Él dijo que era la peor novela que había leído.
El universo decidió convertirlo en protagonista.
Johan Libert tenía una misión sencilla: entrar en una novela, demostrar que la historia era absurda y salir victorioso.
Pero el destino tenía otros planes.
Después de criticar públicamente una historia por ser “incoherente”, Johan despierta en un mundo donde existen alfas, betas y omegas.
Y descubre algo todavía peor.
Él es un omega.
Para regresar a su mundo deberá cumplir una condición completamente ridícula: conquistar al hombre que el sistema ha elegido como su pareja destinada.
Un alfa frío. Poderoso. Terriblemente atractivo.
Y, para desgracia de Johan…
completamente obsesionado con él.
—¡Esto no tiene sentido! —grita Johan.
El sistema responde:
[Corrección detectada.]
[El protagonista acaba de enamorarse.]
—¡YO NO ME ESTOY ENAMORANDO!
[Negación registrada.]
[Nivel de enamoramiento: 87 %.]
Ahora Johan tendrá que sobrevivir a un romance que jamás pidió.
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Veneno en la piel
El sol clareaba cuando la puerta se abrió. No era Adrián: era Isabella, con el vestido de la cena arrugado y los ojos hinchados. Cerró la puerta y lo miró con asco y rabia.
—Así que eres tú —dijo, cortante—. El secreto. La mancha en todo lo que construimos.
—No elegí ser nada de esto —respondió Johan, cubriéndose con la sábana.
—¿No elegiste? —se burló ella, acercándose—. Entonces ¿por qué estás aquí? ¿Por qué te marcó? Eres un capricho. Lo sucio que él esconde. Cuando se canse, te desechará.
—Si soy tan poco —replicó Johan—, ¿por qué te arruinó la cena? ¿Por qué te dejó sola para subir conmigo?
Isabella le abofeteó con fuerza.
—No te atrevas a hablar de él. Nos unimos desde niños. Tú eres solo un juego. Y te aconsejo desaparecer antes de que decida que eres un problema demasiado grande. Puedo hacer que te echen sin nada.
—Déjala.
La voz de Adrián heló el aire. Estaba en el umbral, despeinado, con una furia oscura en la mirada. No miró a ella. Miró a Johan.
—Vete, Isabella. Ahora —ordenó, interponiéndose entre ambos.
—¿Lo proteges? —su voz se quebró—. ¿Después de todo lo nuestro? ¿Por él?
—No lo protejo a él —dijo Adrián, desgarrado—. Trato de que no nos destruyamos los tres. Pero si te quedas… lo haremos.
—Los odio a los dos —susurró ella antes de salir corriendo y cerrar la puerta de un golpe.
Adrián se giró hacia Johan. Al ver la marca roja en su mejilla, sus ojos se oscurecieron con furia.
—¿Te hizo daño?
—Me dijo lo que tú piensas —respondió Johan—. Que soy un capricho. Que cuando te canses… me desecharás.
Adrián lo tomó por los hombros y lo atrajo con fuerza hacia sí.
—No dejes que nadie te diga eso. Menos ella.
—¿Y tú qué dices? —lo desafió Johan—. ¿Por qué la escondes a ella y me encierras a mí? ¿Por qué no eres capaz de elegir?
Adrián lo besó entonces: un beso tóxico, desesperado, lleno de rabia y culpa y deseo que no sabía cómo apagar. Lo empujó contra la pared, recorriendo su cuerpo con hambre y posesión, como si quisiera borrar las palabras de Isabella con su propio tacto.
—Eres mío —murmuró entre besos, bajando a su cuello donde la marca latía—. Mío. Aunque me duela. Aunque te duela. Aunque nos destruya a ambos. No puedo dejarte ir. Estoy atrapado… y tú me arrastraste a esto.
—¡Yo no te pedí nada! —replicó Johan, sintiendo cómo el vínculo ardía dentro de él.
—¡Pues ahora lo tenemos! —lo sujetó por la nuca, obligándolo a mirarlo—. Y no voy a dejar que nadie te tenga. Ni ella. Ni el destino. Ni tú mismo te perteneces. ¡Eres mío!
[⚠️ VÍNCULO: 78% — INESTABLE. Conflicto emocional extremo. Apego obsesivo en desarrollo.]
Johan sintió el lazo crecer, quemándolo, uniéndolo a un hombre que lo lastimaba y que sin embargo lo miraba como si fuera lo único real.
—Me estás rompiendo —susurró, con lágrimas cayendo al fin.
Adrián lo abrazó con fuerza, apretándolo como si quisiera fundirlo en su piel.
—Y yo me estoy rompiendo contigo. Pero no sé cómo parar. No sé cómo dejar de quererte aunque todo esté mal.
Se quedaron así, en la penumbra: dos prisioneros de una historia que se pudría desde dentro. El veneno de Isabella seguía en el aire, la marca ardía, y ninguno sabía si se estaban salvando o hundiéndose juntos.
—Quédate —murmuró él contra su cuello—. Aunque todo sea mentira… quédate.
Johan cerró los ojos, sintiendo su voluntad debilitarse.
—Eres un desastre. Y yo soy un idiota por quedarme.
—Sí —respondió Adrián, besándolo con una ternura que dolía más que cualquier golpe—. Pero somos el mismo desastre.