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Las órdenes privadas de mi jefe

Las órdenes privadas de mi jefe

Status: En proceso
Popularitas:6.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Alegra Vega creía que el peor peligro de trabajar para Alejandro Montero era su carácter frío y autoritario. Hasta que entró en su estudio secreto y encontró decenas de pinturas de ella: arrodillada, vendada y completamente entregada.
Él la sorprendió con el cuaderno abierto.
—Cierra la puerta.
Alegra obedeció.
Lo que comienza con pintura sobre la piel pronto se convierte en órdenes, seda, palmadas, placer contenido y noches en las que su jefe deja de fingir que no desea poseerla. Pero el verdadero escándalo llegará cuando la tensión abandone el estudio y termine sobre el escritorio del hombre más poderoso de la empresa.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

# Capítulo 2: El prendedor

Alegra tenía veintitrés años y este era su primer trabajo estable de oficina.

Los tres años anteriores se habían dividido entre dobles turnos para pagar la deuda que le dejaron sus padres y una maratón de exámenes de servicio público que ellos la obligaron a presentar. Uno tras otro, como fichas de dominó cayendo sobre la misma mesa: el examen para la Secretaría de Educación, para Hacienda, para el servicio diplomático. Todos reprobados. No porque fuera tonta —era cualquier cosa menos tonta—, sino porque cada vez que abría el temario después de trabajar hasta el agotamiento sentía que el aire se le acababa, como si la cremallera de su vida estuviera tan apretada como la de aquel vestido rojo.

Cuando varios tíos empezaron a comentar que Alegra "se veía rara, como ida", sus padres aflojaron. No mucho. Lo suficiente para dejarla buscar empleo, siempre y cuando fuera un empleo "decente". Después de rechazar tres opciones que ella encontró por su cuenta —"esa empresa es muy chiquita", "¿recepcionista? qué vergüenza", "¿en la Condesa? eso está lejísimos"—, fue su madre quien movió hilos. Un contacto de un contacto de un expariente conocía a alguien en Montero Capital.

Así llegó Alegra a su escritorio en el departamento administrativo del piso doce.

La posada había sido un jueves. El viernes fue su último día antes de las vacaciones de fin de año. Cuando regresó en enero, retomó el periodo de prueba que apenas había comenzado; las semanas se acumularon entre archivos, reportes y cafés hasta que, a finales de marzo, cumplió tres meses en la empresa. La confirmaron como empleada de planta. No porque fuera brillante, sino porque llegaba temprano, hacía lo que le pedían sin quejarse, y tenía la virtud invisible de no molestar a nadie.

Del señor Montero, en todo ese tiempo, no vio más que sombras. Él viajaba constantemente —fábricas en Querétaro, reuniones en Monterrey, algo en el extranjero que nadie sabía explicar bien—. Cuando estaba en la oficina, era un fantasma que se movía entre el elevador y su despacho sin detenerse en ningún piso intermedio. Las compañeras del departamento hablaban de él con la reverencia con que se habla de un eclipse: algo que existe, que todos quieren ver, pero que nadie logra mirar directamente.

A Alegra le daba igual. Mientras le pagaran a tiempo y no la despidieran, el jefe podía ser un holograma.

Esa mañana llegó más temprano de lo habitual. El vestíbulo estaba vacío. Cuando las puertas del elevador se abrieron, ya había dos personas adentro.

Uno era Héctor Quiroga. Alegra lo conocía por referencias cruzadas y confusas: dirigía su propia consultora, Quiroga & Asociados, y colaboraba como asesor externo de MonteroLogística y del director general; además, por una cadena de matrimonios y divorcios que requería un diagrama para entenderse, era algo así como su primo lejano. En la oficina se trataban como desconocidos. Él le hizo un gesto breve con la cabeza.

El otro era Alejandro Montero.

Alegra se paralizó un segundo en el umbral del elevador antes de entrar.

—Buenos días, señor Montero. Buenos días, licenciado Quiroga.

—Buenos días —respondió Alejandro. Su voz era exactamente como la recordaba de la posada: limpia, fresca, con una textura que hacía pensar en agua muy fría.

El elevador subió. A medio camino se detuvo y entró un grupo de empleados que llenó el espacio de golpe. Héctor se movió para cubrir a Alejandro del gentío —un reflejo automático, de guardaespaldas o de perro pastor, Alegra no supo cuál—. Alejandro retrocedió hasta quedar a su lado.

La presencia de él era algo físico. No era solo su estatura —le sacaba casi treinta centímetros—, era la densidad del aire a su alrededor, como si ocupara más espacio del que su cuerpo justificaba. Alegra sintió que le faltaba el oxígeno y se deslizó unos centímetros a la derecha.

Discreta, Alegra. Muy discreta.

Él la miró. Un segundo. Ella fingió estudiar los números del tablero como si fueran el resultado de una biopsia.

El grupo bajó. El elevador se vació. Alejandro y Héctor retomaron su conversación sobre algo de logística. Alegra respiró.

Cuando las puertas se abrieron en su piso, ella iba a salir detrás de ellos cuando algo brilló en el suelo, justo donde él había estado parado. Se agachó y lo recogió: un prendedor de corbata. Plateado, con forma de una rama de bambú. Discreto y elegante, como todo lo que él llevaba encima.

—Licenciado Quiroga —llamó, alcanzándolos en el pasillo.

Ambos se detuvieron. Alejandro también se volvió, y Alegra sintió el peso de esos ojos claros como un reflector.

