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Bajo El Yugo Del Comandante

Bajo El Yugo Del Comandante

Status: En proceso
Genre:Romance oscuro / Suspenso
Popularitas:2.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

En la ciudad de Asque, el Comandante William rige con un puño de hierro que no conoce la misericordia. Tras años de guerra y traiciones, ha olvidado al niño que alguna vez juró proteger a una pequeña de ojos dulces. Evelyn, por su parte, ha crecido bajo la sombra de la tiranía, convirtiéndose en una mujer que arriesga su vida en los barrios bajos para salvar a los inocentes que el régimen de William castiga.

​Cuando Evelyn es capturada durante una redada rebelde, William queda cautivado por su mirada desafiante. Sin reconocerla, la convierte en su prisionera personal, desatando una obsesión oscura que lo consume. Ella odia al monstruo en el que él se ha convertido; él desea doblegar la voluntad de la única mujer que no le teme. Pero entre enfrentamientos y castigos, los ecos de una promesa de infancia comienzan a surgir, revelando que el hombre más temido de Asque es el mismo que juró ser su refugio.

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capitulo 6

​La lluvia no caía; se desplomaba sobre la tierra con la fuerza de un ejército furioso, azotando las hojas del viejo sauce llorón que se alzaba en el límite de la aldea. El cielo, teñido de un gris plomizo y violento, era rasgado de tanto en tanto por relámpagos que iluminaban por una fracción de segundo el rostro aterrorizado de una niña pequeña. Evie, con apenas ocho años y el cabello castaño pegado a la frente por la humedad, tiritaba de frío dentro de su gastado camisón de lona. Sus pequeños hombros se sacudían con cada trueno que retumbaba en la distancia, recordándole que el mundo exterior era un lugar demasiado grande y hostil para alguien tan frágil.

​—No llores, Evie. La tormenta no puede tocarnos aquí dentro —susurró una voz infantil, suave pero cargada de una determinación protectora.

​A su lado, Will la abrazaba por los hombros, atrayéndola hacia su propio pecho. Él no era mucho mayor que ella, pero sus ojos azules, limpios de la malicia del mundo, ya poseían esa fijeza inquebrantable de quien ha decidido ser el escudo de alguien más. Estaban acurrucados en el hueco que formaban las raíces del sauce, cuyas ramas largas y caídas creaban una cortina natural de hojas verdes, un velo que los aislaba de la tempestad.

El suelo estaba húmedo, y el olor a tierra mojada y madera vieja los envolvía como una manta rústica.

​Will metió la mano en el bolsillo de su pantalón remendado. Con un cuidado casi reverencial, extrajo un trozo de pan de centeno áspero y reseco. Era todo lo que había logrado conseguir ese día en las cocinas del orfanato tras soportar los gritos del capataz. Sus dedos, entumecidos por el frío, partieron el pan en dos mitades desiguales. Miró ambos trozos y, sin dudarlo un instante, le entregó la porción más grande a la niña.

​—Come —dijo él, esbozando una sonrisa cansada pero cálida—. Tus dientes están castañeteando tanto que vas a romperlos.

​Evie miró el pan y luego a Will. A pesar de su corta edad, sabía lo difícil que era conseguir comida en esos días de escasez. Sabía que el estómago de Will debía de estar doliendo tanto como el suyo.

​—¿Y tú? —preguntó ella, sosteniendo el trozo con ambas manos como si fuera un tesoro—. Es muy poco. Deberíamos compartirlo a partes iguales.

​—Yo soy más fuerte, no necesito tanto —mintió el niño, dándole un mordisco rápido a su pequeña porción para demostrar que estaba bien. Se tragó la masa seca con dificultad, sintiendo cómo el frío de la tormenta se disipaba un poco al ver que ella finalmente comenzaba a comer—. Además, esto es solo por ahora. Es una promesa temporaria.

​Evie detuvo el bocado, mirándolo con curiosidad a través de la penumbra verde del sauce. Los relámpagos seguían parpadeando fuera, pero la cercanía de Will la hacía sentir extrañamente a salvo.

​—¿Qué promesa? —preguntó.

​Will se enderezó sobre sus rodillas, tratando de parecer más alto de lo que era en realidad. Sus ojos azules brillaron con una convicción que rozaba la solemnidad infantil. Le tomó la mano a Evie, la cual estaba fría y manchada de tierra, y la apretó con firmeza.

​—Cuando sea grande, seré un hombre poderoso —declaró el niño, sus palabras compitiendo con el rugido del viento—. Tendré un castillo inmenso, con murallas de piedra tan altas que nadie podrá hacernos daño. Tendré cocinas llenas de pan caliente, carnes y pasteles todos los días. Nunca más pasaremos frío, Evie. Seré tu esposo y tu refugio, y te prometo que nunca, nunca volverás a tener hambre.

​Evie sintió que el calor le subía a las mejillas. La seriedad en el rostro de Will era tan pura, tan desprovista de cualquier sombra de duda, que ella le creyó por completo. Para ella, ese niño harapiento con las rodillas raspadas ya era el rey de su mundo.

