Ella se casa por contrato con un empresario frío (CEO). Él la ignora, la traiciona y la desprecia.
Un día, decide irse sin decir una sola palabra.
Cuando él descubre que ella era la mente detrás de todo lo que hacía crecer la empresa… ya es demasiado tarde.
Su regreso será rápido, triunfal y absolutamente satisfactorio.
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Capítulo 20
Veneno
El hospital estaba más silencioso esa mañana.
Letícia seguía en recuperación. Hugo no se apartaba de su lado. Henrique se dividía entre la empresa y las visitas, visiblemente presionado.
Y Camila… apareció.
Como si nada hubiera pasado.
Entró en la habitación con una expresión ensayada de preocupación.
—¿Cómo está? —preguntó, demasiado dulce.
Lívia observó.
Cada detalle.
Cada respiración.
—Recuperándose —respondió, firme.
Camila asintió y se acercó a la cama, sosteniendo la mano de Letícia por algunos segundos. Una escena perfecta. Si alguien fotografiase, parecería una hermana dedicada.
Pero cuando se giró para salir, encontró a Lívia parada en la puerta.
Esperando.
—¿Podemos hablar? —preguntó Lívia.
Camila sonrió.
—Claro.
Fueron hasta el corredor vacío.
Lívia mantuvo la postura elegante, manos unidas frente al cuerpo.
—Curioso, ¿no crees? —comenzó, suave. —Que el camión haya surgido exactamente en la curva más peligrosa… en el coche que solía ser mío.
Camila inclinó la cabeza levemente.
—¿Estás insinuando algo?
—No. —Lívia sonrió. —Estoy apenas observando coincidencias.
Camila cruzó los brazos.
—Accidentes suceden.
—Especialmente cuando hay llamadas telefónicas horas antes —completó Lívia, aún calmada.
Un segundo.
Apenas un segundo.
Camila casi reaccionó.
Pero era demasiado entrenada para eso.
Descruzó los brazos.
—Si tienes algo que decir, dilo. No me gustan los jueguitos.
Lívia se aproximó un paso.
—A mí tampoco.
Silencio.
Miradas fijas.
Desafío.
Pero Camila no vaciló.
No sudó.
No desvió la mirada.
—Tal vez estés buscando culpables porque necesitas lidiar con la culpa de haber prestado el coche —dijo ella, fría. —¿Eso pesa, no es así?
La frase fue calculada.
Cruel.
Lívia lo sostuvo.
Pero, por dentro, algo vaciló.
¿Y si estuviese viendo enemigos donde no había?
¿Y si el dolor estuviese influenciando su juicio?
Ella dio una leve sonrisa.
—Tal vez esté viendo demasiadas cosas.
Camila tocó el brazo de ella, casi cariñosa.
—Andas estresada, hermana.
Y salió.
Confiada.
Firme.
Como quien venció una batalla invisible.
Pero así que entró en el coche, la expresión cambió.
Frustración.
Rabia.
Lívia estaba más cerca de lo que imaginaba.
Ella cogió el móvil y llamó al informante.
—Esto tiene que acabar. La investigación tiene que ser cerrada oficialmente. Quiero un informe cerrado como accidente. Si esto se sale de control, sabes lo que sucede. La familia Albuquerque no perdona fallos.
Del otro lado, vacilación.
—Estamos trabajando en eso…
—Trabaja más rápido.
Colgó.
Respiró hondo.
Necesitaba reforzar su posición.
Necesitaba distraer.
Necesitaba reafirmar el control.
Entonces llamó a Igor.
—Necesito hablar contigo.
Pero no quería hablar.
Quería apoyo.
Quería admiración.
Quería alguien que la colocase nuevamente en el centro.
Igor acordó encontrarse con ella al final de la tarde.
Camila sonrió al colgar.
Si Henrique comenzase a oscilar, ella tendría alternativas.
Ella siempre tenía.
En el hospital, Lívia permanecía parada en el corredor.
El enfrentamiento había sido elegante.
Pero inconcluso.
Camila no había demostrado nada.
Ningún error.
Ninguna falla.
Tal vez hubiese sido precipitada.
Tal vez el dolor estuviese hablando más alto.
Ella respiró hondo.
Por un instante…
Consideró la posibilidad de estar equivocada.
Pero algo dentro de ella aún decía que no.
Y mientras Camila buscaba distracciones y refuerzos…
Lívia comenzaba a entender que esa guerra no sería vencida con acusaciones.
Sería vencida con pruebas.
Y paciencia.
Y si Camila pensaba que había pasado ilesa…
Mal sabía que estaba siendo observada en más lugares de los que imaginaba.
Porque la elegancia de Lívia no era flaqueza.
Era estrategia.
Y las estrategias… llevan tiempo para aplastar al enemigo.