Sofía Nieto reservó una habitación de hotel para entregarle su primera vez al novio con quien llevaba dos años.
Pero, en la oscuridad, terminó abrazando al hombre equivocado.
A la mañana siguiente despertó desnuda junto a Damián Godoy: un magnate diez años mayor que ella, dueño de un imperio empresarial y conocido en toda Ciudad Aurora como el Verdugo. Frío, dominante y peligrosamente poderoso, Damián estaba acostumbrado a conseguir todo lo que deseaba.
Y desde aquella noche, empezó a desearla a ella.
Sofía quiso olvidarlo y volver con su novio. Sin embargo, descubrió que él la había traicionado y acababa de casarse con la mujer que provocó el error del hotel. Como si eso no bastara, un accidente dejó a su padre al borde de la muerte y a su familia con una deuda de medio millón de pesos.
Damián pagó la deuda.
Pero no pensaba dejarla desaparecer después.
—Me debes medio millón, nena. Y pienso cobrarlo.
Sofía entra así en el mundo del hombre más temido de la ciudad: su empresa, su casa y una relación que debía terminar en cuanto la deuda quedara saldada.
Para Damián, ella solo sería un antojo pasajero.
Hasta que comenzó a ponerse celoso de cualquier hombre que la mirara.
Hasta que fue incapaz de dormir sin tenerla entre sus brazos.
Hasta que estuvo dispuesto a enfrentar a su familia, a sus enemigos y al mundo entero con tal de protegerla.
Pero Sofía no quiere cambiar una deuda por una jaula. Mientras lucha por construir una carrera, comprar su propia casa y dejar de vivir para los demás, deberá descubrir si Damián realmente la ama… o si solo desea poseerla.
Él creyó que terminaría cansándose de ella.
No sabía que aquella muchacha que entró por error en su cama acabaría convirtiéndose en su única debilidad.
En su antojo.
En su adicción más dulce.
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Capítulo 10
Capítulo 10: La trampa de Brenda
Esa noche me llegó un mensaje que me enterneció el corazón.
Era Aarón. Mi hermano. Con la ortografía de siempre, sin acentos, apurado:
"Sofi ya cobre. me kede 200 pa la semana y te mando 2200 pa la deuda. cada mes te doy algo lo prometo. perdon por todo hermana."
Debajo, la notificación de la transferencia: dos mil doscientos pesos. Casi todo su sueldo de aprendiz. Se había quedado con doscientos para comer la semana entera.
Se me llenaron los ojos. Mi hermano, el mismo que había chocado la camioneta, el mismo mocoso irresponsable que dejó la escuela por los coches, el consentido de mi mamá, el que toda la vida recibió sin dar, ahí estaba, dándome su quincena completa para pagar una deuda que ya ni siquiera existía —porque yo la había saldado de una manera que él jamás iba a saber, con una moneda que no se deposita en ninguna cuenta.
Me acordé de cuando éramos niños en Valle Verde, entre los cafetales de mis abuelos. Aarón me seguía a todos lados, mocoso y necio, y cuando alguien me molestaba en la escuela, él —tres años más chico— se paraba delante de mí con los puños cerrados aunque le ganaran. Ese niño seguía adentro de este muchacho tonto que chocaba camionetas ajenas. Doscientos pesos para la semana. Dios mío.
Le escribí que se cuidara, que comiera, que yo estaba bien. Y me prometí, esa noche, que pasara lo que pasara con Kevin, con Damián, con quien fuera, a mi familia no le iba a faltar. Para eso había venido a esta ciudad enorme y fría. Para sacarlos a todos adelante.
Le contesté que se guardara su dinero, que la deuda ya estaba arreglada, que comiera bien y que volviera a la escuela cuando pudiera. No me creyó lo de la deuda; ¿cómo iba a estar arreglada una deuda de medio millón de la noche a la mañana? Insistió en seguir abonando "aunque sea poquito, hermana, no me quites eso". Y yo lo dejé, porque a veces la gente necesita pagar sus culpas para poder dormir, y porque no le podía explicar con qué había pagado yo esa deuda sin morirme de vergüenza.
Le mandé a mi mamá una foto de la transferencia de Aarón, orgullosa de mi hermano. Ella me contestó: "ay, qué bueno, pobre de tu hermano tan noble, tú apóyalo, es tu sangre". Siempre él el noble, aunque hubiera sido él quien chocó la camioneta. Ni modo. Así éramos.
