Serafín Trudeau lo tiene todo: es el joven príncipe del imperio más poderoso del continente, heredero de Cassandra y Balkan, dos de los villanos más temidos de la historia. Bello, arrogante y extraordinariamente poderoso, Seraf descubre que también es la reencarnación del legendario dragón destinado a cambiar el mundo.
Pero existe una amenaza: una sacerdotisa de la Luz nacerá con el único poder capaz de destruirlo.
Seraf decide no esperar quince años para enfrentarse a ella.
Desaparece durante una semana y sigue la resonancia de su sangre dragoniana hasta encontrarla: Estrella, una joven sacerdotisa de dieciocho años. La enamora antes de revelar su verdadera naturaleza.
Cuando Estrella descubre que el hombre que ama es el dragón de la profecía, siente miedo.
Pero ya es demasiado tarde.
Seraf ha decidido llevársela a casa.
La futura verduga del dragón acababa convertirse en su mujer.
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La debilidad de todo poderoso
El Imperio de Balkan y Cassandra se extendía como una mancha de sombra sobre todo el continente: fronteras sin enemigos que osaran cruzarlas, reinos que se rendían solo al escuchar sus nombres, y un castillo negro erigido sobre la montaña más alta, coronado de torres que parecían rasgar el cielo. Allí, en la torre más alta, vivía Serafín.
Para el mundo, era el Príncipe Dragón: hijo de los dos seres más temidos que habían existido jamás. A sus dieciocho años, reunía en sí todo lo que la gente temía: la belleza fría y deslumbrante de su madre, la altura y la mirada de fuego de su padre, y una fuerza que ni siquiera él mismo conocía hasta el límite. Su cabello era negro como el ala de un cuervo, sus ojos dorados como oro fundido, y cuando entraba en una habitación, el aire se volvía pesado, como si el mismo universo contuviera el aliento.
Estaba sentado en el alféizar de la ventana abierta, el viento revoleando su cabello. En su muñeca brillaba un brazalete de oro antiguo, tallado con escamas y ojos de rubí: la prisión de Fafnir, el dragón más antiguo del mundo, el regalo que Cassandra nunca se había quitado y que ahora había pasado a su hijo.
—Sabes —dijo Serafín, girando el brazalete entre sus dedos—, a veces me pregunto si hay algo que no pueda hacer. Puedo dominar el fuego, doblegar voluntades, hablar con las bestias... Mi padre dice que soy más fuerte que él a mi edad. Mi madre dice que soy perfecto. ¿Acaso soy invencible?
El brazalete brilló con luz rojiza, y una voz profunda, como el ruido de rocas que se mueven, resonó en su mente:
—Nadie es invencible, Serafín. Ni los dioses, ni los dragones, ni tus padres. Todo lo que existe tiene una debilidad. Es la ley del universo.
Serafín frunció el ceño, su sonrisa de satisfacción desvaneciéndose.
—¿Una debilidad? Yo soy sangre de dragón, el más poderoso de mi estirpe. ¿Qué podría hacerme daño?
—Escúchame bien —dijo Fafnir, y su voz se volvió grave, solemne—. Hace mil años, existió el primer dragón de mi linaje: Aurion. Era inmenso, terrible, creía que el cielo era suyo y la tierra su posesión. Y cayó. Fue destruido, reducido a cenizas, por una sola persona.
Los ojos de Serafín se entrecerraron.
—¿Quién tuvo el poder para eso?
—La Sacerdotisa de la Luz. —Las palabras cayeron pesadas como plomo—. Existe una orden, antigua y odiada por nosotros: los Sacerdotes de la Luz. Nos ven como demonios, como plagio de la creación. Y cada vez que nace un dragón como tú, uno destinado a reinar sobre todo y someter el mundo... nace también una sacerdotisa. Elegida por su dios, dotada de magia que quema nuestra carne, que rompe nuestra voluntad, que puede matarnos donde nadie más podría. Ella es tu contraparte. Tu equilibrio. Tu muerte, si no te cuidas.
El silencio cayó en la habitación. Serafín se quedó inmóvil, mirando las nubes pasar muy abajo, y luego preguntó, con una calma que helaba la sangre:
—¿Y cuándo vendrá por mí?
—La profecía dice que cuando ambos alcancen la madurez, se enfrentarán. Dentro de diez, quince años. La batalla será tal que los ríos se secarán y las montañas temblarán. Nadie sabe quién vencerá. Tú eres fuerte, yo te entrenaré... tienes muchas posibilidades de ganar. Pero no será fácil.
Serafín soltó una risa. No era una risa alegre. Era la risa de alguien que acaba de ver un camino más corto, más limpio, más cruel. Se puso de pie, caminó hacia el borde de la ventana y se sentó allí, balanceando las piernas sobre el vacío, a miles de metros de altura.