​—¿Lo juras, Will? —susurró ella, uniendo su frente a la de él bajo el cobijo de las hojas.

​—Lo juro por las estrellas que hoy no podemos ver —respondió él.

​Y en ese instante, bajo el sauce llorón, mientras el agua bendecía su pacto infantil, el tiempo pareció detenerse, sellando una promesa que ni la distancia, ni la guerra, ni la pérdida de sus propias almas lograrían borrar por completo.

​William abrió los ojos de golpe.

​El pecho se le elevaba y descendía en respiraciones agitadas, y un sudor frío le perlaba la frente y el cuello. Su mano derecha estaba extendida sobre la cama de sábanas oscuras, con los dedos abiertos como si estuviera intentando aferrarse a la mano de una niña que acababa de desvanecerse en el aire.

​Se incorporó lentamente, sentándose en el borde del colchón. La habitación de su suite presidencial estaba sumida en una penumbra azulada y fría. El reloj de pared marcaba las tres de la madrugada con un tictac rítmico y metálico que de inmediato devolvió a William a su presente de cemento y órdenes militares.

​Se frotó el rostro con ambas manos, tratando de sacudirse la bruma del sueño. La confusión que sentía era física, una opresión real en el centro del pecho que amenazaba con asfixiarlo. Hacía años que no soñaba con el sauce. Hacía años que había enterrado el nombre de "Will" bajo el peso del acero y las ejecuciones de Asque. ¿Por qué ahora? ¿Por qué esa noche, cuando el frío de la realidad debería haber sido su único pensamiento?

​Sabía la respuesta, aunque su orgullo se negara a admitirla en voz alta.

​La presencia de esa mujer en el piso de abajo había actuado como un veneno sutil que se filtraba a través de las grietas de su armadura. Evelyn. Con sus ojos llenos de compasión desafiante y su labio partido que aún parecía juzgarlo en silencio. Ella había despertado ecos que él creía mudos.

​William se puso de pie, ignorando el frío del suelo de madera bajo sus pies descalzos. Se colocó un pantalón oscuro y una camisa de seda negra sin abotonar del todo, sintiendo que el aire de su propia habitación era demasiado escaso. La inquietud se transformó rápidamente en una paranoia visceral, un instinto de posesión que no lograba comprender pero que controlaba sus movimientos.

​¿Y si se había escapado? ¿Y si los guardias habían fallado en su tarea? ¿Y si la mujer de sus sueños y la prisionera de su tercer piso eran la misma persona y él la estaba perdiendo de nuevo en medio de la oscuridad?

​Salió de su suite con pasos silenciosos, moviéndose por los pasillos de la mansión como una sombra más entre las sombras. El silencio de la casa era absoluto, interrumpido únicamente por el zumbido de los sistemas de ventilación y el eco lejano del viento que golpeaba el acantilado exterior. No encendió ninguna luz; conocía cada rincón del ala norte con la precisión de un estratega militar.

​Al llegar al rellano del tercer piso, los dos guardias apostados ante la puerta de Evelyn se cuadraron de inmediato al ver la figura imponente del Comandante surgir de la penumbra. Sus rostros reflejaban el pánico instintivo de ser sorprendidos durmiendo en servicio, pero William ni siquiera los miró con atención. Su fijeza estaba en la madera de la puerta.

​—¿Algún movimiento? —preguntó en un susurro áspero, su voz sonando como el roce de dos piedras.

​—Ninguno, Comandante. No se ha escuchado nada en toda la noche —respondió el guardia de la izquierda, manteniendo la vista al frente con rigidez.

​William asintió con un leve movimiento de cabeza. Extendió la mano hacia el pomo de bronce, pero se detuvo a milímetros del metal. La duda, un sentimiento que aborrecía profundamente, lo retuvo. ¿Qué estaba haciendo a las tres de la mañana frente a la habitación de una prisionera del sector sur? Si Marcus o cualquiera de sus generales lo viera en ese estado de vulnerabilidad, el imperio de miedo que tanto le había costado construir en Asque comenzaría a desmoronarse.

​Pero la necesidad de verificar su existencia fue más fuerte que su disciplina.

​Introdujo la llave en la cerradura con una delicadeza quirúrgica, girándola con tanta lentitud que apenas se produjo un chasquido. Empujó la pesada puerta de roble un par de centímetros, lo justo para dejar que una rendija de luz del pasillo se proyectara sobre el suelo de la estancia.

​William entró en la habitación con el sigilo de un cazador.

​El cuarto estaba frío, bañado únicamente por la luz pálida de la luna que se filtraba a través de los ventanales góticos. Su mirada se dirigió de inmediato hacia la cama con dosel. Las sábanas de seda marfil estaban revueltas, pero vacías.

​El corazón de William dio un vuelco violento, una sacudida de pánico que no sentía desde las batallas de la frontera. Su mano bajó instintivamente hacia el lugar donde solía llevar su arma de servicio, aunque en ese momento estaba desarmado. Sus ojos recorrieron la penumbra con una rapidez frenética, listos para detectar cualquier movimiento en los rincones oscuros de la habitación.

