A Renata la traicionaron el día más importante de su vida.
Mientras se probaba sola su vestido de novia, un mensaje anónimo le reventó el mundo: su prometido, Patricio, se estaba casando con Daniela —la hija postiza que le robó su lugar en la familia Bracamonte— en una boda de ensueño. Cuando llegó, escuchó a los invitados reírse de ella: «la sorda», «la arrimada», «en la cama ha de ser un pez muerto». Patricio ni se inmutó: «Es normal en este círculo. Seguirás siendo mi esposa legal».
Renata rompió el compromiso ahí mismo. Y esa misma tarde, ante todos, hizo lo único que nadie esperaba: **se casó con Maximiliano Lazcano… el tío de su ex.**
Frío, intocable, dueño de uno de los imperios más grandes del país, Max era el hombre que la sociedad entera deseaba y temía. Lo que Renata no sabía —y lo que Patricio descubriría demasiado tarde, llamándola noche tras noche para suplicarle que volviera— es que ese magnate de hielo la amaba en silencio desde que ella tenía dieciséis años. Y ahora que por fin era suya, no pensaba dejarla ir.
Él la cubrió de joyas y la defendió en público cuando la élite la despreciaba. Curó en secreto el oído que ella creía perdido. La eligió, una y otra vez, frente a todos. Pero entre ellos seguía en pie un secreto enterrado en cenizas: el incendio que la dejó sorda, el trauma que lo persigue a él… y una verdad que cambiará quién es el culpable y quién la víctima.
Mientras Renata se levanta de la nada hasta convertirse en la diseñadora más codiciada del país, los que la humillaron caen uno a uno. La hija postiza pierde su corona. El ex que la cambió por su hermana lo entiende cuando ya no hay vuelta atrás. Y la verdad sobre su sangre, su pasado y el hombre que siempre la amó saldrá a la luz.
La despreciaron por ser «la hija perdida, la sorda, la naca».
Se equivocaron con la mujer.
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Capítulo 7
Capítulo 7: ¿Te gusta?
Soñé que tenía frío y que alguien me tapaba. Soñé que tenía sed y que un vaso llegaba a mis labios antes de que lo pidiera. Soñé que el zumbido del oído se volvía un mar tranquilo y que una mano grande lo sostenía todo para que yo no me cayera.
Cuando abrí los ojos, ya era de día y la fiebre se había ido.
Lo primero que vi fue a Maximiliano, dormido en un sillón junto a la cama, con la camisa arrugada, una toalla en la mano y unas ojeras que no tenía la noche anterior. Sobre el buró había un vaso de agua a medias, un blíster de pastillas y un termómetro. Había pasado la noche ahí. Cuidándome. A mí, una desconocida con la que se había casado por un papel.
Me quedé muy quieta, mirándolo, con miedo de despertarlo y romper esa imagen que no cuadraba con nada de lo que me habían contado de él.
Él abrió los ojos de golpe, como quien tiene el sueño ligero de los que vigilan algo. Se incorporó, me puso la mano en la frente sin pedir permiso, igual que en la madrugada, y al sentirla fresca soltó el aire.
—Te bajó —dijo nada más. Pero lo dijo con un alivio que no supo, o no quiso, esconder del todo.
—¿Pasó toda la noche aquí? —pregunté, con la voz ronca.
—Alguien tenía que vigilar que no volviera a subir. —Se levantó, recuperando su distancia, su hielo, como quien vuelve a ponerse el saco—. Báñate. Don Tomás te subió el desayuno. Comes y descansas.
Y se fue, dejándome con el corazón confundido y el cuerpo, por primera vez en mucho tiempo, cuidado.
Me bañé. En el baño había de todo, hasta mi marca de champú, esa barata que compro en el súper y que ninguna casa elegante tendría. Alguien se había tomado la molestia de averiguar qué usaba. Salí envuelta en una bata que olía a nuevo y, al pasar por el pasillo, oí la voz de Max abajo, cortante, dando una orden.
—Eso, tíralo. Todo. Lo que mandaron los Bracamonte y lo que venga del otro lado. Que no suba ni una caja a esta casa.
Me asomé por el barandal. Don Tomás recogía unas bolsas: dentro alcancé a ver el brillo de unas joyas viejas, cosas que el apellido Bracamonte había mandado como ajuar, y papeles del compromiso roto con Patricio. Max las despachaba con la mano, sin tocarlas, como si le ensuciaran la vista.
—Pero, señor, hay piezas finas… —empezó don Tomás.
—No me importa lo que cuesten. No quiero nada en esta casa que la haga acordarse de esa gente. —Y entonces levantó la vista y me encontró espiando desde arriba.
No se disculpó. No fingió que yo no había oído. Solo subió la escalera, despacio, hasta quedar un escalón abajo del mío, a mi altura por una vez, y me sostuvo la mirada.
—Lo que tengas en esta casa va a ser nuevo —dijo—. Tuyo. Nada heredado, nada de ellos, nada usado por nadie más. Ven. Quiero enseñarte algo.
Me llevó al vestidor. Y me quedé muda.
Era un cuarto entero, lleno. Vestidos, zapatos, abrigos, todo con las etiquetas todavía puestas, todo de mi talla. En una cómoda, ropa interior nueva, doblada, sin estrenar. En un mueble con vitrina, joyas, pero no las exageradas de las revistas: piezas finas, sobrias, con un gusto que se parecía sospechosamente al mío.
—¿Te gusta? —preguntó.
Fue raro. Nadie me preguntaba eso. En casa de los Bracamonte se decidía por mí; con Patricio, mis gustos eran "demasiado simples". Y este hombre de hielo, que apenas me dirigía la palabra, me estaba preguntando, de verdad, esperando la respuesta, si me gustaba.
