Ethan Vance lo tenía todo: millones en el banco, trajes de diseñador a medida y una lista interminable de mujeres hermosas dispuestas a pasar la noche con él. Su vida era perfecta, libre de compromisos y, sobre todo, libre de niños. Para Ethan, los bebés eran "pequeñas alarmas ruidosas que arruinaban la diversión".
Pero el destino tiene un sentido del humor bastante retorcido.
Una madrugada, tras una noche de fiesta descontrolada, Ethan regresa a su lujoso penthouse y encuentra un paquete inesperado junto a su sofá: una canasta de mimbre con una bebé de pocos meses y una nota que cambiará su vida para siempre.
El hombre que es capaz de cerrar tratos multimillonarios con una sola mirada, ahora está al borde del colapso nervioso porque no sabe cómo abrir un pañal autoadhesivo y su costosa camisa de seda acaba de ser bautizada con saliva (y algo peor).
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Capitulo 18
La guerra fría dentro del penthouse se mantuvo al borde del colapso durante todo el día, pero la realidad exterior no entendía de orgullos heridos.
A las ocho de la noche, Ethan regresó. Al cruzar el umbral del ascensor privado, su postura ya no era la del CEO arrogante del desayuno; traía la corbata floja, la mandíbula rígida y una mirada de profunda preocupación que encendió todas las alarmas de Julia. No traía su portafolio en la mano, sino una pequeña bolsa de plástico transparente donde se alcanzaba a ver una rosa de pétalos negros, marchita y envuelta en un aura de mal presagio.
Julia estaba en la sala, terminando de acomodar a Mia en su cuna portátil. Al ver la expresión de Ethan y el objeto que traía, se puso de pie de inmediato, cruzándose de brazos.
—Regresó temprano, señor Vance —dijo Julia, marcando las dos últimas palabras con una distancia gélida que cortaba el aire—. Supongo que los mercados financieros no requirieron de su genialidad metodológica esta tarde. ¿Qué es eso que trae ahí? ¿Un regalo de disculpa para alguna de sus exnovias del catálogo?
A Ethan se le tensó un músculo en la mejilla. Ese maldito "señor Vance" le sentó como un trago de ácido, especialmente después de haber pasado todo el día con el recuerdo de su boca grabada en la mente. Que ella volviera a poner esa barrera formal, tratándolo como a un extraño o un simple empleador, le molestaba peor que cualquier caída en la bolsa.
—Deja el sarcasmo por un segundo, Julia —pidió Ethan, con una voz ronca y cansada, dejando la bolsa con la rosa negra sobre la mesa de centro—. Esto no es un juego. Se acabó la fachada profesional. Ya no puedo mantenerte al margen de esto, aunque quisiera alejarte para protegerte.
Julia frunció el ceño, dando un paso hacia adelante. La gravedad en el tono de Ethan disipó de golpe la capa de resentimiento que arrastraba desde la mañana.
—¿De qué está hablando, señor Vance?
—¡Deja de llamarme así, maldita sea! —estalló Ethan, dándose la vuelta de golpe, con los ojos oscuros brillando con una mezcla de frustración y rabia—. Ayer me llamabas por mi nombre en medio de un tiroteo y ahora regresas a la maldita etiqueta corporativa. Me molesta. Me revienta el hígado que actúes como si no hubiera pasado nada.
Julia no se achicó ante su arrebato. Sostuvo la mirada con firmeza, alzando una ceja.
—Usted impuso las líneas profesionales esta mañana, señor Vance. Yo solo sigo las órdenes del jefe. Ahora, si ya terminó de quejarse de mi vocabulario, explíqueme qué es esa flor y por qué parece que acaba de ver a un fantasma.
Ethan soltó un bufido, intentando tragar su frustración. Sabía que ella tenía razón, pero el orgullo le impedía admitirlo. Pasándose una mano por el rostro, se obligó a concentrarse en el verdadero problema.
—Esta tarde bajé al estacionamiento privado de la torre corporativa —comenzó a explicar Ethan, señalando la rosa negra—. El lugar tiene seguridad biométrica y cámaras en cada esquina. Nadie debería poder acercarse a mi auto. Sin embargo, encontré esto en el parabrisas. Venía con una nota concisa de la gente del *Black Falcon*. Decía: *"Sabemos lo que encontraste en el club. Devuelve lo que no es tuyo"*.
Julia sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero no dejó que el miedo se reflejara en su rostro. Caminó hacia la mesa y observó la flor marchita.
—La mafia —dedujo ella en un susurro—. Ya saben que tienes un cabo suelto de los Novak.
—Así es. El problema es que aún no están seguros de si robamos información de la terminal o si se trata de la bebé —continuó Ethan, acercándose a ella hasta quedar a escasos centímetros, rompiendo la distancia que tanto le molestaba—. Marcus me sugirió que te enviara a un hotel seguro fuera de la ciudad. Pensé en sacarte de aquí para que no quedaras atrapada en el fuego cruzado... pero me di cuenta de que no puedo hacerlo. Eres la única persona en la que confío ciegamente para cuidar a Mia. Si la mafia viene por mi hija, no hay nadie más en este mundo que vaya a defenderla como tú. Te necesito aquí, Julia. Conmigo.
