Valeria pensó que su vida se había terminado el día que su padre la obligó a casarse por negocios. El acuerdo familiar era absoluto: debía unirse a Ismael, el heredero de 24 años de la hacienda vecina, un hombre frío al que apenas conocía. Lo que Valeria no imagina es que Ismael odia esa tradición tanto como ella y esconde un secreto: ha construido una empresa millonaria en la ciudad y planea vender las tierras familiares para liberarlos a ambos.
Obligados a mudarse a la gran ciudad para mantener las apariencias, tendrán que convivir bajo el mismo techo compartiendo sábanas, mentiras y roces eléctricos. Pero cuando el juego de actuar como la pareja perfecta empieza a derretirse bajo el calor de las aguas termales de la costa y el asfalto urbano, las frías reglas de su sociedad financiera saltan por los aires. ¿Podrán conseguir la libertad sin perder el corazón en el intento? Una historia de amor forzado, secretos y superación.
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CAPITULO 11 LA SOMBRA DEL PASADO SOBRE EL ASFALTO
Las siguientes tres semanas pasaron a una velocidad vertiginosa, convirtiéndose en el periodo más feliz de toda mi vida. La rutina en la ciudad se había asentado con una facilidad pasmosa. Cada mañana, Ismael se marchaba temprano a las oficinas de la asesoría financiera junto a Héctor, mientras que yo cogía el metro con total soltura gracias a las lecciones de Sofía para asistir a mis primeras clases en la academia de alta costura. Pasar las mañanas entre patrones, tizas de sastre y rollos de seda era como respirar un aire nuevo que me llenaba los pulmones de vida. Sofía se había convertido en mi sombra y en mi gran confidente; venía a buscarme a la salida, merendábamos juntas y me ayudaba a buscar telas económicas en los mercadillos locales. Por primera vez, sentía que estaba construyendo algo propio, un futuro real con el que pronto podría regresar al pueblo a rescatar a Aarón.
La convivencia con Ismael en el piso era extrañamente cómoda. Éramos como dos engranajes de un reloj suizo: respetábamos escrupulosamente los espacios del otro. Él pasaba las noches trabajando concentrado frente a las pantallas de su escritorio en su habitación, y yo me encerraba en la mía a dibujar bocetos hasta que me vencía el sueño. Cenábamos juntos casi siempre, compartiendo anécdotas del día en un ambiente de cordialidad y respeto absoluto. Se estaba convirtiendo en un gran apoyo, en un socio leal que cumplía su palabra de darme alas.
Sin embargo, la burbuja de paz en la que vivíamos estalló en mil pedazos un jueves por la tarde.
Estaba en la cocina preparando una ensalada para la cena cuando escuché el tono de llamada del teléfono móvil de Ismael sobre la encimera. Él estaba en el baño duchándose tras llegar del gimnasio. Eché un vistazo a la pantalla de reojo y el corazón se me congeló en el pecho al leer el nombre del remitente: Don Manuel. Mi padre.
El aparato dejó de sonar, pero apenas un segundo después, la puerta del baño se abrió e Ismael salió secándose el cabello oscuro con una toalla, vestido con un pantalón cómodo. Al ver mi rostro pálido y mi vista fija en el teléfono, comprendió al instante lo que pasaba. El móvil volvió a vibrar con una insistencia agresiva que inundó la cocina de una tensión insoportable.
Ismael tomó el aparato, me miró a los ojos con seriedad y deslizó el dedo por la pantalla para aceptar la llamada, activando el manos libres para que yo también pudiera escuchar.
—Buenas tardes, Don Manuel —saludó Ismael, recuperando en un segundo esa voz fría, educada y formal que usaba con los hombres de negocios del pueblo.
—¡Ismael, muchacho! —la voz ronca, autoritaria y cargada de suficiencia de mi padre resonó en el espacio, haciéndome dar un paso atrás por puro instinto—. Espero que todo marche bien por la capital. Te llamo porque la próxima semana tengo que viajar a la ciudad para cerrar la exportación del nuevo lote de vinos con unos distribuidores extranjeros. Y, por supuesto, voy a aprovechar el viaje para cenar con ustedes. Quiero ver cómo se ha adaptado mi hija y, sobre todo, comprobar con mis propios ojos lo felices que son en su nuevo hogar.
Ismael entornó los ojos, analizando la situación a la velocidad de la luz mientras me lanzaba una mirada de advertencia.
