Una chica de la era moderna reencarna en el cuerpo de Madeline, la prometida del frío Duque Elías. Tras quedar embarazada y decidida a proteger el futuro de su hijo, ella empaca sus maletas y huye lejos, escondiendo su rastro.
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Capítulo 19
Madeline despertó antes de que saliera completamente el sol.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, observando el techo de madera de la habitación mientras trataba de recordar dónde estaba.
Luego lo recordó todo.
La huida.
La posada.
El carruaje.
Y el largo viaje que todavía tenía por delante.
Se incorporó despacio.
La espalda le dolía un poco por haber dormido en una cama que distaba mucho de las cómodas habitaciones de la mansión Fairchild, pero no se quejó.
Aquella incomodidad era un precio pequeño por su libertad.
Se lavó el rostro con el agua de la palangana, se arregló el cabello como pudo y volvió a colocarse la capa.
Después tomó su maleta y bajó al primer piso.
La posada ya estaba despierta.
El aroma a pan recién horneado inundaba el ambiente.
Algunas mesas estaban ocupadas por viajeros que desayunaban antes de retomar el camino.
Madeline se acercó al mostrador.
—Disculpe —preguntó a la posadera—. ¿Hay algún lugar cerca donde pueda comprar comida para el viaje?
La mujer levantó la vista.
—Al salir, gire a la izquierda. Hay una panadería y un puesto de frutas en la esquina.
—Muchas gracias.
—Más vale que compre algo ahora. El siguiente pueblo está bastante lejos.
Aquello fue suficiente para convencerla.
Madeline salió rápidamente.
El aire de la mañana era fresco.
Las calles comenzaban a llenarse de movimiento.
Algunos comerciantes abrían sus negocios.
Los panaderos acomodaban bandejas humeantes en los mostradores.
Y varios viajeros caminaban apresurados para alcanzar los transportes que saldrían al amanecer.
La joven llegó a la panadería casi guiada por el olor.
Compró varios panes, algunos dulces sencillos y un pequeño paquete de carne seca que el vendedor aseguró que duraría varios días.
Después pasó por el puesto de frutas.
Terminó comprando más de lo que planeaba.
Unas manzanas.
Peras.
Y unas pequeñas frutas rojas que le parecieron apetitosas.
—Parece que va a alimentar a un ejército —comentó la anciana vendedora mientras guardaba todo.
Madeline sonrió con cierta vergüenza.
—Solo quiero estar preparada.
—Eso dicen todos antes de comprar media tienda.
La joven soltó una pequeña risa y continuó su camino.
Sin embargo, cuando terminó de guardar las compras en la maleta, volvió a sentir aquel extraño vacío en el estómago.
Frunció el ceño.
Acababa de desayunar.
No debería tener hambre otra vez.
Aun así, terminó comiéndose uno de los panes mientras caminaba.
Y para su sorpresa, aquello mejoró bastante la sensación de malestar.
—Definitivamente algo raro está pasando conmigo —murmuró para sí.
No quiso pensar más en ello.
Ya tenía suficientes preocupaciones.
Cuando llegó al lugar donde esperaba el carruaje, varios pasajeros ya se encontraban allí.
La pareja acomodaba algunas mantas.
Y el pequeño niño corría alrededor de su madre hasta que esta logró atraparlo por una oreja.
—¡Ay! —se quejó el pequeño.
—Te advertí que no corrieras.
Madeline sonrió involuntariamente.
Aquella escena le recordó que existía un mundo más allá de nobles, compromisos y conspiraciones.
Un mundo donde la gente simplemente vivía.
Sentada sobre un baúl, la anciana del día anterior sostenía una taza de té caliente entre las manos.
Al verla acercarse, sonrió.
—Vaya, muchacha. Pensé que todavía estarías durmiendo.
—No podía permitírmelo —respondió Madeline acomodando la maleta.
—La juventud sí que es extraña. Cuando yo tenía tu edad podía dormir hasta el mediodía.
—¿Y ahora?
—Ahora me despierto antes que el sol y me enojo porque todavía no ha salido.
Madeline soltó una pequeña risa.
La anciana parecía satisfecha con haberla hecho sonreír.
Su mirada bajó entonces a la bolsa que Madeline llevaba en brazos.
—¿Compraste provisiones?
—Sí.
—Bien.
La mujer asintió con aprobación.
—Nunca confíes en los horarios de los carruajes. Siempre dicen que llegarán pronto y terminan apareciendo cuando ya te has muerto de hambre.
—Intentaré recordarlo.
—Hazlo.
La anciana señaló una de las manzanas que sobresalía de la bolsa.
—Y guarda bien eso o el niño de allí te la robará.
El pequeño, que justo pasaba corriendo cerca de ellas, abrió los ojos como platos.
—¡Yo no iba a robar nada!
—Todavía no —replicó la anciana.
El niño salió corriendo mientras su madre se disculpaba.
Aquello hizo que varias personas se rieran.
—Buenos días.
La voz hizo que levantara la cabeza.
Nathan se acercaba llevando una bolsa de tela sobre el hombro.
Parecía tan despreocupado como el día anterior.
—Buenos días —respondió ella educadamente.
—Me alegra ver que no desapareció durante la noche.
Madeline arqueó una ceja.
—¿Por qué habría de desaparecer?
—No lo sé. Tiene cara de persona que desaparece misteriosamente.
—¿Eso existe?
—Claro.
Nathan señaló hacia ella.
—Y usted es el ejemplo perfecto.
Madeline negó con la cabeza.
—Está imaginando cosas.
—Probablemente.
Una sonrisa divertida apareció en el rostro del hombre.
Antes de que pudiera seguir molestándola, el cochero elevó la voz.
—¡Todos arriba! ¡Partimos en cinco minutos!
Los pasajeros comenzaron a moverse de inmediato.
Madeline ajustó mejor la correa de su maleta.
El corazón le dio un pequeño vuelco.
El viaje continuaba.
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es sabía como ese Nathan que estuvo ahí espero que veamos pronto llegue lejos como también a ese tonto que le perdió
de irse más lejos y espero
que su madre la ayude a que no la
molesten temprano para darle tiempo
descubrirá que se escapó embarazada