Dinámica entre un Duque con doble personalidad (Alistair y Vane), el sanador dulce pero fuerte que lo cautiva
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El Lago de Cristal y el Velo Rótico
Al fin de la semana, para celebrar el solsticio de invierno, el Gran Duque organizó una expedición privada hacia el Lago de Cristal, una masa de agua congelada en la superficie pero viva y tibia en sus profundidades gracias a corrientes mágicas subacuáticas.
En el centro del lago se erigía un pabellón flotante de mármol blanco, rodeado por cortinajes de seda transparente que ondeaban suavemente con el viento de la montaña.
Julian y el Duque viajaron solos en una pequeña embarcación de madera tallada. Julian vestía túnicas reales de terciopelo blanco con finas pieles de zorro, mientras que el Duque lucía una capa militar oscura con broches de oro.
A mitad del trayecto, bajo la luz del sol invernal que hacía brillar el hielo como si fueran millones de diamantes, la tentación se apoderó de la pareja.
—Estás demasiado callado, pajarillo... —murmuró Vane, dejando el remo de la barca y acercándose a Julian, quien estaba sentado en la popa sobre un cúmulo de pieles.
—Es que el paisaje es hermoso, Vane... —respondió Julian, pero su voz se cortó cuando Vane se arrodilló entre sus piernas en la estrecha barca.
—El paisaje no se compara contigo —siseó el guerrero, deslizando una mano por debajo de las pieles y las capas de terciopelo de Julian, buscando la calidez de su muslo.
—Vane... estamos al aire libre, en medio del lago —susurró Julian con pánico y excitación mezclados en su pecho.
—Nadie puede vernos a esta distancia —sonrió el noble con arrogancia dorada—. Y aunque pudieran... sabrían que el Consorte Real pertenece únicamente a su Duque.
Alistair tomó el relevo en la mirada, aportando una dulzura irresistible. Desató los cordones del pantalón de Julian allí mismo, en la mecedora tranquilidad de la barca. Las manos del noble, calientes como el carbón encendido, comenzaron a acariciar el miembro de Julian al aire libre. El frío del viento en su piel desnuda contrastado con el fuego de las manos del Duque le sacó un jadeo agudo al muchacho.
—Alistair... ah... me vas a hacer caer al agua —gemía Julian, aferrándose al borde de la embarcación mientras el Duque lo estimulaba con un movimiento rítmico, lento y tortuosamente delicioso.
—Te sostendré siempre, mi amor —prometió Alistair, inclinándose para besarlo con una pasión pausada pero envolvente.
El juego en la barca se volvió tan intenso que cuando llegaron al pabellón de mármol en el centro del lago, Julian apenas podía mantenerse en pie por el deseo acumulado. El Duque lo cargó en brazos y lo llevó al centro del pabellón, donde una inmensa cama de diván cubierta de sedas esperaba.
Allí, rodeados por el murmullo del agua y el velo transparente de las cortinas que los aislaba del mundo, se entregaron a un encuentro épico. El Duque lo amó de pie contra una de las columnas de mármol, sosteniéndolo de los muslos mientras las estocadas profundas de Vane hacían eco en la inmensidad del lago helado. Luego, Alistair lo recostó suavemente en las sedas, besando cada rincón de su cuerpo debilitado por la voluptuosidad, haciéndolo subir al cielo del placer una y otra vez.
es mentira