—Será un honor recibirlo, Don Manuel. Valeria y yo estaremos encantados de preparar una cena para usted —respondió Ismael con una calma perfecta, sin que le temblara el pulso.
—Excelente. Ya sabes cómo soy, Ismael. Me gusta ver que los negocios familiares se asientan sobre bases firmes —añadió mi padre con una risotada que me revolvió el estómago—. Sabes perfectamente que estoy muy interesado en comprar la hacienda de tu padre ahora que Alfonso va a jubilarse y se marcha de viaje. Pero antes de soltar un solo céntimo de la inversión y firmar la compraventa de esas tierras, quiero asegurarme de que el matrimonio de mi hija menor es sólido y de que no hay fisuras entre nosotros. No me gustaría invertir en la propiedad de un hombre que no cuida bien de la alianza familiar. Nos vemos el miércoles a las ocho. Dale un saludo a Valeria.
La línea se cortó con un pitido seco. Me quedé apoyada contra la encimera de la cocina, sintiendo que el aire me faltaba. La sombra de mi padre había llegado hasta la ciudad para recordarnos que seguíamos atados a sus hilos.
—Quiere espiarnos —dije con la voz temblando de rabia y miedo—. No viene por negocios, Ismael. Viene a asegurarse de que no estamos fingiendo, de que de verdad somos un matrimonio real antes de comprarle las tierras a tu padre. Sabe que tú ansías ese dinero para retirar a tus padres y él ansía expandir su imperio con tu hacienda. Si descubre que dormimos en habitaciones separadas o que planeamos divorciarnos en un año, destruirá el trato de la venta, arruinará el retiro de tus padres y a mí me arrastrará de vuelta al pueblo a golpes.
Ismael dejó el teléfono sobre la mesa y se acercó a mí. Su expresión era pura concentración matemática; estaba diseñando una estrategia en su mente.
—No va a descubrir nada, Valeria. Mantén la calma —sentenció con una firmeza que logró infundirme un poco de seguridad—. Mi padre ya está organizando los papeles de la jubilación y mi madre tiene las maletas listas para el viaje. No voy a permitir que Don Manuel arruine el futuro de mi familia ni la libertad que tú acabas de conseguir. Pero para lograrlo, tenemos que jugar nuestras cartas a la perfección. Tenemos tres días para transformar este piso.
—¿A qué te refieres? —pregunté, frunciendo el ceño.
—A que a ojos de tu padre, este apartamento tiene que gritar que somos una pareja enamorada y apasionada —explicó Ismael, señalando el pasillo—. Mañana mismo tenemos que vaciar tu habitación. Meteremos todas tus maletas, tus cajas de costura, tus zapatos y tu ropa en mi armario. Tu cuarto se convertirá en un estudio de trabajo temporal o en un gimnasio improvisado. Durante el tiempo que tu padre esté en la ciudad, tendremos que compartir la misma habitación y la misma cama.
Un calor repentino me subió a las mejillas al escuchar sus palabras. Compartir el cuarto en su hacienda durante el fin de semana del banquete había sido una emergencia donde él durmió en un sofá, pero la idea de trasladar toda mi intimidad a su cama en este piso de forma definitiva durante una semana entera me aceleró el pulso de una manera que no pude controlar.
—¿Estás segura de que podremos engañarlo? —susurré, mirándolo a los ojos—. Mi padre tiene el olfato de un zorro para los negocios y las mentiras. Notará si estamos tensos o si actuamos con distancia.
Ismael dio un paso más, recortando la distancia entre los dos, y me sostuvo la mirada con una intensidad que me hizo contener la respiración.
—Entonces no actuaremos con distancia —afirmó con una voz baja y decidida—. Cuando él cruce esa puerta, seremos los recién casados perfectos. Te tomaré de la mano, te abrazaré y fingiremos que no podemos vivir el uno sin el otro. Es solo un precio más que debemos pagar por nuestra independencia, Valeria. Tú quieres salvar a tu hermano Aarón y yo quiero salvar a mis padres. Por esa meta, somos capaces de engañar al mismísimo Don Manuel. ¿Estás lista para el papel de tu vida?
Miré a Ismael, contemplando la determinación inquebrantable de sus ojos oscuros y la seguridad que me transmitía su cercanía. Dejé atrás el miedo, apreté los puños y asentí con la cabeza, sintiendo que un nuevo tipo de tensión, mucho más íntima y peligrosa, acababa de instalarse entre los dos en mitad de la gran ciudad. El teatro estaba a punto de comenzar.