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OLVIDÓ DE AMOR

OLVIDÓ DE AMOR

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / CEO / Romance
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Marilinaa

Ottavia Silvestri lleva diez años de matrimonio con Nereo Lombardi. A pesar de que su relación ha atravesado momentos difíciles, Ottavia siempre ha creído que cada discusión, cada crisis y cada reconciliación fueron necesarias para construir el matrimonio que tiene hoy.

Madre de tres hijos adultos —Marco, Dario y Elena—, cada uno con su propia empresa y una vida establecida, Ottavia siente que lo tiene todo: una familia de la que está orgullosa, un esposo al que ama y una vida que no cambiaría por nada.
Hasta que una noche, durante el quinto aniversario de la empresa de su hijo menor, Dario, descubre la verdad que destroza todo lo que creía conocer.

Nereo la engaña. Y no con cualquier mujer.

Su amante es Beatrice Sorrentino, la mejor amiga de su hija Elena… una mujer mucho más joven que Ottavia.

Con el corazón hecho pedazos y una humillación que no piensa olvidar, Ottavia decide no enfrentarse a su esposo. En lugar de eso, prepara su venganza en silencio.

NovelToon tiene autorización de Marilinaa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 10

La noche había sido larga, interminable. Ottavia había pasado horas dando vueltas en la cama, mirando el techo en la oscuridad, dividida entre el miedo que le helaba la sangre y la esperanza que empezaba a nacer en su pecho como una flor tras la lluvia. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Nereo sonriendo con falsedad, y luego la mirada de Lorenzo, clara y sincera, diciéndole que no estaba sola. Y en esa dualidad pasó las horas, pensando, sopesando, temiendo… y al final, decidiendo.

Cuando la luz grisácea del amanecer empezó a filtrarse por las cortinas, tomó el teléfono con manos firmes y escribió:

«He pensado toda la noche. Y he decidido ir. Dime dónde y cuándo.»

La respuesta llegó pocos minutos después, como si él hubiera estado esperando también:

«Gracias por confiar. Te enviaré la dirección de una suite en un hotel tranquilo, a las afueras de la ciudad. Nadie nos conocerá allí. Nadie nos vigilará. Puedes llegar a la hora que te parezca bien. Yo estaré esperando. No tengas miedo.»

Ottavia leyó las palabras una y otra vez, respiró hondo y se levantó. Se vistió con cuidado: un vestido sencillo pero elegante, abrigó su cuerpo con una chaqueta de lana, y se peinó como siempre, sin que nada en su apariencia delatara que estaba a punto de dar el paso que cambiaría todo. Al mirarse al espejo, vio a una mujer que se parecía a ella, pero con los ojos diferentes: ya no eran los ojos de quien espera, sino de quien va.

Recorrió la casa despacio, pasando por cada habitación. La sala donde habían celebrado las cenas familiares, la cocina donde había preparado tantos desayunos, el jardín donde sus hijos habían crecido… todo le parecía distinto ahora, como si fuera parte de una vida que ya no le pertenecía. Se detuvo frente al retrato de boda que colgaba en el pasillo: allí estaban ellos dos, jóvenes y sonrientes, prometiéndose amor eterno ante todos.

—Creí que esto era la felicidad —susurró al retrato—. Pero la felicidad no se construye sobre mentiras. Y yo me quedé aquí tanto tiempo que olvidé cómo era vivir de verdad.

Bajó las escaleras con la cartera en la mano. No llevaba maletas, ni despedidas, ni reproches. Solo se marchaba, dejando atrás la esposa que había sido engañada y callado. Al llegar a la puerta, se detuvo y miró por última vez el recibidor, el lugar donde tantas veces había esperado a Nereo despierta, sin saber que él volvía a ella con el corazón en otra parte.

—Adiós —dijo en voz baja, no a la casa, sino a la mujer que había sido dentro de ella—. Perdóname por haber esperado tanto.

Salió al porche y respiró el aire fresco de la mañana. El sol empezaba a asomar entre los árboles, dorando las hojas y el camino. Se sentó en su coche y arrancó el motor, con las manos firmes en el volante. Condujo en silencio por las calles que conocía de memoria, alejándose poco a poco del barrio, de la casa, de la vida que había compartido con Nereo. Y mientras lo hacía, sintió que se le aligeraba el pecho, como si se quitara de encima un peso que llevaba cargando desde años atrás.

Llegó al hotel: un edificio discreto, elegante y tranquilo, rodeado de jardines, lejos del bullicio y las miradas de la ciudad. Aparcó y se quedó unos instantes sentada, mirando la entrada, sintiendo cómo el corazón se le aceleraba. —¿Estás segura? —se preguntó—. ¿Y si te equivocas? ¿Y si te rompen el corazón de nuevo?

Pero entonces recordó la traición, las noches de soledad, la indiferencia con la que Nereo la había tratado mientras le juraba amor, y enderezó la espalda. —No puedo seguir viviendo así. Prefiero arriesgar y saber quién soy, que quedarme y morir por dentro.

Bajó del coche, cruzó el vestíbulo y preguntó por la suite. La recepcionista le indicó el camino con amabilidad, sin hacer preguntas. Al llegar a la puerta, se detuvo un instante, con la mano levantada para llamar, y dudó. Pero antes de que pudiera arrepentirse, la puerta se abrió desde dentro.