Me quedé pensando, esa noche, en Damián. En si de verdad lo había armado todo desde el principio, como sospechaba a ratos. La tarjeta, la deuda, la camioneta que resultó ser suya, todas las casualidades demasiado perfectas. Pero luego me reí sola de mi propia paranoia. ¿Yo? ¿Una muchacha de compras de Velatech, becada, de pueblo, con los zapatos gastados? ¿Un magnate como él iba a montar semejante teatro nada más por enredarme a mí? No, Sofi. No te creas tan importante. Fue mala suerte, nada más. Casualidad.
Le di vueltas a la sospecha un buen rato, ahí acostada, mirando el techo. Porque no era la primera vez que se me cruzaba. La tarjeta que acabó en su mano. La suite que resultó ser la suya. La camioneta que Aarón chocó y que resultó ser suya también. La deuda que me devolvió a su órbita justo cuando yo me creía libre. Demasiadas casualidades, todas empujándome hacia el mismo hombre.
Pero cada vez que la sospecha crecía, mi propia humildad la aplastaba. No, Sofi. Los ricos no piensan en nosotros. Para ellos somos invisibles. Un hombre que mueve millones no pierde el tiempo tejiendo telarañas para atrapar a una muchacha de compras. Fue el destino, la mala suerte, la casualidad. Nada más.
Ay, si yo hubiera sabido de lo que era capaz Damián Godoy cuando algo se le antojaba de verdad.
Y todavía —lo confieso aquí, donde nadie me juzga— si Kevin me lo hubiera pedido bien, de rodillas, sin Brenda de por medio, yo me habría casado con él. Todavía lo quería. Todavía soñaba con una vida chiquita y normal a su lado, con una boda sencilla, con hijos, con domingos de mercado. Todavía no sabía que, mientras yo soñaba eso, esa misma noche, en un cuarto de hotel al otro lado de la ciudad, se estaba cerrando esa puerta para siempre.
Esa noche me dormí temprano, con el celular en la mano y una media sonrisa. Mi papá mejoraba. Mi hermano abonaba. La deuda estaba saldada. Y aunque Kevin y yo andábamos en la cuerda floja, yo tenía un plan para librarme de Brenda de una vez. Por primera vez en meses sentí que las cosas empezaban a acomodarse.
Qué poco duran esos momentos. Qué traicioneros son.
Porque mientras yo me enternecía con mi hermano y me dormía tranquila, en un hotel del otro lado de la ciudad, Brenda ejecutaba lo suyo.
—————
Lo que hizo Brenda esa noche no tiene nombre lo bastante feo.
Consiguió, por un contacto turbio, una sustancia. No para dársela a nadie: para dársela a sí misma. Se drogó ella. Y con ese estado, con una llamada de auxilio fingida, arrastró a Kevin a un cuarto de hotel simulando una emergencia, simulando que estaba en peligro, jugando la única carta que Kevin nunca sabía negar: la de la "hermandad", la del "cuando algo me pasa el primero que llega eres tú".
Kevin intentó negarse. Trató de sacarla de ahí, de llamar a alguien, de irse. Pero ella lo acorraló, lo manipuló, lo cercó con chantajes y con su propio estado alterado hasta forzar algo que él no quería —la primera vez de Kevin, arrancada con engaño, no dada.
Y en la penumbra, cuando él dormía, ella tomó el celular.
Tomó una foto.
Una prueba. Una carta bajo la manga para el día que la necesitara.
Se quedó mirando la pantalla en la oscuridad, la imagen guardada, con una calma que daba escalofríos, y susurró para sí misma, para las paredes, para nadie:
—Ahora sí. Ahora todo va a salir como yo quiero.
Todo esto lo supe mucho después, a pedazos, y me costó cada pedazo un pedazo de mí. No hay una sola parte que se pueda contar con detalle, y no la voy a contar. Lo que pasó en ese cuarto fue un abuso, una trampa fría, un delito. Punto.
Solo diré esto, para que quede claro para siempre, porque hay quien todavía se atreve a repartir culpas donde no las hay: la culpable fue Brenda. Fue ella la que consiguió la sustancia, ella la que se la administró a sí misma, ella la que fingió el auxilio, ella la que acorraló, ella la que tomó la foto. Kevin fue engañado. Kevin fue una víctima, por más que después cargara la culpa como si fuera suya, por más que la decencia mal entendida lo llevara a pagar con su vida entera un daño que le hicieron a él.
Y esa foto, guardada en la oscuridad de un hotel, con esa sonrisa fría de Brenda mirando la pantalla, iba a envenenarlo todo. Mi noviazgo. La vida de Kevin. Los años que venían. Todo.
Yo, esa noche, dormía tranquila en mi departamento, agradecida con mi hermano, soñando con una boda que ya nunca iba a pasar.