En mi primera vida, amé a Julián con todo mi corazón.
Le entregué mi confianza, mi fortuna y hasta la casa de mi familia.
¿Y cómo me lo agradeció?
Me asesinó.
Junto a Lucía, mi supuesta mejor amiga, me hizo firmar los documentos que necesitaban y después puso veneno en mi sopa. Morí creyendo que había perdido al amor de mi vida.
Pero desperté diez años antes.
Tengo diecisiete años. Estoy de nuevo en la escuela. Mi fortuna sigue intacta y el cucaracho que me mató todavía cree que puede manipularme.
Esta vez, no.
No necesito adelgazar para ser valiosa. No necesito comprar amor. Y definitivamente no necesito salvar a un hombre que solo quiere hundirme.
Voy a recuperar mi vida, proteger mi fortuna y descubrir quién soy lejos de ellos.
Porque en esta segunda oportunidad, Julián aprenderá una verdad muy sencilla:
La heredera gordita ya no lo quiere.
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UN CABALLERO SIN MÁSCARA
El sol de la tarde se filtraba por las altas ventanas del taller de diseño, pintando trazos dorados sobre las telas de seda y lana que vestían los maniquíes. La tensión del día había cesado y el silencio del colegio tras el horario de clases brindaba una paz casi irreal.
Mateo estaba sentado sobre una de las mesas de corte, ayudándome a empaquetar las muestras de tela y ajustando las bases de madera para el showroom. Llevaba las mangas de su camisa arremangadas hasta los codos y trabajaba en silencio, concentrado y eficiente.
Me acerqué con un par de carpetas de bocetos. Al ver que intentaba levantar una pesada caja con catálogos de moda, él se puso de pie de inmediato y la tomó de mis manos sin esfuerzo.
—Déjame eso a mí —dijo con voz suave, colocándola con firmeza sobre la repisa—. No quiero que te esfuerces los brazos antes de la presentación de mañana.
—Gracias, Mateo —respondí, dejando escapar un suspiro cansado pero sincero.
Me senté en la silla de madera junto al ventanal. Por primera vez en mucho tiempo, mis hombros se relajaron por completo. No bajé la cabeza con falsa timidez ni dejé caer lágrimas calculadas; simplemente lo miré a los ojos con la mirada limpia y transparente de quien ya no necesita defenderse.
Mateo notó el cambio al instante. Dejó el rollo de cinta adhesiva sobre la mesa y se acercó a mí a paso tranquilo, apoyando una mano en el respaldo de mi silla.
—Es raro verte así —comentó en un murmullo cálido, atrayendo una silla para sentarse frente a mí—. Sin la sonrisa sumisa para los profesores, sin las lágrimas compasivas para la prensa... Solo tú.
—A veces cansa un poco —admití con una pequeña sonrisa real, jugando con el borde de mi pulsera—. Frente al colegio tengo que ser la chica perfecta y compasiva que todos esperan para que nadie sospeche mis movimientos. Pero contigo... sé que no necesito actuar.
Mateo me observó en silencio durante unos segundos. Sus ojos oscuros, siempre perspicaces y atentos, reflejaban una ternura sincera que hizo que un calor dulce me recorriera el pecho.
—No tienes que actuar conmigo nunca, Sofía —dijo con voz firme y serena—. Sé que eres astuta y que no te dejas pisotear por nadie, pero también sé algo que los demás ignoran: Sofía es buena. De verdad lo eres. Tu bondad no es una debilidad, es lo que te hace ser quien eres, y yo siempre voy a estar aquí para cuidarla.
Sus palabras cayeron en el ambiente con un peso reconfortante. En este tablero de ajedrez donde todos buscaban usarme o destruir me, Mateo era la única pieza genuina, un aliado leal que me respetaba y valoraba por mi verdadera esencia.
—Gracias por no juzgarme, Mateo —susurré, estirando la mano sobre la mesa para tocar levemente la suya.
Mateo cubrió mi mano con la suya, brindándome un apretón cálido y seguro que no necesitaba de mayores promesas. La complicidad entre los dos ya no era solo una alianza estratégica contra el cucaracho y sus cómplices; se había convertido en un sentimiento profundo, sano y verdadero.
—Mañana va a ser tu gran día, florcita —sonrió él, poniéndose de pie y ayudándome a levantarme de la silla—. Y yo voy a estar en primera fila asegurándome de que nadie interrumpa a la verdadera reina del San Jorge.
Le sonreí con absoluta sinceridad, sintiendo que, por primera vez, mi futuro no solo estaba lleno de justicia y gloria, sino también de alguien con quien valía la pena compartirlo.
El silencio que siguió a nuestras palabras fue sereno, interrumpido únicamente por el leve susurro del viento agitando las cortinas del taller. Mateo caminó hacia la mesa principal y comenzó a ordenar las tijeras de sastre y los carretes de hilo con un cuidado casi quirúrgico.
—Sabes, a veces me pregunto si Julián llegará a comprender algún día lo que dejó ir —comentó Mateo sin girarse, alineando las reglas de madera—. No solo el dinero o el estatus de tu familia... sino a una mujer con la visión y la determinación que tú tienes.
Me acerqué a él a paso tranquilo, cruzándome de brazos mientras me apoyaba contra el borde de la mesa.
—Julián nunca me vio a mí, Mateo —respondí con una serenidad absoluta—. Él solo veía lo que podía obtener a través de mí. Pensaba que mi dulzura era estupidez y que mi peso me mantendría acomplejada y sumisa para siempre. Creyó que Sofía era buena en el sentido de ser una marioneta fácil de manipular.
Mateo dejó la última tijera en su estuche y se giró hacia mí. Sus ojos reflejaron una admiración limpia, libre de las dobles intenciones que solían llenar las miradas de la gente en el colegio.
—El problema de los imbéciles como él es que asumen que la bondad es falta de carácter —dijo él en un tono firme y suave—. No entienden que para ser verdaderamente dulce y compasivo en un mundo como este, se necesita ser extremadamente fuerte. Y tú eres la persona más fuerte que he conocido.
Un ligero rubor tiñó mis mejillas, pero esta vez no me escondí tras una mirada timorata. Le sostuve la mirada a Mateo, sintiendo cómo el frío cálculo que me había acompañado durante semanas se disipaba por completo en su presencia.
—Mañana, cuando se abra el telón del showroom, la marca S-Vargas no solo será mi debut comercial —susurré con una sonrisa franca y brillante—. Será la prueba definitiva de que no necesito bajar a nadie para estar en la cima.
—Y yo estaré ahí para asegurarme de que nadie te tape la luz, mi reina —reafirmó Mateo, ofreciéndome su brazo para salir juntos del taller.