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Las órdenes privadas de mi jefe

Las órdenes privadas de mi jefe

Status: En proceso
Popularitas:6.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Alegra Vega creía que el peor peligro de trabajar para Alejandro Montero era su carácter frío y autoritario. Hasta que entró en su estudio secreto y encontró decenas de pinturas de ella: arrodillada, vendada y completamente entregada.
Él la sorprendió con el cuaderno abierto.
—Cierra la puerta.
Alegra obedeció.
Lo que comienza con pintura sobre la piel pronto se convierte en órdenes, seda, palmadas, placer contenido y noches en las que su jefe deja de fingir que no desea poseerla. Pero el verdadero escándalo llegará cuando la tensión abandone el estudio y termine sobre el escritorio del hombre más poderoso de la empresa.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23

# Capítulo 23: No debiste entrar

No debiste entrar.

Tres palabras. Dichas sin volumen. Dichas con la voz de un hombre que no gritaba nunca, ni siquiera cuando el mundo se le caía encima, porque gritar implicaba perder el control y perder el control era lo único que Alejandro Montero no se permitía.

Excepto en este cuaderno. Excepto en estas páginas. Excepto aquí, en este estudio cerrado con llave donde se permitía ser lo que era a oscuras y en silencio y sin testigos.

Hasta ahora.

—Lo sé —dijo Alegra.

No se disculpó. No dijo "perdón" ni "no quise" ni "la puerta estaba abierta." Dijo "lo sé", que era la verdad más simple y la más complicada: sabía que no debía haber entrado, y había entrado igual, y ahora estaba aquí, con las manos sobre un cuaderno que contenía la versión de ella que existía en la cabeza de él.

Alejandro no se movió. Estaba de pie junto a la mesa, a menos de dos metros, con la rigidez de una estatua que alguien ha olvidado desvelar. Los ojos fijos en el cuaderno abierto. En la página donde Alegra, la de pintura, la de seda y hoyuelos, lo miraba con los ojos abiertos por primera vez en todo el cuaderno.

—Ciérralo —dijo.

—No.

La palabra salió antes de que Alegra pudiera pensarla. Una sílaba. Directa. Firme. La misma firmeza con que le había dicho a su madre que no iba a mandar los quince mil pesos. La misma con que le había dicho "sé que soy yo" durante la tormenta.

Pero esto era diferente. Saber que la pintaba de noche —su cara, sus hoyuelos, su sonrisa— era una cosa. Saber que la pintaba así —arrodillada, atada, vendada, entregada— era otra.

Y sin embargo, no cerró el cuaderno.

—Alegra. —Su nombre otra vez. Dicho más bajo, si eso era posible. Dicho con el peso de alguien que carga una confesión que nunca pensó pronunciar—. Cierra el cuaderno y sal.

—¿Por qué?

—Porque no deberías ver eso.

—Ya lo vi.

Hubo una pausa que no es ausencia de sonido sino presencia de todo lo que no se dice. Un silencio que pesaba como plomo y que llenaba el estudio hasta las paredes, empujando contra los ventanales, contra la puerta sin llave, contra los dos cuerpos que estaban demasiado cerca y demasiado lejos al mismo tiempo.

Alegra bajó la mirada al cuaderno. Lo abrió en la primera página. No la que ella había visto, sino la primera de todas: una mujer de espaldas, con el pelo recogido, las manos detrás de la cintura, los dedos entrelazados como si se sujetara a sí misma para no soltarse. El trazo era más joven aquí. Menos preciso. Como si hubiera sido pintado hace tiempo, cuando las manos que lo hicieron todavía estaban aprendiendo a sostener el pincel.

—¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto? —preguntó.

Él no respondió.

—Alejandro.

—Desde los veinte años.

Doce años. Doce años de cuadernos cerrados con llave y noches de pintura y un secreto que carga como quien carga una piedra en el pecho.

Pasó las páginas. Despacio. Una por una. Las primeras eran más abstractas: siluetas sin rostro, curvas sugeridas, trazos que insinuaban más que mostraban. A medida que avanzaba, las imágenes ganaban detalle, precisión, intimidad. Las telas se hacían más suaves. Las posturas se hacían más elaboradas. Y los rostros...

Los primeros no tenían cara. Eran figuras sin identidad, fantasías sin destinataria. Pero en algún punto —Alegra no podía precisar cuándo, pero sabía que era reciente, tal vez de las últimas semanas, tal vez desde la fiesta donde ella le entregó el trofeo al hombre equivocado— los rostros empezaron a aparecer.

Y todos eran el suyo.

No al principio. Al principio eran sugerencias: una barbilla redondeada que podía ser de cualquiera, una nariz pequeña, un contorno familiar. Pero las últimas páginas no dejaban duda. Los hoyuelos. La sonrisa. Los ojos abiertos mirando hacia arriba, hacia alguien que no se veía pero que estaba ahí, de pie, con un pincel, con las manos frías, con el control.

