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Me Robaron el Rostro, Pero No Mi Venganza

Me Robaron el Rostro, Pero No Mi Venganza

Status: Terminada
Genre:Venganza / Época / Pareja destinada / Brujas / Venganza de la protagonista / Reencarnación / Completas
Popularitas:176.3k
Nilai: 4.9
nombre de autor: Liora Valcendra

Serena Bridge lo perdió todo: su rostro, su libertad, diez años de su vida.
Su prima le robó la cara con magia prohibida. Su esposo la encerró en una celda sin luz. Y cuando por fin murió, nadie lloró por ella.
Pero la muerte no fue el final.
Serena despierta en su cuerpo de dieciocho años, el día antes de su boda con el marqués Víctor Flores —el mismo hombre que la traicionará—. Esta vez no será la esposa obediente que agacha la cabeza. Esta vez tiene los recuerdos de una vida entera de sufrimiento… y un plan.
Recuperar su dote. Destruir a Isabella. Escapar del matrimonio que la condenó.
Lo que no esperaba era cruzarse con Alejandro Durán, el Duque de Hielo —un hombre al que toda la corte teme y nadie se atreve a mirar a los ojos—. Frío, letal, implacable. Dicen que no tiene corazón.
Pero cada vez que Serena está en peligro, él aparece.
Y cada vez que ella lo rechaza, él se acerca un paso más.
En una corte donde las alianzas cambian con el viento y la magia oscura acecha en las sombras, Serena descubrirá que la venganza tiene un precio… y que el corazón del Duque de Hielo esconde secretos más peligrosos que cualquier hechizo.

NovelToon tiene autorización de Liora Valcendra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

Capítulo 9: Desertores y traidores

El estruendo de porcelana rota atravesó los muros del ala este como un trueno seco.

Isabella había volcado la mesita del tocador, y los frascos de perfume estallaron contra el suelo de mármol en una lluvia de cristal y esencia de jazmín. Las criadas se apretaban contra la pared, con la cabeza baja y los hombros encogidos.

—¡Cómo se atreve! —Isabella arrancó una cortina de seda de su argolla y la arrojó al piso—. ¡Esas joyas me las dio el Marqués con sus propias manos! ¡Son mías!

La doncella más veterana tragó saliva antes de hablar.

—Mi señora... la ley imperial es clara. La dote pertenece a la esposa legítima. Ni siquiera el esposo puede disponer de ella sin su consentimiento.

Isabella giró la cabeza con los ojos inyectados en furia.

—¿Y tú desde cuándo sabes de leyes?

La doncella no respondió. No hacía falta. Todos en la mansión habían escuchado el resultado de la auditoría: cada pieza de la dote de Serena Bridge estaba registrada en los libros del Cancillería Imperial. No había forma legal de retenerlas.

Isabella se dejó caer en la cama, con el cabello revuelto pegado a las mejillas húmedas. Apretó las sábanas con los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—Esto no se queda así —murmuró—. Esto no se queda así.

---

Tres días después, el portón del patio de Serena se abrió de golpe.

Charlotte Flores entró como una tormenta de faldas y encaje, con el mentón en alto y los ojos ardiendo. Tenía diecisiete años, la piel clara de su madre y el temperamento volcánico de quien nunca ha recibido un no por respuesta.

—¡Serena Bridge! —su voz resonó por todo el patio—. ¡Sal ahora mismo!

Serena estaba sentada junto a la mesa de piedra del jardín, revisando un cuaderno de cuentas. Levantó la vista sin prisa.

—Charlotte. Qué sorpresa. ¿Te ofrezco té?

—¡No quiero tu té! —Charlotte avanzó hasta quedar a dos pasos de ella—. ¿Quién te crees que eres para humillar a Isabella delante de toda la servidumbre? ¡La hiciste quedar como una ladrona!

—Nadie la llamó ladrona —dijo Serena, cerrando el cuaderno con calma—. Solo se verificó el inventario de mi dote. Es un procedimiento legal.

—¡No me vengas con eso! —Charlotte apretó los dientes—. Sabes perfectamente lo que hiciste. Todo el mundo habla de ello. Isabella no ha salido de su habitación en tres días.

—Eso es decisión suya, no mía.

Charlotte resopló. Sus ojos recorrieron el patio hasta detenerse en la bandeja de hierbas medicinales que Bianca había puesto a secar al sol: menta, manzanilla, raíz de valeriana, todo cuidadosamente extendido sobre tela de lino.

—¿Y esto qué es? ¿Juegas a ser curandera ahora? —Charlotte extendió la mano hacia la bandeja para voltearla.

