Camila llega sola a Hollow Creek para olvidar la muerte de su madre. Su auto queda destrozado por trampas en el camino y encuentra a cinco jóvenes acampando. Pronto descubre que ese rincón de Texas esconde una familia que lleva generaciones aislada… y algo mucho más antiguo que ellos.
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Capítulo 14
Se alejaron de la cueva sin hablar.
Caminaron hasta que el olor dulce se hizo un poco más débil y el terreno volvió a abrirse un poco. Leo encontró un tronco caído y se dejó caer sobre él. El cuchillo todavía lo tenía en la mano. Los nudillos se le veían blancos.
Tomi se quedó de pie, mirando hacia el sitio de donde venían.
—Eso no lo hicieron solo personas. ¿Verdad?
Nadie contestó de inmediato.
Camila se sentó en el suelo, con la espalda contra un árbol. El llavero de Mateo lo tenía apretado en el puño. La imagen del altar no se le iba: los cráneos, los huesos con marcas de dientes, el trozo de tela a cuadros.
Leo habló al fin, con la voz ronca:
—La familia… los que dejan las trampas, los que se llevaron a Mateo… no son lo peor. Son los que cuidan ese sitio. Los que llevan las ofrendas. Los que limpian después.
Tomi se giró hacia él.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque los huesos más viejos no tienen las mismas marcas que los nuevos. Y porque esos símbolos de las paredes no los hace alguien que solo caza para comer. Eso es culto. Eso es miedo. O adoración. O las dos cosas.
Camila levantó la vista.
—Entonces hay algo más. Algo que ellos alimentan.
Leo asintió una sola vez.
—Sí. Y lleva mucho tiempo ahí. Los huesos pequeños… los de niños… algunos estaban debajo de todo. Años. Décadas quizás. Esta gente no empezó hace poco. Generaciones.
El viento se metió entre los árboles y trajo otra vez el olor. Más suave, pero presente. Como un recordatorio.
Tomi se pasó las manos por la cara.
—Y Sofía y Naiara… si las atraparon… las van a llevar ahí. ¿No?
Nadie dijo que no.
La respuesta se quedó flotando entre ellos, pesada.
Camila recordó las historias que Naiara había contado a medias. El tío desaparecido. La comida que había que dejar. El respeto. Ahora todo encajaba de una forma horrible. Naiara sabía más de lo que había dicho. O al menos sospechaba. Y aun así había entrado en el bosque con ellos.
—Tenemos que salir de aquí —dijo Leo—. Ya no es solo escapar de unos locos del bosque. Es salir antes de que eso que cuidan decida que ya no le basta con lo que le llevan.
Tomi miró hacia el norte, donde el terreno seguía subiendo.
—¿Y si no hay salida? ¿Y si el bosque no termina?
—Tiene que terminar —contestó Leo. Pero no sonó seguro. Sonó a alguien que necesita creerlo para seguir caminando.
Camila se puso de pie. Las piernas le temblaban un poco.
—Si hay algo antiguo ahí dentro… ¿por qué no nos ha atacado ya? ¿Por qué deja que la familia haga el trabajo?
Leo guardó el cuchillo por fin.
—Porque no necesita hacerlo. Ellos le llevan lo que quiere. Nosotros somos solo más carne caminando. Mientras no nos acerquemos demasiado al santuario o a lo que sea que vive cerca, puede esperar. Ellos se encargan.
El silencio que siguió fue largo.
Cada uno miraba un punto distinto del bosque. Ahora ya no era solo miedo a ser encontrados. Era miedo a entender de verdad qué los estaba rodeando.
Camila sintió un escalofrío que no venía del frío.
La familia de las colinas eran monstruos.
Pero eran monstruos humanos.
Lo otro… lo que alimentaban… no tenía nombre todavía. Y eso la aterraba más.
Leo se levantó.
—Seguimos. Hacia arriba. Hasta que veamos algo que no sea árbol. Y no volvemos a acercarnos a esa cueva. Nunca.
Tomi asintió.
Camila también.
Pero mientras empezaban a caminar otra vez, los tres sabían que el bosque ya los había marcado.
Y que lo que sea que habitaba en aquella oscuridad ahora sabía que ellos también sabían.
hey y aparezco ahí, mi nombre también es Leo