Soy yo. En todas las variaciones. Arrodillada, vendada, atada con seda. Soy yo como él me imagina cuando cierra la puerta y apaga la luz y pinta hasta que le duelen las manos.

Cerró el cuaderno.

No porque él se lo hubiera pedido. Sino porque ya había visto lo suficiente.

Lo miró. Él no la miraba a ella. Miraba un punto en la pared, detrás de ella, con la fijeza de un hombre que ha decidido no parpadear porque parpadear significaría sentir y sentir significaría romperse.

—Puedes irte —dijo él—. Mañana te transfiero a otro departamento. No voy a dar explicaciones. Puedes decir lo que quieras.

—No quiero irme.

—No me escuchaste.

—Te escuché perfectamente. Dijiste "puedes irte." Yo dije que no quiero.

Él giró la cabeza. La miró. Y Alegra vio algo que no había visto nunca en los ojos de Alejandro Montero: miedo real. No la tensión controlada. No la frialdad calculada. No los ojos oscurecidos del deseo contenido. Miedo. Puro, simple, desnudo. El miedo de un hombre que acaba de ser visto exactamente como es y que espera el golpe.

Tiene miedo de mí, pensó Alegra. El hombre que controla reuniones de consejo y destruye competidores con una frase y no parpadea cuando firma contratos de millones tiene miedo de una secretaria de Iztapalapa que se lava el pelo con champú de cuarenta pesos.

Tiene miedo de lo que yo voy a pensar. De lo que voy a decir. De lo que voy a hacer con lo que vi.

Se sentó.

No en la silla. No en el sofá. En el suelo. Se sentó en el suelo del estudio, con las piernas cruzadas, con la espalda contra la pared, exactamente como Héctor se había sentado en el suelo del baño de mujeres cuando ella estaba llorando. Porque a veces, la forma más efectiva de decirle a alguien "no me voy" es bajarte a su nivel y quedarte ahí.

Alejandro la miró desde arriba. La miró como si acabara de hacer algo completamente fuera de su comprensión.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó.

—Sentarme.

—¿En el suelo?

—En el suelo.

—¿Por qué?

—Porque si me siento en la silla, tú vas a seguir de pie y vas a seguir mirándome con esa cara de que el mundo se acabó, y vas a seguir diciéndome que me vaya, y yo voy a seguir diciendo que no, y vamos a estar así toda la noche. Así que me siento en el suelo para que esto sea más raro que incómodo.

De la garganta de Alejandro escapó un sonido sin nombre, la primera grieta en un muro.

Se sentó.

No en el suelo. En la silla. Pero la acercó a donde ella estaba, hasta que sus rodillas quedaron a treinta centímetros de las piernas cruzadas de Alegra, y la distancia entre ellos se redujo a lo que cabía en una respiración.

—¿No te da asco? —preguntó. La voz era tan baja que Alegra tuvo que inclinar la cabeza para oírlo.

—No.

—¿No te da miedo?

—No.

—Debería darte miedo.

—Ya me dijiste eso. En la tormenta. Cuando me dijiste que te pintabas mi cara. Y no me dio miedo entonces y no me da miedo ahora.

—Esto es diferente.

—Sí. Es diferente.

—Entonces...

—Es diferente y no me da miedo.

Las velas no estaban encendidas esta noche, pero la lámpara ámbar hacía el mismo efecto: todo era dorado y sombras, y la cara de Alejandro Montero, iluminada desde un lado, parecía la de un santo medieval en un retablo: hermosa, torturada, dividida entre lo sagrado y lo profano.

—No entiendes lo que viste —dijo él.

—Entiendo más de lo que crees.

—No, Alegra. No entiendes. —Pausa larga. La más larga que ella le había oído. El tipo de pausa que precede a una confesión o a una explosión—. Lo que está en ese cuaderno no es un pasatiempo. No es un capricho. Es... lo que soy. Es lo que necesito. Es la razón por la que no toco a nadie, por la que no tengo pareja, por la que pinto a las tres de la mañana en un estudio cerrado con llave como un enfermo.

—No eres un enfermo.

—No sabes eso.

—Sí lo sé.

—¿Cómo?

Alegra sostuvo su mirada con los ojos que él pintaba de noche: directos, abiertos, sin velo.

—Porque un enfermo no pinta así —dijo—. Un enfermo no usa seda. No cuida cada trazo como si estuviera tocando algo sagrado. No le pone esa ternura a una imagen de una mujer arrodillada. Lo que vi en ese cuaderno no es crueldad. Es... otra cosa.

—¿Qué cosa?

—No lo sé. —Se encogió de hombros. El gesto más honesto del mundo—. No lo sé todavía. Pero no es lo que tú crees que es.

