Rebelde, inteligente y apasionada. Emma de la Rivera nunca ha permitido que nadie controle su destino. Pero cuando Damián Thorne se cruza en su camino, el choque de dos voluntades inquebrantables se vuelve inevitable. Él está acostumbrado a dominarlo todo; ella, a no doblegarse ante nadie. ¿Podrá Damián domar el espíritu de Emma, o terminará cayendo en su propia trampa?
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Capítulo XII Un error que cuesta caro
Acostumbrada a tener que borrar las huellas de una mala noche, Emma maquilló sus heridas con cuidado frente al espejo. Se vistió con un traje sastre negro que reflejaba la oscuridad en su vida, dejó su cabello suelto cayendo en suaves ondas para disimular la tensión en su rostro y se dispuso a bajar para enfrentar, una vez más, la dolorosa realidad de su hogar.
En la mesa del comedor ya se encontraba su “familia”, riendo y conversando hasta que la vieron entrar.
—Buenos días —saludó Emma de forma fría y distante, sin detenerse.
—Siéntate a desayunar y me cuentas cómo te fue anoche con Thorne. ¿Hiciste lo que te dije? —el descaro en la voz de Guillermo hizo que a Emma se le revolviera el estómago.
—Solo hice mi trabajo, padre —respondió mostrando un profundo descontento.
—Ayer te ordené que lo mantuvieras feliz cueste lo que cueste. De esta fusión depende mi empresa, y si Thorne está encaprichado contigo, tú solo lo complaces y punto.
La expresión en el rostro de Samantha y Claudia fue de puro placer. Disfrutaban ver cómo Guillermo reducía a Emma a una simple mercancía y la regalaba como si no valiera nada.
Emma se levantó de la mesa sin probar bocado, ignorando los gritos de su padre, quien enfureció ante su actitud.
Pero Guillermo no se iba a quedar con ese desprecio. Fue tras ella a pasos agigantados y la tomó con fuerza del brazo derecho, apretando la carne con una brutalidad que le arrancó un ahogado jadeo de dolor.
—No te doy tu merecido solo porque no quiero dejar marcas en tu rostro —amenazó Guillermo con los ojos inyectados en sangre, clavándole los dedos hasta el hueso—, pero si vuelves a dejarme con la palabra en la boca, nadie me va a detener.
—Suéltame... me estás lastimando —rogó Emma con los dientes apretados, sintiendo que los huesos del brazo iban a partirse en dos.
Guillermo la soltó con brusquedad, haciendo que ella diera un paso en falso. El odio en su mirada era cada vez más intenso.
—¡Lárgate de aquí! No quiero volver a verte la cara hasta la noche.
Emma salió despavorida de la mansión conteniendo las lágrimas y sujetándose el brazo derecho, donde las marcas de los dedos de su padre comenzaban a tornarse moradas bajo la tela del saco.
La brutalidad de Guillermo se hacía cada día más insoportable.
Caminó hacia la parada del autobús como todas las mañanas, soñando con el día en que pudiera ser libre. Al llegar a la empresa, exactamente media hora antes de iniciar su turno, la recepcionista le dedicó una sonrisa cálida.
—Sobreviviste al primer día —comentó con amabilidad.
—Así es... espero sobrevivir a este también —respondió Emma, devolviéndole una sonrisa cansada.
—El desayuno se sirve a las nueve. Deberías unirte a nosotros en la cafetería y así nos vamos conociendo —sugirió Abril.
—Intentaré bajar un momento, pero ya sabes cómo es el ritmo de trabajo con el señor Thorne.
Subió al piso cuarenta y dos cargando con el peso del rechazo familiar y una punzada ardiente en el brazo. Preparó los archivos, encendió la computadora y organizó los folios para la auditoría.
A diez minutos para las ocho, las puertas del ascensor privado se abrieron. Damián Thorne caminó por el pasillo con pasos firmes e imponentes, vistiendo un traje azul noche perfectamente entallado.