—¿Espera quince años? —murmuró—. ¿Esperar a que crezca, a que aprenda, a que se vuelva lo bastante fuerte para matarme? Qué estupidez.
—Serafín, no pienses...
—¿Por qué esperar a que el cuchillo esté en mi pecho si puedo romperlo antes de que se forje? —Lo miró, y su sonrisa era la misma que la de Valkan cuando planeaba una guerra—. No voy a permitir que una chiquilla, elegida por un dios que ni siquiera conozco, venga a destruir lo que es mío. Mi vida. Mi reino. Mi futuro. Si ella es el problema... elimino el problema.
—¡Serafín, espera! ¡No sabes dónde está, no sabes qué poder tiene!
—Entonces lo averiguaré. —Se puso de pie sobre el borde, el viento agitando su ropa—. Y cuando la encuentre, acabaré con ella antes de que sepa siquiera que existe la profecía.
Antes de que Fafnir pudiera responder, saltó.
No cayó como un hombre. En el aire, su cuerpo se transformó: alas enormes se desplegaron, escamas doradas brillaron bajo el sol, y un rugido estremeció la montaña. El dragón dorado surcó el cielo, rápido como un rayo, alejándose hacia las tierras del este, donde el templo de la Luz se alzaba en las cumbres blancas.
El brazalete quedó solo sobre el alféizar. Fafnir sintió un escalofrío que recorrió su alma de dragón. Cometí un error, pensó. Le dije su debilidad... y en lugar de temerla, decidió ir a cazarla.
Las puertas se abrieron de golpe. Entraron Valkan y Cassandra, corriendo, con las caras de quien ya sabe que algo terrible acaba de ocurrir.
—¿Qué pasó? —gritó Cassandra, mirando la ventana vacía—. ¡Se fue! ¿A dónde? ¡Valkan, se lanzó al vacío!
—¿Se volvió loco? —bramó Valkan, asomándose y viendo el punto dorado que ya se perdía en la distancia—. ¿Va a destruir un castillo? ¿Un reino? ¿Un templo? ¡Habla, Fafnir!
El brazalete brilló débilmente.
—Le conté sobre la profecía. Sobre la Sacerdotisa de la Luz, su enemiga destinada.
—¿Y qué hizo? —preguntó Cassandra, con un mal presentimiento.
—Decidió no esperar a que ella crezca. Fue a buscarla.
Cassandra apretó los puños y, sin pensarlo, arrancó el brazalete de la piedra y lo lanzó contra el suelo con fuerza. El metal golpeó y rodó por las baldosas.
—¡Au! —se quejó Fafnir—. ¿Por qué haces eso?
—¿Que por qué? —Cassandra estaba furiosa, caminando de un lado a otro—. ¡Sabes cómo es! Tiene dieciocho años, toda la fuerza del mundo y cero paciencia. ¡Es impulsivo, arrogante, y se cree que todo lo puede! ¡Y tú le diste la información perfecta para que vaya a cometer una locura! Ahora va a ir al templo de la Luz, va a quemarlo todo, va a matar sacerdotes, romper altares... ¡y encima nos culparán a nosotros! Ya tenemos fama de monstruos, no necesitamos que lo llamen el Destructor de la Fe. ¡Esto es el colmo!
Valkan, que había estado en silencio mirando el horizonte, soltó una carcajada. Una risa profunda, genuina, de padre orgulloso.
—¿Te ríes? —lo miró Cassandra, incrédula—. ¡Nuestro hijo va a provocar una guerra santa!
—Me río porque es igual a nosotros —respondió él, acercándose y poniéndole una mano en el hombro—. ¿No lo ves? Tú y yo habríamos hecho exactamente lo mismo. ¿Esperar a que el enemigo crezca? ¿Darle tiempo para prepararse? Qué tontería. El muchacho tiene instinto.
—¡Tiene dieciocho años, no debería tener reputación de destructor de templos hasta los veinte, mínimo! —se quejó ella, aunque la furia empezaba a abandonarla—. Uno construye su prestigio poco a poco. Primero reyes, luego reinos... no empezar directamente por dioses. ¡Se salta etapas!
—Ah, ¿entonces te preocupa la etiqueta de villano y no lo que haga? —bromeó él.
—¡Claro que me preocupa! Un príncipe debe tener estilo. No puede ir arrasando todo sin orden ni concierto. ¡Es de mala educación!
Fafnir, desde el suelo, suspiró profundamente.
—Maldita sea... olvidé que ustedes son una pareja de locos que criaron a otro igual. Los dioses tengan piedad de ese mundo, porque su hijo no tendrá ninguna.