Bianca se interpuso, bloqueando el paso con el cuerpo.

—Con todo respeto, señorita Charlotte, esas hierbas son para la medicina de mi señora.

—¡Quítate! —Charlotte lanzó la mano para abofetear a Bianca. Bianca retrocedió medio paso. La palma de Charlotte cortó el aire y el impulso la desequilibró. Trastabilló hacia adelante y tuvo que agarrarse de la mesa para no caer.

El silencio duró tres segundos.

Charlotte se enderezó con la cara roja hasta las orejas. Dos criadas del patio miraban desde la esquina con los ojos muy abiertos.

Serena no se había movido de su asiento. Esperó a que Charlotte recuperara la compostura y habló con un tono tan casual que podría haber estado comentando el clima.

—Charlotte, tienes diecisiete años. Edad de matrimonio, si no me equivoco.

Charlotte parpadeó. La frase la descolocó por completo.

—¿Qué?

—Escuché algo interesante hace unos días —continuó Serena, ladeando la cabeza—. El asistente del Príncipe Heredero, el señor Hartmann, está buscando esposa para su hermano menor. Buena familia, bien parecido, con puesto en la Cancillería Imperial. Mi segundo hermano lo conoce. Podría pedirle que te presentara.

Charlotte abrió la boca y la cerró. La rabia en sus ojos se mezcló con algo nuevo: confusión.

—¿De qué estás hablando? Yo vine a...

—Claro —Serena asintió—, el problema es que la familia Hartmann valora mucho la virtud y los modales de las candidatas. Es lo primero que investigan. Si llegara a correr el rumor de que una señorita de buena casa se dedica a irrumpir en patios ajenos, voltear bandejas y abofetear sirvientas... —hizo una pausa, dejando que el silencio trabajara—. No solo la familia Hartmann. Cualquier familia respetable de la capital lo pensaría dos veces. Y la que terminaría perjudicada no sería yo, Charlotte. Serías tú.

El rojo del rostro de Charlotte mutó a blanco. Luego volvió al rojo. Sus labios se movieron sin producir sonido.

Serena se puso de pie. Era apenas unos centímetros más alta que Charlotte, pero en ese momento la diferencia parecía abismal.

—Voy a ser directa contigo porque eres joven y creo que mereces la honestidad —bajó la voz, no como amenaza, sino como quien comparte un consejo entre parientes—. Estás defendiendo a Isabella. Bien. Pero si esto escala, si se convierte en un conflicto entre la familia Flores y la familia Bridge... ¿puedes manejar las consecuencias?

Charlotte tragó saliva.

—Mi hermano...

—Tu hermano está lejos, en comisión imperial. Tu abuela y tu madre no tienen conexiones en la corte. —Serena la miró directamente a los ojos—. Mi familia tiene presencia en el ejército, en los tribunales, en el comercio y en el Consejo Imperial. No digo esto para asustarte. Te lo digo para que pienses antes de actuar. Eso es todo.

El silencio cayó sobre el patio como una losa.

Charlotte dio un paso atrás. Luego otro. Sus manos temblaban a los costados, no de rabia sino de algo que se parecía mucho al miedo. Giró sobre sus talones y se marchó sin decir una palabra. Sus pasos resonaron rápidos y desiguales por el corredor, como los de alguien que huye sin querer admitir que huye.

Bianca soltó el aire que había estado conteniendo.

—Mi señora... ¿de verdad conoce al señor Hartmann?

Serena volvió a sentarse y abrió su cuaderno de cuentas.

—Mi segundo hermano le vendió tres caballos el año pasado. Eso cuenta como conocerlo, ¿no?

Bianca ahogó una risa.

---

Para la cena, la noticia había recorrido cada rincón de la mansión.

En la cocina, mientras pelaban nabos, dos criadas intercambiaban murmullos.

—¿Oíste? La señorita Charlotte fue a buscar pelea y salió sin decir ni pío.

—La señora le dio una lección sin levantar la voz. Ni siquiera se paró de la silla hasta el final.

—Ha cambiado, ¿no? Antes era un ratoncito. Ahora...

—Ahora da miedo. Del tipo callado.

La lavandera que pasaba con un canasto de ropa húmeda añadió sin detenerse:

—Yo digo que siempre fue así y nomás no la dejaban mostrarlo.

Nadie discutió el punto.

---

Esa noche, Serena estaba frente al espejo de su tocador, retirándose el polvos de talco con un paño húmedo, cuando escuchó pasos en el corredor. Pasos que conocía: firmes, espaciados, con el peso de un hombre acostumbrado a las botas militares.

