Hay amores que llegan demasiado tarde.
Y otros que nunca debieron llamarse amor.
***
Cinco años atrás, Lizzie cometió un error con James.
Una noche.
Un secreto.
Y una despedida antes de que él pudiera decirle que, para él, nunca había sido un error.
Ahora Lizzie tiene veinticinco años, un prometido perfecto y una boda esperándola. James debería ser solamente un recuerdo… hasta que la enfermedad de su padre lo convierte en el único hombre capaz de salvar el legado de su familia.
Trabajar juntos no estaba en sus planes.
Volver a desearse, mucho menos.
Porque James sigue siendo el hombre que no debería tocar.
Y Lizzie sigue perteneciendo a un futuro en el que él no tiene lugar.
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Capítulo 7. La noticia
Llegué a casa poco después de las diez.
James se había ofrecido a esperarme, pero le dije que no era necesario. Necesitaba cambiarme antes de ir a la empresa y, después de casi un día entero fuera, quería al menos unos minutos para sentir que había recuperado el control de mi vida.
No los tuve.
Adrián estaba esperándome.
Lo encontré en la sala, sentado en uno de los sillones con el teléfono sobre la mesa. Se levantó apenas me vio entrar.
—¿Estás bien?
La pregunta me sorprendió.
Después recordé las llamadas que no había contestado.
—Sí.
Adrián soltó el aire y se pasó una mano por el cabello.
—Te llamé toda la noche.
—Lo sé. Lo siento.
Su mirada descendió hacia mi ropa.
La camiseta de James.
El pantalón de James.
Cerré los ojos.
—La tormenta.
—No he preguntado.
—Pero ibas a hacerlo.
—En realidad iba a preguntar dónde está tu camioneta.
Eso era peor.
—Atascada.
Adrián me miró durante unos segundos.
—¿Cómo demonios consigues atascar una camioneta?
—Con talento.
No sonrió.
Seguía enfadado.
Y tenía derecho a estarlo.
—Podrías haber avisado.
—Mamá sabía dónde estaba.
—Yo no soy mamá.
—Lo sé.
Nos quedamos en silencio.
La discusión del día anterior seguía entre nosotros.
Ni tú ni yo estamos preparados.
No me arrepentía de haberlo dicho.
Sí me arrepentía de cómo lo había dicho.
Adrián apartó la mirada primero.
—¿Aceptó?
Ahí estaba la verdadera pregunta.
Dejé el bolso sobre una silla.
—Sí.
Su expresión cambió.
No pareció sorprendido.
Más bien decepcionado.
Como si una parte de él hubiera esperado que James volviera a negarse.
—Claro.
—Adrián...
—¿Qué pidió?
Directo al punto.
Muy propio de él.
—Autoridad para dirigir.
Soltó una risa breve.
—Qué considerado.
—Si va a asumir la presidencia, necesita poder tomar decisiones.
—Papá sigue siendo el presidente.
—Papá está hospitalizado.
La frase salió más dura de lo que pretendía.
Adrián apretó la mandíbula.
—No necesito que me lo recuerdes.
Bajé la voz.
—Lo sé.
Él caminó hasta la ventana.
Durante unos segundos ninguno habló.
No quería volver a discutir sobre quién estaba preparado y quién no.
Ya lo habíamos hecho.
Y seguíamos sin tiempo para permitirnos el lujo de estar ofendidos.
—James quiere que papá se mantenga fuera de las decisiones mientras se recupera —continué—. Lo mantendrá informado, pero no piensa dirigir la empresa desde su habitación del hospital.
Adrián se giró.
—Eso le va a encantar.
—Ya me imagino.
—¿Qué más?
Llegamos a la parte difícil.
—Va a revisar todas las áreas.
Su expresión cambió inmediatamente.
—Incluida la mía.
No fue una pregunta.
—Sí.
Adrián asintió lentamente.
—Por supuesto.
—No quiere apartarte.
—Qué alivio.
—Quiere que sigas trabajando.
—Bajo sus órdenes.
—Adrián...
—¿Qué quieres que diga, Lizzie?
Se giró hacia mí.
—Ayer me dijiste que no estaba preparado para dirigir la empresa y hoy regresas con James dispuesto a hacerlo y con permiso para revisar cada decisión que tome. Perdóname si no estoy emocionado.
Eso sí dolió.
Porque tenía razón en una cosa.
Aunque no hubiera sido mi intención, desde su lugar debía sentirse como si yo hubiera elegido a James por encima de él.
—No elegí a James en tu contra.
—No dije que lo hicieras.
—Lo estás pensando.
Adrián guardó silencio.
Me acerqué.
—Lo que te dije ayer sigue siendo cierto. No creo que estés preparado para asumir la presidencia.
Su mandíbula volvió a tensarse.
—Gracias.
—Yo tampoco lo estoy.
Eso consiguió que me mirara.
—No fui a buscar a James porque crea que tú eres incapaz. Fui porque papá necesita tiempo. Y nosotros necesitamos a alguien que pueda mantener esto funcionando mientras él se recupera.
Adrián apartó la mirada.
Su enojo no desapareció.
Pero perdió algo de fuerza.
—¿Y qué pidió de ti?
La pregunta me hizo tensarme.
—Que me quede.
Frunció el ceño.
—¿Dónde?
—En la empresa.
—¿Pensabas irte?
—Se lo ofrecí.
Adrián volvió a mirarme.
—¿Por qué?
No quería entrar ahí.
—Pensé que trabajar juntos podía ser incómodo.
—¿Por qué?
—Porque James y yo no siempre nos llevamos bien.
Adrián me observó como si la respuesta no le convenciera del todo.
No añadí nada.
Cinco años atrás había tomado una decisión: aquella noche se quedaría entre James y yo.
No pensaba cambiarla en medio de la sala de mi casa.
—En cualquier caso, dijo que no —continué—. Me quedo en mi puesto y trabajaré con él durante la transición.
—¿Con él?
—Sí.
La mirada de Adrián se detuvo sobre mí un segundo más.
—Eso no te molesta.
No supe si era una pregunta.
—Es trabajo.
Adrián soltó una pequeña risa.
—Claro.
—¿Qué significa eso?
—Nada.
—Adrián.
Tomó su saco.
—Tenemos una junta en menos de una hora. Puedes interrogarme después.
Lo miré con desconfianza.
—¿Quién dijo que había junta?
—James.
Eso me hizo callar.
—Me llamó esta mañana —añadió—. También habló con los demás.
Claro que lo había hecho.
James ni siquiera había asumido todavía y ya estaba organizando las cosas.
Adrián caminó hacia la puerta.
Antes de salir se detuvo.
—Lizzie.
—¿Qué?
Tardó un momento.
—Sigo pensando que te equivocas.
Sabía a qué se refería.
A él.
A James.
A todo.
—Espero equivocarme.
Adrián negó lentamente.
—Yo no.
Y salió.
Me quedé sola en la sala.
Miré la hora.
Tenía treinta y cinco minutos para dejar de parecer una mujer que había pasado la noche en casa de James y convertirme nuevamente en Elizabeth, la hija del presidente.
Subí las escaleras.
El problema era que, después de las últimas veinticuatro horas, ya no estaba del todo segura de dónde terminaba una y empezaba la otra.