Julia escuchó la confesión de Ethan y, lejos de asustarse, empacar sus cosas y huir corriendo del penthouse de un millonario bajo amenaza de muerte, sintió que una oleada de determinación le recorría el cuerpo. Ella no era una damisela en apuros que se rompía ante la presión. Era una mujer fuerte, decidida, y ya se había encariñado demasiado con esa bebé como para dejarla a merced de unos criminales.
Se enderezó, clavando sus ojos oscuros en los de Ethan con una fijeza inquebrantable.
—Si de verdad confía en mí, entonces va a dejar de tratarme como a una empleada indefensa, señor Vance —sentenció Julia, usando el título adrede solo para ver cómo a él se le contraía la mandíbula del coraje—. No me voy a ir a ningún lado. Pero si nos vamos a quedar aquí a pelear, no pienso ser un estorbo. Exijo que me entrene en cada uno de los protocolos de seguridad de este lugar. Ahora mismo.
Ethan la miró, sorprendido por la audacia y la fuerza que destilaba. El chispazo de admiración que sintió por ella apagó un poco su molestia por el bendito apellido.
—¿Quieres que te entrene? —preguntó él, alzando una ceja.
—Quiero saber cómo funciona el blindaje de las ventanas, cómo se activan las alarmas silenciosas y dónde está la maldita habitación del pánico que Marcus mencionó el otro día —le exigió Julia, cruzándose de brazos—. Si la seguridad perimetral falla, necesito saber exactamente cómo responder. No me voy a quedar sentada esperando a que usted me salve la vida otra vez. Armemos un plan de contingencia juntos. Dos cabezas piensan mejor que una, incluso si una de esas cabezas pertenece a un CEO obstinado.
Una sonrisa sutil y de puro orgullo protector se dibujó en la comisura de los labios de Ethan. La complicidad entre ambos, esa chispa que los unía por encima del peligro, se afianzó con una fuerza renovada en ese instante.
—Está bien —cedió Ethan, su voz volviendo a ser baja y densa—. Sígueme. Te mostraré cómo se controla la fortaleza.
Durante las siguientes dos horas, el penthouse se convirtió en un centro de operaciones tácticas. Ethan guio a Julia por cada rincón del sistema de alta tecnología. Le enseñó los paneles ocultos detrás de los cuadros minimalistas, los códigos de encriptación de las puertas blindadas y el mecanismo de acceso a la habitación del pánico oculta tras el espejo del pasillo principal. Julia anotaba cada detalle en su mente, haciendo preguntas precisas y demostrando una frialdad que dejó a Ethan completamente fascinado.
Trabajar hombro con hombro, repasando rutas de escape y compartiendo contraseñas de emergencia, creó una atmósfera de intimidad brutal. Cada vez que Ethan se inclinaba sobre ella para mostrarle un comando en la pantalla táctil, su cuerpo rozaba el de ella, y la tensión eléctrica de la noche anterior amenazaba con regresar con el doble de fuerza. Julia mantenía la concentración a duras penas, sintiendo el calor que el cuerpo de Ethan desprendía, mientras él se obligaba a mirar la pantalla para no terminar devorándole los labios otra vez.
Al terminar el recorrido, se quedaron de pie en el pasillo central, cerca de la cuna de Mia. El plan de contingencia estaba listo. Ya no eran solo un hombre de negocios y una niñera; eran dos aliados compartiendo un secreto de vida o muerte.
—Bueno... parece que el sistema es bastante intuitivo, señor Vance —dijo Julia, rompiendo el silencio con una sonrisa sutil, incapaz de resistirse a picarlo una última vez antes de irse a dormir.
Ethan dio un paso rápido hacia adelante, acorralándola suavemente contra la pared del pasillo. Su mirada oscura se clavó en la de ella con una intensidad posesiva que le cortó la respiración.
—Te advertí que me molesta que me llames así, Julia —susurró Ethan, con la voz cargada de una peligrosa promesa—. Disfruta tus pequeñas burlas por ahora. Pero te garantizo que la próxima vez que estemos así de cerca, no habrá ningún monitor de bebé que te salve de que te borre ese apellido de la boca de un beso.
Julia tragó saliva, sintiendo que las piernas se le volvían de gelatina ante la audacia del magnate. Ethan sostuvo la mirada un segundo más, disfrutando del efecto que causaba en ella, y luego se dio la vuelta, caminando hacia las escaleras con paso firme. Julia se quedó apoyada contra la pared, con el corazón latiéndole a mil por hora, dándose cuenta de que la mafia del *Black Falcon* era un peligro terrible, pero el hombre que acababa de subir las escaleras era una amenaza mucho mayor para su estabilidad emocional.