—Es… mucho —dije—. ¿Cómo supo mi talla? ¿Mi champú? Esto se compró antes de conocerme.
Algo se le tensó en la cara, esa misma grieta del coche.
—Tengo gente eficiente —dijo, y cambió de tema antes de que yo pudiera insistir—. La boda. La de verdad, la de la fiesta. La hacemos como tú quieras. Si no quieres invitados, no hay invitados. Si no quieres ceremonia, firmamos un papel y ya. Si quieres una iglesia llena, la lleno. Pero lo decides tú. ¿Te gusta el vestido que te estabas probando el otro día?
Me ardió la cara de pensar que él sabía lo del vestido, lo de la hacienda, lo de todo.
—Sí —dije bajito—. Ese me gustaba.
—Entonces ese. —Asintió, como cerrando un trato—. Y nadie va a humillarte en esa fiesta. Eso te lo aseguro yo.
Esa noche no pude dormir. Llevaba puesto uno de los camisones nuevos y la cabeza me daba vueltas con todo: las pastillas, las flores en la tumba, el vestidor, ese "¿te gusta?". Cuando Max entró a la recámara, en silencio, para acostarse en su lado de la cama —porque era, después de todo, la habitación de ambos—, yo entendí, o creí entender, lo que tocaba.
Estábamos casados. Él había cumplido. Yo sabía cómo funcionaban estos arreglos. Así que junté valor, me acerqué en la oscuridad y lo abracé, torpe, tensa, ofreciéndole lo que suponía que un esposo espera de una esposa.
Él se quedó completamente quieto.
Luego, con mucho cuidado, me tomó por los hombros y me separó, lo suficiente para mirarme a los ojos en la penumbra.
—No tienes que hacer eso —dijo, y su voz salió más grave que de costumbre, casi áspera del esfuerzo de mantenerla bajo control—. No conmigo. No así, por miedo, ni para pagar nada. Cuando pase, si pasa, va a ser porque tú quieras. No antes.
Me ardieron los ojos. No supe si de vergüenza o de algo más grande y más nuevo que no tenía nombre todavía.
Y entonces él hizo lo último que yo esperaba.
Se inclinó, despacio, y en lugar de buscarme la boca, me apartó el pelo y posó los labios en mi oreja izquierda. En la mala. En la que zumba, la que no sirve, la que toda la vida traté de esconder con el cabello, la que mi madre llamaba "tu defecto" y los invitados de la hacienda señalaban entre risas.
La besó como si fuera la parte más valiosa de mí.
Me quedé sin aire. Sentí el roce tibio de sus labios justo donde solo había zumbido y silencio, donde el oído no alcanzaba a oír pero la piel sí sentía, y un escalofrío me bajó por el cuello hasta la espalda. Se me cerró la garganta. Nadie, nunca, había tocado ese lado con ternura. De niña me jalaban el pelo para enseñárselo a los demás. Mi madre lo llamaba "tu defecto" y bajaba la voz al decirlo, como si fuera contagioso. Los invitados de la hacienda lo señalaban entre risas. Ese lado era mi vergüenza, mi castigo, la prueba de que yo estaba rota y de que por eso me podían cambiar por otra.
Y este hombre, que apenas me conocía, lo besó despacio, sin asco y sin lástima, como quien besa una reliquia. Como si justo ahí, en lo que todos me señalaban, estuviera lo que a él le importaba cuidar.
Una lágrima se me escapó de lado y cayó en la almohada, y di gracias de que estuviera oscuro.
—Duérmete —murmuró contra mi sien—. Mañana me voy unos días, tengo que salir por trabajo. Pero vuelvo para lo del vestido. Te lo prometo. —Y me acomodó la cobija hasta los hombros, como si yo fuera, otra vez, algo frágil que hay que guardar con cuidado.
Me dormí con la mano en la oreja izquierda, donde todavía sentía el calor de su beso, preguntándome qué clase de hombre era este, tan distinto a todos.
A la mañana siguiente ya se había ido. Sobre la almohada de su lado había una nota con una letra firme: "Come a tus horas. Vuelvo el jueves. M."
Bajé a desayunar y don Tomás me atendió como si yo fuera de la realeza, pendiente de que el café no estuviera muy caliente, de que me sentara del lado donde daba el sol. Me armé de valor y le pregunté, fingiendo que era plática de nada, qué clase de hombre era el señor.
El viejo dejó la jarra y se tomó su tiempo.
—Mire, señora, yo llevo con la familia más años de los que usted tiene. —Se limpió las manos en el mandil—. El señor Maximiliano es callado, eso ya lo vio. La gente le tiene miedo y él los deja, porque le conviene que le tengan miedo. Pero esta casa la escogió él. La quiso de madera, con jardín, lejos del ruido de allá de Polanco. Aquí no entra cualquiera. —Me miró con esos ojos viejos que ya lo habían visto todo—. Y en quince años no le había visto preparar una recámara para nadie. Sáquele usted sus conclusiones. Yo solo sirvo el café.
Me quedé con el café enfriándose entre las manos.
Subí otra vez. Me quedé un rato larguísimo en el vestidor, pasando los dedos por las etiquetas nuevas, por la ropa interior doblada con cuidado, por las joyas que parecían elegidas por alguien que me conociera de años, no de un día. Cada cosa estaba pensada. Ninguna era para presumir; todas eran para mí, para la Renata de verdad, la de los gustos simples que Patricio despreciaba.
Y una pregunta se me clavó y no me dejó en paz en todo el día, una pregunta que me daba a la vez miedo y un calorcito tonto en el pecho:
Si nos casamos apenas ayer… ¿hace cuánto, exactamente, este hombre mandó preparar todo esto para mí?
yo si quiero...no sé tú 😂😂