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La Novia que Él Humilló

La Novia que Él Humilló

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Traiciones y engaños / Mujer despreciada / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:8.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Eva Belmont

Isadora Valença creía estar viviendo el sueño de toda mujer: comprometida, viviendo con Henrique Lacerda, con la boda planeada y un futuro perfectamente organizado. Estaba segura de que estaba a punto de comenzar la mejor etapa de su vida.

Todo se derrumba cuando Catarina Prado, la exnovia que abandonó a Henrique en uno de los momentos más difíciles de su vida, reaparece diciendo que está gravemente enferma. Frágil, llorosa y rodeada de suplicas de lástima, Catarina ocupa demasiado espacio nuevamente. Y Henrique, usando la cruel excusa de que ella “está muriendo”, empieza a cruzar límites que nunca deberían tocarse.

Isadora comienza a ser humillada, ignorada y relegada a un segundo plano. Hasta que llega el golpe final: Henrique utiliza todo lo que habían preparado para su boda —la ceremonia, los invitados, los símbolos— para montar un falso matrimonio con su ex, todo en nombre de la compasión.

Con el corazón destrozado y la dignidad herida, Isadora acepta una propuesta inesperada: un matrimonio arreglado con Miguel Montenegro, un hombre frío, poderoso y rodeado de misterios. Un acuerdo sin promesas de amor, solo respeto.

Lo que comenzó como una huida se transforma en un nuevo comienzo. Lejos de quien la menospreció, Isadora descubre su fuerza, reconstruye su autoestima y aprende que el amor no puede nacer de la humillación.

Y cuando el pasado intenta regresar, ella ya no es la novia que aceptaba todo en silencio.

Ahora, es ella quien decide.

NovelToon tiene autorización de Eva Belmont para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8

Después de la llamada, Isadora notó algo inesperado.

Nada dolía.

No había la opresión en el pecho que solía venir después de cualquier confrontación con Henrique. Ninguna necesidad de justificarse mentalmente, de repasar la conversación, de imaginar respuestas mejores. El silencio que quedó no era pesado. Era estable. Como un suelo firme después de mucho tiempo pisando arenas movedizas.

Terminó de beber el agua y apoyó el vaso en el fregadero con cuidado. Miguel todavía estaba allí, apoyado en el marco de la puerta, observándola sin prisa. No había reproche en su mirada. Ni curiosidad invasiva. Solo presencia.

—Él no va a desistir fácil —dijo Miguel, rompiendo el silencio.

Isadora asintió.

—Lo sé —respondió—. Pero eso ya no es un problema mío.

Miguel pareció evaluar la frase, como quien reconoce el peso real de las palabras.

—Las personas que pierden el control suelen confundir insistencia con derecho —comentó.

Ella se giró hacia él.

—Henrique siempre creyó que yo volvería —dijo—. Porque yo siempre volvía.

—Y ahora no vuelves más.

No era una pregunta.

—No —confirmó Isadora.

Miguel asintió lentamente.

—Entonces hiciste la cosa más difícil.

Ella frunció levemente el ceño.

—¿Qué fue?

—Elegirte a ti misma sin pedir permiso.

Isadora sintió algo moverse dentro de ella. No era emoción explosiva. Era reconocimiento.

En los días siguientes, la rutina comenzó a establecerse de forma casi silenciosa. Dividían el espacio con respeto milimétrico. Cada uno tenía sus horarios, sus silencios, sus rituales. Por la noche, cenaban juntos algunas veces, conversaciones prácticas, temas neutros.

Pero había algo nuevo.

Un cuidado sutil.

Miguel se aseguraba de que ella hubiera llegado bien. Isadora dejaba café listo cuando sabía que él tendría una mañana larga. Pequeños gestos, sin intención declarada, pero llenos de significado contenido.

Cierta noche, ella volvió más tarde del trabajo.

El apartamento estaba parcialmente a oscuras. Una luz suave venía de la sala. Miguel estaba sentado en el sofá, mangas de la camisa dobladas, expresión cansada. Había papeles esparcidos sobre la mesa de centro.

—¿Largo día? —preguntó ella.

—Bastante —respondió él—. ¿El tuyo?

—También.

Ella caminó hasta la cocina, tomó agua, respirando hondo. Cuando volvió, Miguel la observaba con atención silenciosa.

—Te ves diferente —dijo él.

Isadora arqueó la ceja.

—¿Diferente cómo?

—Más entera —respondió, sin dudar.

Ella se sentó en el sillón frente a él.

—Me siento así —admitió—. Por primera vez en mucho tiempo.

Miguel se inclinó levemente hacia adelante.

—La llamada con él… —comenzó, pero paró—. Si no quieres hablar sobre eso…

—Quiero —dijo ella—. Pero no para revivir. Solo para cerrar.

Él asintió.

—¿Qué sentiste después?

Isadora pensó por algunos segundos.

—Alivio —respondió—. Y eso me asustó al principio. Pensé que debía sentir culpa. Tristeza. Pero no sentí.

Miguel la observaba con atención casi intensa.

—La culpa suele ser el último recurso de quien se acostumbró a anularse —dijo—. Cuando ella no viene, es señal de que algo cambió de verdad.

Isadora tragó saliva.

—Pasé años intentando ser suficiente para alguien que nunca me eligió por entero —dijo—. Ahora… no quiero más disputar espacio.

—No vas a hacerlo —respondió Miguel—. Aquí, no.

El silencio que se siguió fue diferente. No había tensión incómoda. Había algo suspendido en el aire. Una proximidad que no atravesaba límites, pero los hacía visibles.

Isadora percibió lo consciente que estaba de la presencia de él. Del tono de voz. De la mirada atenta. De la forma en que él respetaba cada pausa.

Aquello la desarmaba más que cualquier declaración.

—Nuestro acuerdo —comenzó ella, rompiendo el momento—. ¿Aún tiene sentido para ti?

Miguel no desvió la mirada.

—Más que antes —respondió—. Porque ahora sé que no estás aquí por miedo.

—Y sí por elección —completó ella.

Él asintió.

—Exactamente.

Isadora respiró hondo. No había prisa. No había reproche. Pero había algo creciendo allí, silencioso, cuidadoso, casi imperceptible.

Aquella noche, cuando fue para el cuarto, tardó en dormirse. No por ansiedad, sino por una extraña sensación de posibilidad. Algo que no exigía nada de ella además de presencia.

Antes de cerrar los ojos, pensó en Henrique por última vez.

No con nostalgia. No con rabia.

Con distancia.

Y eso, percibió, era libertad.

Del otro lado del pasillo, Miguel también estaba despierto, sentado al borde de la cama, encarando la oscuridad. No se sentía rodeado por expectativas. Ni presionado por papeles que no eligiera.

Ellos aún eran dos extraños unidos por un acuerdo.

Pero algo, silenciosamente, comenzaba a escapar de las cláusulas.

Y ninguno de los dos estaba listo para nombrar lo que era.

Aún.

1
Norma Bachi
la verdad no me atrapo para nada,
Norma Bachi
no entiendo cuál es el juego de Caterina
Margarita Jaime
Catarina manipula todo a su antojo
Martha Teresa Torres Castañeda
no inventes que hombre tan tonto. lo dejaron y horita esta.como tonto cuidando al a ex seria bueno que lo deje su pareja actual
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