Todos creen conocer a Damian Varela… pero nadie conoce su verdadero secreto.
Elena solo necesitaba un tutor que la ayudara a superar una etapa complicada de sus estudios. Lo último que esperaba era descubrir que el hombre encargado de ayudarla llevaba una vida completamente diferente a la que aparentaba.
Una fotografía, una puerta entreabierta y un nombre que jamás debería haber escuchado harán que Elena empiece a investigar.
Mientras más descubre, más preguntas aparecen.
¿Quién es realmente Damian Varela?
Y, sobre todo… ¿qué hará cuando descubra que Elena conoce su secreto?
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Capítulo 9: Clase Nocturna
La tarde se había desvanecido y la noche envolvía la ciudad cuando Damian consultó su reloj y luego la miró a ella con un brillo nuevo en los ojos.
—Hoy la sesión se prolongará —anunció, apagando la luz principal y dejando encendida solo una lámpara tenue sobre el estante—. Ven a casa. Ahora. Nadie nos verá. La entrada trasera.
Elena sintió un vuelco en el corazón. —¿A su casa? ¿Es seguro?
—Nada lo es desde que te conocí —respondió él, con media sonrisa cargada de oscuridad—. Pero necesito tenerte donde nadie pueda interrumpirnos. ¿Vienes?
Caminaron separados, por calles distintas, pero con el mismo destino. Cuando Elena llegó a la puerta trasera de su edificio, se abrió antes de que terminara de llamar. Damian la tomó de la muñeca con suavidad pero firmeza, la atrajo al interior y la empujó contra la pared nada más cruzar el umbral. La puerta se cerró sola tras ellos.
—Llegaste —susurró contra sus labios, sin besarla aún, rozándolos apenas con su respiración—. He contado cada segundo.
La vivienda era amplia, moderna, envuelta en penumbras cálidas y música suave que parecía brotar de las paredes mismas. Olía a él, por todas partes. Damian la soltó y caminó hacia el centro de la estancia, donde la luz caía sobre un sofá de terciopelo oscuro. Se giró hacia ella y le hizo un gesto para que se acercara despacio.
—Hoy la lección es distinta —dijo con voz grave, casi un arrullo—. Hoy no dibujamos con las manos. Dibujamos con el cuerpo. Cierra la puerta con llave, Elena. Y acércate.
Obedeció con el pulso desbocado. Cuando estuvo frente a él, la miró de arriba abajo con una lentitud que la hizo arder de pies a cabeza.
—Cierra los ojos —le ordenó suavemente—. Y escúchame bien. Esta noche aprenderás a reconocer el deseo no con la vista… sino con el tacto. Con la memoria de la piel. Imagina que estoy aquí… —rozó apenas su hombro con la yema de los dedos y ella tembló entera—. Y aquí… —descendió despacio por su brazo sin llegar a tocarla del todo—. Y aquí…
Elena contuvo el aliento, la piel erizada esperando un roce que no terminaba de llegar.
—Dime qué sientes —susurró él cerca de su oreja—. No mientas a tu cuerpo. Él ya lo sabe todo.
—Esperanza —susurró ella con voz quebrada—. Hambre. Como si ardiera por dentro esperando que me toques de verdad.
Damian soltó un gemido ahogado y mordió suavemente el lóbulo de su oreja, enviándole un escalofrío eléctrico directo a la columna.
—¿Solo con imaginarlo? ¿Qué será de ti cuando mis manos te recorran de verdad? —bajó la voz hasta volverse un terciopelo oscuro—. Ahora tú. Dime qué harías si tuvieras permiso para hacerme tuyo esta noche. Sin miedo. Sin límites. ¿Qué harías, Elena?
Ella tragó saliva y alzó el rostro con los ojos aún cerrados, desafiándose a sí misma a decirlo todo.
—Te desabrocharía la camisa —empezó lentamente—. Despacio. Aprendiendo cada botón. Sentiría tu piel bajo mis manos. Recorrería cada curva que dibujé mil veces en mi mente. Y te besaría… donde nadie te besa nunca. Hasta que te olvides de tu nombre y solo recuerdes el mío.
El silencio que siguió fue denso, cargado, vibrante. Cuando abrió los ojos, Damian la miraba con pupilas dilatadas, respirando agitado, con la mandíbula apretada como si luchara contra una cadena invisible que lo mantenía atado.
—¿Solo a ti te pasa? —preguntó con voz ronca, desesperada—. ¿Que me desarmas con tres palabras y me dejas sin aire, sin voluntad, sin razón?
Dio un paso hacia ella y se detuvo, apretando los puños a los costados como si contenerse le costara sangre.
—Sigue —le ordenó con dificultad—. No pares. Quiero oírlo todo. Aunque me mate escucharlo.
—Te haría olvidar el mundo —continuó ella, ganando confianza al ver el efecto que causaba en él—. Te tocaría hasta que te temblaran las piernas. Te susurraría todo lo que callas. Y cuando estuvieras rendido… te abrazaría toda la noche para que sepas que no estás solo. Nunca más.
Damian gimió su nombre como una plegaria rota y cerró los ojos, vencido. —Basta. Elena… basta antes de que rompa todas mis reglas.
—No las rompas —le suplicó, acercándose un paso más, rozando su pecho con la punta de los dedos—. Cámbialas. Haz nuevas. Conmigo.
Él la miró entonces, abatido y hambriento, y por un instante pareció a punto de ceder. Sus manos se elevaron lentamente hacia ella… y se detuvieron a centímetros de su cintura, temblando.
—Si te toco ahora… no hay marcha atrás —advirtió con voz quebrada—. No podré detenerme. ¿Lo quieres así? ¿Sabes lo que despiertas?
Elena le sonrió, valiente y temblando.
—Sí.
Damian cerró los ojos un instante, respiró hondo… y en lugar de tocarla, apartó las manos bruscamente y retrocedió hasta chocar contra la pared.
—Vete —susurró, dándole la espalda—. No esta noche. Por favor. Antes de que te destruya junto conmigo.
Elena se quedó helada. —¿Damian…?
—Vete, Elena. Mañana. A la misma hora. Por favor… no me pidas más de lo que puedo dar ahora mismo.
Ella se quedó un instante, viendo cómo apretaba los puños contra la pared, luchando consigo mismo como un hombre herido. Y supo la verdad: no la echaba por no quererla. La echaba porque la quería demasiado para arriesgarla antes de estar listo.
—Está bien —susurró suavemente—. Me voy. Pero recuerda algo mientras no estoy: no te pido lo que no puedas darme. Te pido que confíes en mí. Igual que yo confío en ti.
Salió despacio, dejándolo allí solo en la penumbra. Al cerrar la puerta tras de sí, escuchó un sonido ahogado, como un golpe contra la pared. Y supo que esa noche ninguno de los dos pegaría ojo.