Valeria Grien y Maximiliano Starling no tienen absolutamente nada en común. Ella es una mujer de curvas generosas, caótica, expresiva y con una seguridad en sí misma que resulta magnética. Él es un hombre de negocios metódico, frío y un obsesivo del control que parece haber nacido con el traje puesto. Sin embargo, el destino —y el testamento de una abuela muy metiche— los obliga a tomar una decisión drástica: casarse y convivir bajo el mismo techo durante un año para no perder su herencia.
Dispuestos a sobrevivir al encierro sin matarse en el intento, firman un pacto inquebrantable con una regla de oro estricta: camas separadas y cero contacto físico. Todo marcha según el plan, entre discusiones domésticas y una tensión que echa chispas... hasta que una mañana Valeria se despierta con náuseas y una prueba con dos rayitas rosas en la mano.
¿El gran problema? Ella no sabe cómo pasó, y él, con su legendario autocontrol, muchísimo menos.
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CAPÍTULO 23: La guerra de los regalos (El show de los primos)
El trayecto de regreso desde el centro comercial se había desarrollado en un silencio sepulcral, espeso y cargado de una estática que hacía que el aire acondicionado del cupé deportivo pareciera insuficiente. Valeria seguía con la mirada fija en la ventanilla, repasando mentalmente su vergonzoso balbuceo sobre las luces LED, mientras Maximiliano conducía con los ojos clavados en el asfalto, sosteniendo el volante con una rigidez digna de un examen de manejo de alta velocidad. Ninguno de los dos se atrevía a rozar el tema de la "niña bonita", como si pronunciar las palabras pudiera hacer estallar los cristales del auto.
Sin embargo, el destino tenía preparado un antídoto ruidoso y caótico para disolver la tensión romántica en cuanto pisaron el apartamento.
No alcanzaron a dejar las llaves en la entrada cuando el sonido de dos voces discutiendo a grito pelado en la sala de estar les indicó que la paz doméstica había sido violada una vez más. Sentadas en el comedor, Leonor Starling y la madre de Valeria observaban la escena con los brazos cruzados y expresiones de profundo sufrimiento estético.
En el centro de la alfombra persa, Julián y Gabriel lideraban un despliegue de cajas, bolsas de tiendas de lujo y envoltorios de papel celofán que hacían que la sala pareciera el depósito de una juguetería tras un saqueo.
—¡Te digo que tu regalo es un atentado contra el desarrollo psicomotriz y el buen gusto, Julián! —chillaba Gabriel, agitando un abanico de plumas negras con una indignación que le hacía temblar los anillos—. ¡Es una criatura, no un capataz de vialidad!
—¡Y tu regalo es un peligro de asfixia por exceso de lentejuelas, Gabriel! —le devolvía Julián, con las mejillas encendidas y sosteniendo una caja de cartón corrugado como si fuera un escudo medieval—. ¡El heredero Starling-Grien necesita estímulos de ingeniería espacial, no un guardarropa para ir a una gala de arrabal en París!
Valeria se detuvo en el umbral, apoyando una mano en su panza de cinco meses y mirando el desastre con los ojos entrecerrados.
—¿Se puede saber qué tipo de circo psiquiátrico instalaron en mi sala? —preguntó Valeria, alzando la voz para imponerse sobre el griterío.
Gabriel se giró de golpe, con el rostro iluminado por una mezcla de triunfo y malicia. Avanzó hacia ella a pasos largos, arrastrando una bolsa de una boutique francesa de alta costura.
—¡Ay, por fin llega la incubadora oficial! —exclamó Gabriel, ignorando el ceño fruncido de Maximiliano—. Miren lo que le traje a mi ahijado o ahijada. Es un enterito de plush negro con apliques de cristales de Swarovski genuinos en las hombreras y un gorro de aviador a juego en satén. Si va a salir a la calle a enfrentar a los paparazzi que tienen abajo, que lo haga con un estilismo que deje en claro que los genes Grien no se mezclan con el algodón barato de supermercado.
Julián soltó una carcajada seca, apartando a su primo de un manotón para colocarse frente a Maximiliano.
—No le hagas caso a este frívolo, Maxi. El verdadero regalo de un tío y padrino con visión de futuro está acá —anunció Julián con orgullo, abriendo la caja para extraer un mini-casco de constructor color amarillo brillante, con el logotipo de la empresa grabado en el frente, y un rollo de planos impresos a escala—. Es un proyecto didáctico. Diseñé un plano a escala uno-diez para una casa de muñecas o búnker de bloques con resistencia sísmica estructural y hormigón premezclado simulado. Hay que prepararlo para las licitaciones desde la cuna.