—Buenos días, señor Thorne —saludó Emma, poniéndose de pie de inmediato.
—Buenos días, Emma —respondió Damián, ligeramente sorprendido por ver todo listo en su escritorio antes de tiempo.
Emma tomó la agenda digital y fue tras él al despacho presidencial.
Durante las siguientes tres horas, la dinámica de trabajo fue intensa y sofocante. Damián dictaba cláusulas a una velocidad vertiginosa, le exigía cruzar referencias de estados financieros y revisar contratos de más de cincuenta páginas. Emma trabajaba en silencio, haciendo un esfuerzo sobrehumano por teclear y sostener la pluma; cada movimiento del brazo derecho le enviaba descargas eléctricas de dolor que le hacían brotar sudor frío en la frente.
Damián notó que la joven estaba más pálida de lo normal y que de vez en cuando apretaba los labios como si contuviera un quejido, pero en su mente, convencido aún de que era una niña mimada acostumbrada a la buena vida, atribuyó su malestar a una simple pataleta por tener que trabajar duro.
A las once de la mañana, la tensión en la oficina central explotó.
Damián revisaba el expediente de la reestructuración cuando sus ojos se detuvieron en una hoja. Su rostro se ensombreció de golpe. Levanto la mirada, clavando una ráfaga de hielo en Emma.
—¿Qué es esto? —preguntó con una voz baja, amenazadora y cargada de irritación.
Emma se acercó al escritorio, tragando saliva con dificultad.
—Es el desglose de pasivos del segundo trimestre, señor Thorne...
—Te pedí explícitamente que los folios fueran ordenados por fecha cronológica inversa y que las notas al pie llevaran la codificación interna de mi bufete, no la de tu padre —dijo Damián, poniéndose de pie con lentitud. Para él era un detalle secundario, pero su nivel de exigencia y su mal humor acumulado hicieron que la falta de estandarización le resultara intolerable—. Te di una instrucción sumamente clara esta mañana.
—Señor, los montos y los datos legales están perfectamente verificados —intentó explicar Emma con la voz temblorosa—. Solo cambié el formato de la portada para adecuarlo a...
—¡No te pagamos para que pienses en cambiar mis formatos! —interrumpió Damián, alzando la voz con una agresividad desmedida que retumbó en las paredes de cristal del despacho—. Te pedí una tarea ridículamente sencilla, Emma. Si no eres capaz de seguir una orden tan básica como foliar un expediente bajo mis normas, no sirves para estar en este piso.
El impacto de sus gritos hizo que Emma se sobresaltara. Instintivamente, al intentar protegerse o dar un paso atrás, se llevó la mano izquierda al brazo derecho lesionado, dejando escapar un leve gemido de dolor mientras apretaba los ojos.
Damián dio un paso hacia ella, con el expediente en la mano, luciendo implacable, dominado por la rabia de que una pasante cuestionara sus métodos.
—Te quiero rehaciendo todo el informe ahora mismo. Y si vuelves a cometer un error tan mediocre...
—¡Damián, basta! —una voz firme cortó la reprimenda.
Las puertas de cristal del despacho se habían abierto de par en par. Diego estaba parado en el umbral, sosteniendo en la mano la carpeta con el informe secreto que acababa de investigar durante toda la madrugada.
Al ver a Damián acorralando a la joven y presenciando cómo Emma temblaba de dolor y humillación frente a su jefe, la mirada de Diego se llenó de una mezcla de indignación y reproche.
—Diego, no te metas. Estoy corrigiendo a mi pasante —dijo Damián sin volverse, con la voz aún alterada.
—Suéltala y déjala salir —ordenó Diego, dando pasos rápidos hacia el escritorio y colocando la carpeta sobre la madera—. Tienes que leer esto ahora mismo, Damián. Y créeme... te vas a arrepentir de cada palabra…
Diego hizo silencio al ver que Emma aún estaba en la oficina.