Sofía Miller, la brillante directora creativa de Big Eye Creative, y Sebastián Lombardi, el reservado CEO que lucha por salvar la empresa de su padre, se ven obligados a trabajar juntos. En el proceso, la tensión laboral se transforma en un amor apasionado. Sin embargo, la misma noche en que él le propone matrimonio, un rival provoca un trágico accidente de coche.Al despertar, Sofía recibe un doble impacto: Sebastián está en coma y ella espera un hijo suyo. Un año después, el CEO abre los ojos, pero una amnesia severa ha borrado su último año de recuerdos. Sebastián no reconoce a Sofía y cae en las redes de Daphne, su calculadora exprometida que vuelve para quedarse con su fortuna.Protegida en secreto por el abuelo de su bebé, Sofía regresa a la oficina y a la clínica para dar una batalla silenciosa. ¿Podrá el recuerdo de su amor y el latido de su hija Lucía romper el hielo de su memoria, o se perderá para siempre? Una historia de traición, intriga y reconquista.
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CAPITULO 23. CUENTAS CLARAS Y PIEL ENCENDIDA
El anuncio de la auditoría externa enviada por Sailing Dreams nos cayó como un balde de agua fría el viernes por la tarde. Alan Vance había jugado una carta astuta: amparado en las políticas de la corporación de su padre, exigía una revisión minuciosa de cada contrato, factura y presupuesto publicitario antes de liberar los fondos de la segunda fase. Sabía perfectamente que, tras el despido fulminante de Tom, nuestro departamento de contabilidad estaba patas arriba y sin un director al mando. Era una trampa burocrática para hacernos trastabillar.
—Ese cobarde sabe que revisar los balances nos tomará semanas —comentó Sebastián el sábado por la mañana, mientras entrábamos juntos a la agencia completamente vacía—. Pero subestima mi capacidad. Yo pasé por el área contable en mis años de formación; conozco este sistema de memoria.
—Y yo no te voy a dejar solo en esto, jefe —le sonreí, acomodando sobre su escritorio un par de cajas llenas de archivistas que Gladis nos había dejado preparadas. Vestía unos jeans ajustados y una camiseta de algodón gris muy cómoda; el cabello lo llevaba sujeto en una pinza alta, dejando mi cuello al descubierto.
Pasamos todo el sábado y gran parte del domingo sumergidos en un mar de hojas de cálculo, facturas de imprenta y desgloses de presupuestos. Sebastián trabajaba sin descanso, con las mangas de su camisa arremangadas y el cabello ligeramente revuelto por la frustración de encontrar algunos sutiles desfalcos que Tom había intentado camuflar antes de ser arrestado. Verlo tan concentrado, con esa mirada analítica y protectora puesta en salvar el patrimonio de su padre, me enamoraba cada segundo más. Su inteligencia era, sin duda, su atributo más sexy.
A las diez de la noche del domingo, el silencio en el último piso de la agencia era absoluto. La única iluminación provenía de la gran pantalla del ordenador y de los destellos dorados de la ciudad que se reflejaban en los cristales. Me estiré sobre la silla, soltando un largo suspiro de cansancio.
—Creo que por fin terminamos con toda la contabilidad, Sebastián —anuncié, frotándome los ojos—. Las cifras cuadran al centavo. Alan no va a encontrar ni una sola grieta mañana.
Sebastián dejó el bolígrafo sobre la mesa, se reclinó en su sillón de piel y me miró fijamente. Sus ojos café ya no reflejaban el cansancio de los números; brillaban con una intensidad oscura y ardiente que me aceleró el pulso de inmediato. Se puso de pie con esa elegancia felina que lo caracterizaba y caminó lentamente hacia mí.
—Ven aquí, preciosa —susurró con una voz ronca que me erizó la piel por completo.
Me levanté de la silla y, antes de que pudiera dar un paso, Sebastián me tomó de la mano y me atrajo con firmeza hacia el gran sofá de cuero negro que decoraba una de las paredes de su despacho. Se sentó y me obligó a colocarme de rodillas sobre su regazo, quedando cara a cara, con nuestras respiraciones mezclándose en la penumbra.