Víctor Flores se detuvo en el umbral.

No entró. Se quedó de pie en el marco de la puerta, con una mano apoyada en la jamba. La luz de las velas le iluminaba medio rostro y dejaba el otro en sombra. Llevaba la túnica informal de estar en casa, sin el cinturón ni las insignias. Parecía... cansado. O tal vez solo desconcertado.

—Has cambiado —dijo.

No era una pregunta. Era una constatación, dicha en voz baja, como si la pronunciara más para sí mismo que para ella.

Serena no se volvió. Siguió limpiando el polvo de su mejilla izquierda con movimientos lentos y precisos, mirándolo a través del reflejo del espejo.

—Tal vez nunca me viste de verdad, mi señor.

La frase quedó suspendida entre los dos como una moneda lanzada al aire que nadie se molestó en atrapar.

Víctor no respondió. Permaneció unos segundos más en el umbral, con una expresión que Serena no se molestó en descifrar. Luego se dio la vuelta y se marchó. Sus pasos se alejaron por el corredor hasta que el silencio los devoró.

Serena bajó el paño.

En el espejo, su rostro limpio de maquillaje la miraba de vuelta: más delgado que antes, con ojeras que el polvos de talco disimulaba, pero con unos ojos que ya no pedían nada.

En otra vida, habría corrido tras él. Habría dicho algo —cualquier cosa— para retenerlo un momento más. Habría interpretado su visita como una señal, un indicio de que tal vez, tal vez, él empezaba a verla.

Pero esa mujer había muerto en una celda oscura después de diez años sin luz.

Le habían robado el rostro. Le habían robado la libertad. Le habían robado una década entera. Y todo lo había permitido por este hombre que ahora se iba por el corredor sin mirar atrás, igual que siempre.

Su compasión se había consumido en aquellos años. No quedaba ni ceniza.

Serena dejó el paño sobre el tocador, apagó la vela de un soplo, y se acostó en la cama fría.

En la oscuridad, con los ojos abiertos, pensó en la lista de propiedades que aún debía recuperar, en las cuentas que no cuadraban, en la carta que le debía a su segundo hermano.

No pensó en Víctor Flores.

Ya no.

1
Refugio Vizcarra
ajá, esa es mi pregunta también.
Roxana Gardilcic
una historia, linda, emocionante , muy bien escrita, me gusta mucho lo descriptiva que es sin ser agobiante. felicitaciones
Rosario Zapata
cabron es poco ese victor es una escoria asquerosa 🤮🤮🤮🤮🤮
Fernanda Perez
gracias
gracias
Rose M
burna interesante. Algo confusa en tiempos y personajes pero muy entretenida
Arantza
Bonita historia, y excelente trama. Solo algunas incongruencias en el desarrollo. Pero por lo demás es excelente.
Pa Tr
no eran 12 años? 🤔
Pa Tr
Ya se tenía que haber ido la tonta al final le hace daño ya verás 🤔
Fernanda Perez
donde vive
quien es Leopoldo
Gris Lopez
ahora si creo que fue hecho con IA...😱 ....ningún autor cambiará hechos tan cruciales en la historia...(que decepcionante....debería haber algún programa para detectar esto y que contenido así no entren a la aplicación )....
Fernanda Perez
no estoy entendiendo varias cosas
~√{©£¢%}✓¶🌟💖
Espero que tengas un buen plan para no volver a caer ante ese par de desgraciados que te hicieron la vida imposible en tu anterior vida
~√{©£¢%}✓¶🌟💖
interesante 😸😸😸😸
Maria Cantillo
bonita historia
Maria Cantillo
bueno las cosas van tomando curso
Maria Cantillo
bueno Isabella Victor te vio eres una persona mala el te dió todo lo que le negó a Serena y aún así lo dejaste inválido sin valor dignidad prefiere pagar que morir envenenado y al fin tuvo algo de sentido común firmó algo que se llamaba matrimonio pero solo era una carcel para Serena y para la familia beneficios
Maria Cantillo
gracias por compartir todo esto bendiciones
Lucia Calderón
Historia interesante, con bien léxico ehilp discursivo
Maria Cantillo
tipa que aprendido fue todo lo contrario a los valores y se justifica en que Serena tiene la culpa de nacer en esa familia la envidia es unal terrible
Maria Cantillo
arriba Serena suéltate de ese Victor que condene al tal Leopoldo por las 3000 muertes hagan justicia
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