Lía jamás imaginó que terminaría dentro de su novela. Después de llorar por la trágica muerte del Clan Licano, despierta en el cuerpo de Elara Licano, la hija menor de la familia y una de las primeras víctimas de la historia.
Ahora conoce el futuro: las traiciones, las conspiraciones y la guerra que destruirán al clan hasta borrar su nombre.
Pero esta vez, Elara no piensa seguir el guion.
Con sus recuerdos y conocimiento de cada acontecimiento, decide cambiar el destino de su familia antes de que sea tarde. Lo que nadie sabe es que alterar una historia puede despertar peligros que jamás existieron en el libro… y ponerla frente a enemigos mucho más poderosos de lo que recuerda.
Para salvar a los Licano, Elara tendrá que desafiar al Imperio, descubrir quién los traicionará y luchar por la supervivencia del clan.
Esta vez, la historia terminará de otra manera.
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El último suspiro antes del cambio
La luz de la vela parpadeaba, casi consumida por la noche, igual que las lágrimas que rodaban por las mejillas de Lía. Sus dedos, cansados de pasar las mismas páginas una y otra vez, acariciaron la portada desgastada del libro: Corazón de Fuego y Hielo. Lo había leído más de veinte veces. Conocía cada palabra, cada risa, cada grito de dolor. Y ahora, llegaba al final… el final que la destrozaba cada vez.
…Y así, el último miembro del Clan Licano cayó bajo la espada del Imperio. Su fortaleza ardió hasta los cimientos, y el nombre de Licano se convirtió en un susurro de tragedia, olvidado por el mundo entero.
Lía sollozó, abrazando el libro contra su pecho. —No es justo… —susurró con voz quebrada—. No merecían eso. Eran buenos, eran fuertes, eran familia… ¡debieron sobrevivir!
Sus ojos pesaban, agotados por el llanto y la madrugada. La vela se apagó de golpe, sumiendo la habitación en sombras. La última imagen que cruzó su mente antes de perder el conocimiento fue el escudo del Clan Licano: un lobo de plata sobre fondo de fuego, brillando con orgullo.
Cuando despertó, no fue el frío de su habitación lo que la recibió.
Fue el olor a leña quemada y flores secas. Fue la suavidad de sábanas de lino bordadas con hilos plateados. Fue la luz del sol filtrándose por cortinas de terciopelo azul… algo que no tenía en su casa.
Lía abrió los ojos de golpe, el corazón a punto de salírsele del pecho. Se incorporó de un salto, miró a su alrededor… y el aire se le quedó atrapado en la garganta.
No estaba en su habitación. Estaba en una alcoba amplia, de piedra pulida, con muebles tallados a mano y un gran escudo colgado en la pared frente a ella: el lobo de plata sobre fondo de fuego. El emblema del Clan Licano.
—¿Qué… qué es esto? —murmuró, bajando la mirada hacia sus propias manos. Eran distintas. Más jóvenes, más suaves, con un anillo de plata con el mismo emblema en el dedo índice.
Se levantó temblando hasta un espejo de bronce pulido que había en una esquina. Al mirarse, ahogó un grito.
La chica del espejo no era ella. Tenía sus mismos ojos castaños, sí… pero el cabello era largo, negro como la noche, y sus rasgos eran finos y nobles. Reconoció ese rostro al instante. Lo había descrito el libro cientos de veces.
Elara Licano. Hija menor de Lord Kael y Lady Mira. La más dulce y frágil del clan. La primera en caer, en el salón del trono, mientras protegía a su madre…
—No… —susurró, tocando el cristal con los dedos—. Esto no puede ser…
En ese momento, la puerta se abrió de golpe. Entró una mujer joven, con uniforme de sirvienta, y al verla de pie, sonrió aliviada.
—¡Por fin despertaste, Elara! —exclamó acercándose—. Estabas durmiendo tan profundamente que empezamos a preocuparnos. Tu padre vendrá en cualquier momento para ver cómo estás.
Elara. Ese era su nombre ahora. No Lía… sino Elara Licano.
La sirvienta siguió hablando, pero Elara ya no la escuchaba. Su mente volaba a toda velocidad, conectando cada detalle. El libro… la historia… el final trágico que acababa de leer antes de dormir… ¡había reencarnado! Había viajado al mundo de su novela favorita, en el cuerpo de la chica que estaba destinada a morir joven, y toda su familia, todo el Clan Licano, estaba condenado a la ruina y a la muerte.
Pero ahora estaba ella aquí. Ahora conocía el futuro. Conocía las trampas, las traiciones, los planes del enemigo. Y por primera vez, el miedo dio paso a una determinación feroz.
—¿Elara? ¿Te encuentras bien? —preguntó la sirvienta, notando su extraña expresión.
Elara levantó la cabeza, miró el escudo del lobo en la pared, y una chispa de fuego encendió su mirada.
—Estoy perfectamente —respondió, y su voz sonó firme, segura, distinta a la de la chica dulce y temerosa que todos conocían—. Porque esta vez… la historia va a cambiar.