—Llevo dos días enteros oliendo tu perfume de jazmín y viendo cómo te muerdes los labios cuando te concentras en las pantallas —confesó, acunando mi cintura con sus manos grandes y cálidas que quemaban a través de la tela de mis jeans—. He sido muy paciente, Sofía, pero mi resistencia se terminó. Necesito sentirte.
Una sonrisa llena de deseo se dibujó en mis labios. Enredé mis dedos en su cabello suave, inclinándome para unir nuestras bocas.
El beso comenzó de forma lenta, tierno, saboreando la delicia de estar por fin a solas, pero la urgencia no tardó en devorarnos. Sebastián soltó un gemido ahogado y profundizó el contacto, atrapando mi labio inferior con una pasión salvaje que me hizo temblar las piernas. Su lengua reclamó la mía con un ritmo exigente que me encendió el vientre al instante. Mis manos bajaron por sus hombros musculosos, desesperadas por deshacerse de los obstáculos, y comencé a desabrochar los botones de su camisa uno a uno, acariciando la piel firme y caliente de su pecho.
Sebastián no se quedó atrás. Con una destreza que me dejó sin aliento, deslizó sus manos por debajo de mi camiseta gris, acariciando la piel desnuda de mi espalda con caricias eléctricas que me hicieron arquear el cuerpo hacia él. Sus dedos hábiles desabrocharon el cierre de mis pantalones, despojándome de ellos junto con mi ropa interior en un movimiento fluido que nos dejó expuestos en la penumbra del despacho.
Me recostó suavemente sobre los cojines de cuero del sofá, posicionándose entre mis piernas. La luz de la luna delineaba el relieve perfecto de sus músculos tensos mientras me contemplaba con una devoción devoradora. Su mirada era una caricia en sí misma.
—Eres mi paz y mi tormenta, Sofía —jadeó contra mis labios, mientras sus dedos delineaban la cara interna de mis muslos, preparando mi cuerpo con una lentitud tortuosa que me hacía suplicar por más.
Cuando la entrega se hizo total, el universo entero pareció desvanecerse. Me aferré con fuerza a sus hombros firmes, enterrando mis uñas en su espalda mojada por el sudor mientras él se movía sobre mí con un ritmo pausado, profundo y lleno de una ternura que rozaba lo poético. Cada movimiento suyo era una oleada de calor que me elevaba más y más alto, arrancándome gemidos contenidos que se perdían en el eco de la oficina vacía. El placer se volvió tan agudo y dulce que las lágrimas de felicidad amenazaron con salir de mis ojos. Nos fundimos en un solo ser bajo las estrellas de la ciudad, sellando nuestra complicidad en el lugar donde todo había comenzado.
Horas más tarde, la medianoche nos encontró abrazados en el sofá, cubiertos únicamente por la chaqueta de sastre de Sebastián para protegernos del aire acondicionado. Yo descansaba la cabeza en su pecho, escuchando los latidos ya calmados de su corazón.
—Mañana puede venir el inspector más estricto del país —le susurré, delineando sus abdominales con la yema del dedo—. Estamos listos para ganar, Sebastián.
—Lo sé, mi amor —respondió él, besando mi coronilla con ternura—. Mañana le demostraremos a Alan que no importa cuántas piedras ponga en nuestro camino; nuestro ingenio y lo que tenemos juntos es indestructible.
Mientras nos cobijábamos en nuestro amor, en una lujosa suite de hotel de la ciudad, Alan Vance se despedía de un hombre de mediana edad que vestía un traje gris impecable y sostenía un maletín de cuero. Era el auditor principal que llegaría a la agencia el lunes a las ocho de la mañana. Alan le sonrió de medio lado, entregándole un sobre con instrucciones específicas. El villano pensaba que la presión contable minaría la paciencia de la pareja, sin imaginar que las cuentas ya estaban blindadas y que el fin de semana solo había servido para encender aún más el fuego de su amor.