—¡Por favor! —chilló Gabriel, cruzándose de brazos y fingiendo una arcada—. ¡Un casco de plástico! ¡Eso es maltrato infantil, Julián! El bebé me va a preferir a mí en cuanto tenga uso de razón y descubra que mis regalos no huelen a laca ni a cemento portland. ¡Yo soy el consentidor oficial!
—¡El padrino soy yo porque yo organicé la fiesta del destilado exótico, Gabriel! ¡Tú solo eres el chismoso que se enteró antes de tiempo! —le gritó Julián, dándole un empujón con la caja de planos.
—¡A mí no me empujes con tu cartón de tercera, arquitecto de cuarta! ¡El bebé va a usar mis brillos aunque te dé un síncope!
La discusión se tornó un intercambio absurdo de manoteos, reproches sobre quién tenía mejor gusto y reclamos territoriales sobre el futuro afecto del bicho, que en ese momento parecía divertirse propinando un par de patadas en el interior de Valeria. Maximiliano observaba el show de los primos con las cejas arqueadas, calculando mentalmente los decibelios del escándalo, mientras las madres de ambos hacían comentarios desaprobatorios desde el fondo.
Fue entonces cuando Alma, que había estado sentada en el sillón individual tomando un té de hierbas con la paciencia de un santo, dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco. Se levantó, se colocó en medio de Gabriel y Julián, y se cruzó de brazos con una mirada que habría congelado a un ejército de mercenarios.
—¡A ver, par de nenes de jardín de infantes, se me callan la boca los dos ahora mismo! —tronó Alma, apuntándolos con el dedo índice alternadamente—. Parecen dos hienas disputándose una presa. Me tienen harta con los gritos, con el Swarovski, con el hormigón premezclado y con sus complejos de superioridad. El bebé todavía no tiene pestañas y ustedes ya le están armando una crisis de identidad textil.
Gabriel abrió la boca para protestar, pero Alma le clavó una mirada letal.
—Si escucho una sola palabra más sobre quién es el favorito o quién tiene el regalo más caro, juro por mi vida que agarro el casco amarillo, lo lleno con el enterito de brillos y les tiro todo por el balcón directo al capó de los coches de los paparazzi. ¿Me entendieron? A la cuenta de tres, se sientan en el sillón y se comportan como adultos funcionales. Uno...
Julián y Gabriel se miraron de reojo, midiendo el peligro real en los ojos de Alma, y con un sincronismo ridículo, cerraron la boca, guardaron sus respectivos regalos detrás de la espalda y se sentaron en el borde del sofá con los hombros hundidos, luciendo como dos chicos atrapados haciendo travesuras en el colegio.
Valeria no pudo contenerse más. Al ver la cara de indignación de Gabriel con su abanico cerrado a la fuerza y la postura de niño regañado de Julián, soltó una carcajada limpia y sonora que contagió de inmediato a Alma. Las dos amigas estallaron en risas ante la ridiculez del show de los primos consentidores.
Valeria se giró hacia Maximiliano para contagiarle el chiste, esperando encontrar su habitual rostro de esfinge o una crítica sobre el desorden de la alfombra.
Pero lo que vio la dejó completamente sin respiración.
Maximiliano Starling estaba mirando a Julián y a Gabriel, y en sus labios no había una mueca de desprecio ni una línea de tensión. Tenía una sonrisa franca, abierta, legítima y asombrosamente hermosa dibujada en el rostro. Sus ojos grises se habían achicado sutilmente por la diversión y las líneas de su mandíbula se habían relajado por completo, mostrando una calidez que Valeria jamás —ni en sus mejores sueños o peores pesadillas— le había visto desplegar. Era una sonrisa que transformaba por completo al hombre de negocios frío en alguien profundamente humano, magnético y desarmante.
La risa de Valeria se extinguió en su garganta. Se quedó quieta, estupefacta, mirando fijamente los labios de su esposo y el brillo limpio de su mirada. Sintió un vuelco violento en el estómago, una presión en el pecho que no tenía nada que ver con los movimientos del grano de arroz y todo que ver con la súbita, aterradora y maravillosa certeza de que estaba cayendo en una trampa de la que no quería escapar. Se estaba enamorando perdidamente del hombre que tenía al lado.
Gabriel, que no se perdía un solo detalle del lenguaje no verbal de la sala, miró a Maximiliano sonreír, luego miró la cara de absoluta fascinación boba de Valeria, y una sonrisa astuta y peligrosa comenzó a dibujarse en sus propios labios. La farsa matrimonial estaba empezando a resquebrajarse por el lado más inesperado, y el show de los regalos acababa de pasar a un segundo plano.