El huracán le quitó su casa, pero él le quitó su libertad. Esmeralda vive encerrada en una jaula de oro, prisionera del hombre que dice amarla. Entre mentiras, tormentas y secretos, deberá elegir: morir en silencio o destruir todo para ser libre. ¿El amor puede doler tanto como una prisión?
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5. EL PRIMER BESO DEL CARCELERO.
La casa de modas olía a tela cara y a humillación.
Me tenían parada en una plataforma circular, rodeada de espejos. Tres mujeres me jalaban, me medían, me pinchaban con alfileres como si fuera un maniquí. Y al frente, colgado, estaba él. El monstruo de encaje y seda blanca.
El vestido de novia.
“No voy a ponerme eso”, dije por décima vez. Mi voz ya sonaba rota.
La modista principal, una mujer de cabello gris y ojos fríos, ni me miró. “El señor de la Rosa lo eligió personalmente. Brazos arriba, señorita.”
Los dos guardias de Emiliano estaban en la puerta. Inmóviles. Vigilando que no respirara sin permiso.
Me arrancaron mi ropa y me embutieron en el vestido. La seda estaba fría contra mi piel. El corsé me apretó las costillas hasta que creí que me romperían una. El escote era bajo, atrevido, hecho para la mirada de un solo hombre.
Me obligaron a verme al espejo. No me reconocí. La chica del reflejo tenía ojeras, labios pálidos y un vestido de 20 mil dólares que gritaba “propiedad privada”. En mi dedo, la esmeralda brillaba, burlándose.
La puerta se abrió de golpe.
El aire de la habitación cambió. Se volvió pesado. Peligroso.
Emiliano de la Rosa entró como si fuera dueño del lugar. Porque lo era. Del lugar, de la casa de modas y de mí.
Su mirada me recorrió lento. De los zapatos de satén, subiendo por la falda, deteniéndose en mi cintura estrangulada por el corsé y finalmente en mi cara. No había deseo en sus ojos. Había evaluación. Como si revisara una mercancía.
“Gírate”, ordenó.
“Vete al infierno”, escupí. Las palabras me salieron antes de poder pensarlas.
Una de las modistas jadeó. Los guardias dieron un paso al frente. Pero Emiliano alzó una mano y todos se congelaron.
Caminó hacia mí. Cada paso suyo era una sentencia. Se detuvo a centímetros. Olía a madera cara y a peligro. Me tomó la barbilla con dos dedos, obligándome a mirarlo. Su pulgar rozó mi labio inferior.
“Te dije que ese color te quedaba bien, Esmeralda”, murmuró. Su voz era un terciopelo que escondía navajas. “El blanco. El color de la pureza que voy a arrebatarte en nuestra noche de bodas.”
La rabia, el miedo, la impotencia… todo explotó. Le escupí en la cara.
El silencio fue total. Una gota de saliva le corrió por el pómulo.
No se limpió. No se movió. Solo sus ojos se oscurecieron hasta ser dos pozos negros.
Y entonces, me besó.
No fue un beso. Fue una invasión. Un castigo. Su boca se estrelló contra la mía, dura, exigente, sin pedir permiso. Su mano se enredó en mi cabello, tirando mi cabeza hacia atrás, inmovilizándome. Me robó el aliento, el grito, la cordura. Sabía a menta y a pecado.
Intenté empujarlo, golpearlo, morderlo. Él solo apretó más, profundizando el beso hasta que sentí que me ahogaba. Sus dientes mordieron mi labio inferior, fuerte. El sabor metálico de la sangre nos inundó la boca.
Tan rápido como empezó, terminó. Me soltó y di un paso atrás, jadeando, con los labios hinchados y sangrando. Me llevé los dedos a la boca, temblando de furia.
Él se pasó el pulgar por su propio labio, limpiando mi sangre. Y sonrió. Una sonrisa lenta, cruel, que no le llegó a los ojos.
“Así me gusta”, dijo, con la voz ronca. Su pulgar manchado de rojo. “Que pelees. Que escupas. Que odies.” Dio un paso atrás, admirando su obra. “Será mucho más dulce cuando te rindas. Y te vas a rendir, Esmeralda. A mí.”
Se giró hacia la modista. “Que esté listo en tres días. Sin modificaciones.”
Y se fue. Dejándome rota, vestida de novia, con el sabor de su beso-castigo en la boca y la certeza de que acababa de declararme la guerra.
Los guardias me sacaron a rastras. En el espejo, mi reflejo tenía los labios rojos. De sangre. De él.