​Entonces, la vio.

​Evelyn no estaba en la cama. Se había quedado dormida en la silla de respaldo recto junto a la chimenea apagada. Tenía las piernas encogidas contra el pecho, envuelta en una fina manta que apenas lograba protegerla del frío que se colaba por los ventanales. Su cabeza reposaba de lado, apoyada contra el ala de la silla, y sus pestañas oscuras dibujaban sombras sutiles sobre sus mejillas pálidas. Su cabello castaño caía desordenado sobre sus hombros, ocultando en parte la herida de su labio, que ahora lucía menos inflamada.

​En esa posición, desprovista de su mirada desafiante y de su postura rígida de boticaria rebelde, Evelyn lucía infinitamente pequeña. Parecía de nuevo la niña que se escondía de la tormenta bajo las hojas del sauce, vulnerable ante el frío y el abandono de un mundo que no entendía de piedad.

​William dejó escapar el aire que había estado reteniendo en sus pulmones. El pánico desapareció, siendo sustituido de inmediato por una marea de emociones confusas que lo hicieron retroceder un paso en silencio.

​Se acercó lentamente, controlando el peso de cada pisada sobre la alfombra densa hasta quedar a escasos centímetros de ella. Se inclinó ligeramente, observando el ritmo pausado de su respiración. La luz de la luna delineaba su rostro con una suavidad que parecía irreal en ese entorno de piedra y guerra.

El aroma terroso de las hierbas secas que ella siempre llevaba consigo flotaba en el aire del cuarto, mezclándose con el olor a sándalo de la mansión.

​William sintió una urgencia dolorosa de estirar la mano y tocarle el cabello, de acariciar la mejilla pálida para comprobar si la calidez de su piel era real o si todo era parte del mismo sueño del que acababa de despertar. Sus dedos enguantados del día anterior ahora estaban al descubierto; sus nudillos curtidos por la violencia parecían una ofensa ante la delicadeza de sus facciones.

​Apretó los dedos en un puño, conteniendo el impulso.

​—¿Quién eres tú en realidad, Evelyn? —susurró para sí mismo, un murmullo que no llegó a perturbar el sueño de la joven—. ¿Por qué tienes el poder de traerme de vuelta a un lugar del que decidí escapar hace tanto tiempo?

​Miró hacia el rincón del cuarto y vio el carrito de comida intacto, oculto tras el biombo. La terquedad de ella seguía allí, incluso en su debilidad. Ella prefería sufrir el frío y el hambre antes que aceptar la comodidad que provenía de sus manos manchadas de sangre.

Esa resistencia, lejos de enfurecerlo como habría ocurrido con cualquier otro prisionero, provocaba en William un respeto oscuro y obsesivo. Ella era la única verdad en un mundo de mentiras y traición.

​Lentamente, William se enderezó. Se quitó la manta adicional que decoraba el pie de la cama con dosel y, con movimientos extremadamente delicados, la colocó sobre los hombros de Evelyn, asegurándose de que el frío de la noche no empeorara su estado de salud.

Ella hizo un pequeño movimiento, acomodándose bajo el calor recién adquirido con un leve suspiro, pero no se despertó.

​William la contempló durante unos minutos más, grabándose cada detalle de su rostro bajo la luna, como si temiera que el día de mañana borrara su imagen.

Él ya no era el niño del sauce llorón, y ella ya no era la niña indefensa que aceptaba su pan; el destino los había convertido en enemigos naturales dentro de una ciudad que se alimentaba de su conflicto.

​Pero esa noche, en la quietud de la tercera planta, la promesa de la infancia seguía latiendo en el silencio, oculta bajo el yugo de una obsesión que comenzaba a consumir la cordura del Comandante.

​Se dio la vuelta y salió de la habitación con el mismo sigilo con el que había entrado. Cerró la puerta y giró la llave, asegurando la jaula de oro. Los guardias se cuadraron de nuevo, pero William ya no estaba allí en mente; caminaba de regreso a sus sombras, con el sabor de la tormenta y el pan de centeno aún fresco en su memoria.

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Celina Espinoza
💯💯💯
Fernanda
super 👍
Celina Espinoza
👏👏👏👏💯
celimar
💯💯👏👏
celimar
excelente 💯💯💯gracias por compartir
Fernanda
👍👍👍💯
Celina Espinoza
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celimar
👏👏👏🥰🥰💯💯
Fernanda
💯💯👍👍
Celina Espinoza
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Fernanda
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Celina Espinoza
exelente capitulo 💯
Celina Espinoza
exelente capitulo 💯
Fernanda
muy bien 💯
Celina Espinoza
👏👏👏💯
Fernanda
💯💯👍
Fernanda
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Claudia Torres
me encanta tu historia .....quiero ver cómo will poco a poco va siendo ante ivy q emoción 💪💝😘😘💘
celimar
👏👏
Celina Espinoza
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