Allí estaba Lorenzo. Vestía ropa cómoda, y sin embargo irradiaba esa misma presencia fuerte y serena que la había desarmado la noche del evento. Al verla, no sonrió de inmediato, sino que la miró con algo parecido al alivio, como si realmente le importara que ella hubiera venido.

—Viniste —dijo él con voz suave, dándole un paso hacia ella pero sin tocarla—. Sabía que lo harías, pero aun así… me alegra el alma verte.

Ottavia se quedó en el umbral, con el corazón latiéndole con fuerza, y lo miró a los ojos antes de responder:

—Estuve a punto de no venir. De dar media vuelta y volver a casa como si nada hubiera pasado.

—Lo entiendo —dijo él con serenidad—. Y no te habría juzgado si lo hacías. Pero me alegra que hayas decidido dar este paso por ti. No por mí, ni por venganza, ni por nada más que por ti misma.

Ella asintió y entró despacio. La suite era amplia, luminosa y tranquila, con grandes ventanales que daban al jardín trasero. Cerró la puerta tras de sí y se quedó allí, en ese espacio donde nadie los conocía, donde no había esposo, ni hijos, ni sociedad… solo ella y él.

—Tengo miedo, Lorenzo —confesó, y la voz le salió temblorosa por primera vez—. Miedo a lo que va a pasar. Miedo a lo que dirán. Miedo a que… a que me equivoque otra vez.

Lorenzo se acercó y le tomó las manos entre las suyas, con una ternura que le llenó los ojos de lágrimas. —El miedo es normal. Pero no dejes que decida por ti. Aquí estás a salvo. Nadie nos va a encontrar. Y yo no te voy a hacer daño. Te lo prometo.

—¿Cómo puedes prometerme algo así? —preguntó ella mirándolo fijamente—. No me conoces bien. Podría ser cualquiera. Podría hacerte daño a ti.

Él sonrió con dulzura y le acarició las mejillas con las yemas de los dedos. —Ya te conozco lo suficiente. Conozco tu fuerza, tu valentía, la forma en que has soportado todo sin quejarte… y mereces ser feliz. Mereces que te amen de verdad. Y si puedo ser quien te ayude a recordarlo… habré ganado más que cualquier negocio.

Ottavia cerró los ojos un instante bajo su tacto, y sintió que por fin, después de tanto tiempo, podía confiar. —Gracias —susurró—. Por no juzgarme. Por escucharme. Por hacerme sentir que todavía importo.

—Siempre has importado —dijo él con firmeza—. Solo que nadie se había molestado en decírtelo hasta ahora.

Se miraron largo rato, de pie en medio de la habitación, con el mundo entero quedando fuera de esas cuatro paredes. Y Ottavia comprendió entonces que no había vuelta atrás. Había cruzado la puerta no solo del hotel, sino de una vida nueva. Y aunque no sabía qué les esperaba, ni cuánto duraría, ni cómo terminaría, una cosa era cierta: por primera vez en diez años, había elegido ella. Y esa elección le devolvía algo que creía perdido para siempre: la libertad de ser ella misma.

—Estoy aquí —dijo con voz clara y decidida—. Y no me arrepiento.

Lorenzo la atrajo hacia sí lentamente, como dándole tiempo para alejarse si lo deseaba, y cuando ella no retrocedió, la abrazó con cuidado y fuerza a la vez, como si estuviera sosteniendo algo valioso y frágil. —Entonces empecemos —le susurró al oído—. Juntos. Sin prisa. Sin mentiras. Solo tú y yo.

Y en ese abrazo, lejos de todo lo que conocía, Ottavia supo que había dado el paso correcto. El camino sería difícil, lleno de obstáculos y juicios, pero por primera vez en mucho tiempo, no caminaba sola. Y eso lo hacía todo diferente.

—¿Volverás a casa? —preguntó Lorenzo en voz baja, mientras ella miraba por la ventana—. ¿O te quedarás aquí conmigo?

Ottavia apretó los labios y negó con la cabeza despacio, pero con firmeza. —No vuelvo a la casa donde no soy feliz. No vuelvo a la mentira. No esta vez.

—¿Y si te buscan? ¿Si te piden explicaciones? —insistió él, acariciándole suavemente la mano.

Ella lo miró a los ojos y sonrió con una mezcla de tristeza y valentía: —Ya di suficientes explicaciones durante diez años. Ahora me toca vivir sin pedir permiso. Lo que decida hacer… lo haré por mí. Y por primera vez en mi vida, seré yo quien elija.

Apoyó la cabeza en su hombro y suspiró aliviada:

—Me quedo aquí. Contigo. No porque tenga miedo de volver, sino porque por fin encontré el valor de irme.

1
Mirna Vargas olortegui
Ya cansa con lo mismo que se dicen y hacen.
Monica Raquel Martin
es muy gracioso ella le reclama la traición pero ella no se queda atrás,
Leonela Soledad Trejo
como que recién se conocen y avanzaron como 20 pasos
Rossy Bta
Hola , estoy confusa como que 10 años de matrimonio y tiene hijos adultos algo no cuadra
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