Alejandro la miró desde la silla. Desde arriba. Con esos ojos que ahora no estaban oscurecidos ni vaciados sino llenos de algo que se parecía al asombro y que Alegra no le había visto nunca.

Me está mirando como si fuera la primera persona que no ha salido corriendo, pensó. Y a lo mejor lo soy.

—¿Por eso nunca tocas a nadie? —preguntó ella—. ¿Porque tienes miedo de lo que quieres?

Él no respondió. Pero su silencio fue una respuesta. El silencio más elocuente que le había oído, y eso era decir mucho, porque Alejandro Montero era un hombre que había convertido el silencio en un idioma completo.

—Sal de aquí —dijo él—. Ahora.

La orden le salió parecida a una súplica: corta, apenas audible, con los ojos cerrados y los nudillos blancos sobre los reposabrazos.

Está al límite, pensó Alegra. No al límite del enojo. Al límite de algo peor: de la vulnerabilidad. Acabo de ver lo que es de verdad y él no sabe qué hacer con eso y necesita que me vaya para poder reconstruir el muro.

Se levantó. Se sacudió la falda. Caminó hasta la puerta.

Se detuvo con la mano en el marco. Exactamente como había hecho la noche de la tormenta. En el mismo lugar. Con la misma mano. Con el mismo gesto que estaba empezando a convertirse en su firma: la mujer que se va pero se detiene en el umbral para decir lo que importa.

—Alejandro.

—¿Qué?

—No le voy a decir a nadie.

Seis palabras. Dichas mirándolo a los ojos. Dichas con la misma calma con que una doctora le dice a un paciente "va a estar bien": no porque sea cierto todavía, sino porque decirlo es el primer paso para que lo sea.

Salió.

La puerta se quedó abierta detrás de ella.

Alegra caminó hasta su escritorio. Se sentó. Agarró su bolsa. Se puso el abrigo de cachemira.

Las manos le temblaban.

No de miedo. De algo que no tenía nombre pero que se parecía a la adrenalina de después de un terremoto, cuando la tierra deja de moverse pero tu cuerpo no lo sabe y sigue temblando por inercia, por memoria, por todo lo que acaba de pasar y que tu cerebro todavía no ha terminado de procesar.

Acabo de ver un cuaderno lleno de pinturas de mí arrodillada, atada, vendada. Y me senté en el suelo y le dije que no me daba miedo. Y le dije que no le iba a decir a nadie. Y lo más loco de todo es que no mentí. No me da miedo. No le voy a decir a nadie.

¿Qué me pasa?

Su teléfono vibró. Don Felipe.

"Señorita, estoy en el estacionamiento. ¿Bajo por usted?"

"Ya bajo, Don Felipe. Gracias."

Tomó el elevador. En el reflejo de las puertas de acero, su cara la miraba: los ojos más grandes de lo normal, las mejillas sonrojadas, los hoyuelos ausentes porque no estaba sonriendo. Los mismos hoyuelos que llenaban las páginas de un cuaderno cerrado con llave. Los mismos hoyuelos que un hombre pintaba con la devoción de un creyente y el terror de un pecador.

No soy quien tú crees que soy, pensó, mirando su reflejo. No soy la niña que se asusta. No soy la secretaria que sale corriendo. No soy tu madre que sostiene el plato. No soy Valeria que mira desde la puerta.

Soy Alegra Vega. Y lo que vi en ese cuaderno no me dio miedo.

Me dio curiosidad.

Las puertas se abrieron. El estacionamiento. Don Felipe. El auto.

—Buenas noches, señorita Vega.

—Buenas noches, Don Felipe.

Se subió. El auto arrancó. La Ciudad de México pasó por la ventanilla: luces, tráfico, el olor a gasolina y a esquites y a lluvia reciente. La vida siguiendo su curso como si nada hubiera pasado.

Pero en el piso dieciocho, un hombre con las manos manchadas de pintura abrió un cajón, sacó el cuaderno, y lo cerró con llave. Y la llave tembló en sus dedos. Y el estudio olía a champú de fresa porque ella había estado ahí, sentada en su suelo, mirándolo a los ojos, diciéndole las seis palabras más peligrosas que alguien le había dicho en la vida.

No le voy a decir a nadie.

Aquello iba más allá de una promesa de silencio.

No le voy a decir a nadie. Pero no porque me dé asco. Ni porque me dé miedo. Ni porque quiera olvidar lo que vi.

Sino porque es tuyo. Y todavía no es mío. Todavía.

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♾️Virginia☘Quijada☘Márquez☘️☘️
Es q no tiene un espejo para ver el. Parecido con ella misma 🥴
♾️Virginia☘Quijada☘Márquez☘️☘️
Interesante 🤣🤣ay Alejandro
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