Había pensado en entregarle el prendedor a Héctor, como intermediario. Pero con Alejandro mirándola, cambiar de plan habría sido más ridículo que entregárselo directamente.

Extendió la mano con el prendedor en la palma. Los dedos abiertos, la vista baja. Se dio cuenta, demasiado tarde, de que el gesto parecía el de una sirvienta ofreciendo algo a un señor feudal.

Dios mío, Alegra, ¿qué estás haciendo?

—Encontré esto en el elevador —dijo, con la garganta seca—. Creo que es suyo.

—Es mío —confirmó él.

Sus dedos recogieron el prendedor de su palma con un movimiento preciso, cuidadoso. No la tocó. Ni un roce.

—Gracias.

Se dio la vuelta y siguió caminando. Héctor le lanzó a Alegra una mirada con las cejas levantadas —algo entre la diversión y la complicidad— y se fue detrás de él.

Alegra se quedó en el pasillo con la mano abierta y el corazón martillándole en un lugar innecesario.

Es un prendedor. Le devolviste un prendedor. Cálmate.

Esa tarde, la convocaron a la oficina del director general.

Héctor la recibió en la antesala con una sonrisa profesional que no combinaba con el guiño que le había dado en el pasillo esa mañana.

—Pasa. El señor Montero quiere hablar contigo.

Alegra sintió que el suelo se movía. ¿Hablar? ¿Con ella? ¿Sobre qué? ¿El prendedor? ¿La posada? ¿Sabía que ella había comido tacos al pastor justo antes de subir al escenario con su vestido de diseñador?

Tocó la puerta.

—Adelante.

La oficina era exactamente como se la imaginaba: amplia, minimalista, con un ventanal que enmarcaba el skyline de Santa Fe como si fuera un cuadro. Alejandro estaba de pie junto al escritorio. Sin saco. La camisa negra le marcaba los hombros y desaparecía bajo un cinturón que le dibujaba la cintura como una línea de arquitectura.

Negro. Definitivamente le queda el negro.

—Siéntate —dijo él, señalando el sillón frente al escritorio.

—Gracias, señor Montero.

Se sentó con las manos entrelazadas sobre las rodillas. Él la observó un momento, como evaluándola.

—Llevas tres meses en la empresa.

—Sí, señor. Acabo de cumplirlos la semana pasada.

—¿Te has adaptado bien?

Alegra tragó saliva. —Sí, señor. El ambiente es muy bueno, los compañeros son amables, las prestaciones son excelentes y... usted es muy accesible.

Lo último se le escapó. Quiso morderse la lengua.

—¿Accesible? —repitió él, desconcertado por una palabra que nunca en su vida había oído asociada a su persona.

—Quiero decir... respetuoso. Con los empleados. —Cállate, Alegra.

Él no comentó nada al respecto. En cambio, fue directo.

—Héctor va a concentrarse en su consultora. Necesito una asistente ejecutiva que asuma las tareas que estaba cubriendo. ¿Te interesa?

El cerebro de Alegra se dividió en dos mitades. La mitad racional gritaba no tienes experiencia, no sabes nada de este puesto, vas a hacer el ridículo. La mitad que pagaba la renta gritaba más fuerte: ¡el triple de sueldo!

—Yo... nunca he sido asistente ejecutiva. No sé si estoy capacitada.

—Eso no fue lo que pregunté.

Lo miró. Sus ojos claros no expresaban impaciencia ni irritación. Solo esperaban.

—Si usted confía en que puedo hacerlo —dijo Alegra—, acepto. Con mucho gusto.

—Bien. Héctor te pondrá al corriente. Empiezas el lunes.

—Gracias, señor Montero.

—Puedes retirarte.

Se levantó. Caminó hasta la puerta con la compostura de alguien que no acaba de triplicar su salario. Cerró detrás de ella y se encontró con Héctor, que la esperaba con los brazos cruzados.

—¿Cómo te fue?

—Me acaban de promover —susurró Alegra, y se le escapó una sonrisa tan grande que le dolieron las mejillas—. Héctor, me acaban de promover.

—De nada.

—¿Tú...?

—Yo presenté tres candidatas. Él te eligió. —Héctor se encogió de hombros con la satisfacción de quien ha puesto una ficha en el lugar exacto del tablero—. Pero la idea de incluirte en la lista fue mía, así que me debes una comida.

Alegra lo abrazó.

—En la oficina no —siseó él, apartándola—. ¡Que luego hablan!

Pero sonreía.

De camino al elevador, Alegra pasó junto a un grupo de compañeras que cuchicheaban cerca de la máquina de café. Alcanzó a escuchar un fragmento:

—...dicen que al señor Montero le falla. Ya sabes. Ahí abajo. Por eso no tiene novia.

—¿Neta? ¿Con esa cara?

—Por eso, güey. Dios no puede darte todo.

Alegra apretó el paso, con las mejillas calientes y el cerebro procesando demasiada información.

Así que el hombre más atractivo que he visto en mi vida... ¿no funciona? Vaya. El universo sí tiene sentido del humor.

Lo que no podía saber era que en ese mismo momento, al otro lado de la pared de cristal, Alejandro Montero estaba devolviendo un prendedor de bambú a su lugar en el cajón del escritorio.

El prendedor que llevaba suelto a propósito esa mañana. Por segunda vez en tres meses.

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♾️Virginia☘Quijada☘Márquez☘️☘️
Es q no tiene un espejo para ver el. Parecido con ella misma 🥴
♾️Virginia☘Quijada☘Márquez☘️☘️
Interesante 🤣🤣ay Alejandro
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