró en mi despacho.
Llevaba una carpeta bajo el brazo.
La dejó sobre el escritorio sin decir una palabra.
Lo miré, confundido.
Con la misma expresión fría que siempre lo caracterizaba, me sostuvo la mirada con aquellos ojos azules, idénticos a los míos.
—Léelo, papá. Creo que aquí encontrarás, por fin, aquello que llevas dieciocho años buscando.
Después salió del despacho.
Él y Andrey conocían mi obsesión.
Sabían que jamás había dejado de buscar a la mujer que los trajo al mundo.
La misma que intentó asesinarlos.
La que abandonó a dos recién nacidos en medio del invierno ruso para que murieran congelados.
Desde aquel día mis hijos nunca volvieron a ser los mismos.
Alexei enterró todas sus emociones bajo una coraza de hielo.
Andrey, aunque más espontáneo, también cargaba aquella herida.
Abrí la carpeta.
En la primera página aparecía un nombre.
Ylena Ivanov.
Más de cincuenta años.
Residente de los barrios bajos de Rusia.
Madre de una mujer llamada Katarina.
Otra mentira.
Cuando la conocí, Katarina aseguró que era huérfana y que sus padres habían muerto cuando era apenas una niña.
Mentía.
Como en todo lo demás.
Había borrado su pasado con tanta precisión que incluso yo caí en el engaño.
Y jamás me perdonaría esa estupidez.
Según el informe, Ylena sobrevivía prostituyéndose por unos cuantos rublos.
Con el incentivo adecuado, aceptó hablar.
Contó quién había sido realmente Katarina... o simplemente Kat, porque ni siquiera conocía el apellido de su propia hija.
Según ella, Kat siempre había sido distinta a las demás muchachas del barrio.
Ambiciosa.
Vanidosa.
Convencida de que estaba destinada a una vida mejor.
Su extraordinaria belleza, aquellos intensos ojos verdes y su talento para la danza le abrieron muchas puertas.
Apenas cumplió catorce años abandonó el barrio junto a un hombre mucho mayor que dirigía una compañía de ballet.
Le prometió dinero, fama y convertirla en primera bailarina.
Después de eso, Ylena no volvió a verla.
Solo seguía su carrera por fotografías y artículos en los periódicos.
Hasta que, dieciocho años atrás, volvió a aparecer.
Fue una noche.
Katarina caminaba por un callejón infestado de falsificadores.
Estaba irreconocible.
Delgada.
Pálida.
Escondida bajo un largo abrigo y una capucha que cubría casi todo su rostro.
Aun así, seguía siendo imposible que una mujer como ella pasara desapercibida.
Ylena la vio entrar en alguna de las casas del callejón.
No supo cuál.
En ese momento estaba atendiendo a un cliente y perdió su rastro.
Después de leer aquel informe, ordené a Iván localizar a todos los falsificadores que vivían en esa zona.
Quería encontrarlos.
Uno por uno.
Y llevarlos hasta mí.
Pero no hizo falta.
Dos días después, mi secretaria me llamó por el intercomunicador.
—Señor Volkov, hay un hombre que insiste en verlo.
—No voy a recibir a nadie.
Estaba a punto de cortar la comunicación cuando ella añadió:
—Dice que tiene información sobre una mujer llamada Katarina.
Mi mano se quedó inmóvil sobre el teléfono.
Por primera vez en dieciocho años...
La oscuridad empezaba a devolverme lo que me había arrebatado.