Una joven heredera de un imperio financiero y de la mafia, que ocultó su verdadera identidad por amor, sufre la pérdida de su bebé y el desprecio absoluto de su esposo y su suegra tras un atentado cruel. Renacida de las cenizas, regresa para ejecutar una venganza implacable, mientras se ve atrapada en un matrimonio concertado con un titán de los negocios tan arrogante y dominante como ella, uniendo dos mundos donde el poder se paga con sangre y orgullo.
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LAS CLAUSULAS DEL CONTRATO
La mesa de cristal del jardín parecía un tablero de ajedrez donde se decidía el destino de dos imperios. Sobre la superficie impecable yacía el contrato matrimonial de más de cincuenta páginas, redactado por los abogados de la familia San Román bajo las órdenes estrictas de Isaías.
Isaías permanecía de pie a un lado de la mesa con los brazos cruzados sobre el amplio pecho, observando a Verónica con una mirada cargada de calculada provocación. Esperaba el momento exacto en que ella leyera las cláusulas privadas que él mismo había dictado. Pensaba que la hermosa y orgullosa heredera se indignaría, que levantaría la voz o que se negaría a firmar al sentirse acorralada.
Verónica se sentó con absoluta elegancia, tomó la pluma de fuente de oro y comenzó a pasar las páginas con parsimonia. Su rostro se mantenía impasible, inexpresivo como el mármol.
Al llegar a la sección de Obligaciones Conyugales Privadas, los ojos de Verónica recorrieron el texto redactado en letras negrillas:
1. La cónyuge deberá habitar de forma permanente en la residencia principal del señor Isaías San Román Yépez, compartiendo la misma habitación y la misma cama sin excepción alguna.
**2. Se exige cumplimiento total en el rol de esposa en todos los ámbitos de la vida conyugal.
3. La fidelidad absoluta es obligatoria e incuestionable. El señor Isaías San Román Yépez no tolerará bajo ninguna circunstancia engaños, deslealtades o faltas al honor de su apellido. Cualquier infracción anulará los beneficios financieros de la alianza.
Una leve inclinación de la cabeza de Isaías delató la expectación del magnate. Esperaba ver la vacilación en el rostro de la mujer, el rubor de la ira o el rechazo a ser dominada. Él estaba acostumbrado a dictar las reglas y ver a los demás ceder.
Sin embargo, para profunda sorpresa de Isaías y de sus propios padres, Verónica no demostró la menor perturbación.
Levantó la vista del documento y fijó sus ojos oscuros e intensos directamente en los de Isaías. En lugar de molestarse una pequeña sonrisa cargada de fría ironía se dibujó en sus labios esculpidos.
—¿Eso es todo Isaías? —preguntó Verónica con un tono de voz tan pausado y tranquilo que desarmó por completo la atmósfera tensa—. ¿Compartir habitación, cama y exigir fidelidad? Pensé que un hombre de tu calibre tendría exigencias mucho más complejas.
Isaías entrecerró los ojos descruzando los brazos lentamente.
—¿No tienes ningún problema con eso? —indagó él, manteniendo su tono barítono y dominante, aunque desconcertado por dentro.
—Ninguno —respondió ella, apoyando los codos sobre la mesa de cristal—. La fidelidad para mí no es una exigencia, es una cuestión de dignidad personal que tú y yo compartimos por clase. Y sobre compartir habitación... no le tengo miedo a dormir al lado de un hombre por más prepotente e intocable que se crea.
La respuesta de Verónica dejó un silencio sepulcral en la terraza. Fabiola San Román ahogó una ligera sonrisa de admiración hacia su futura cuñada, mientras que Victor Comellas asentía con satisfacción desde su asiento.
—Sin embargo —continuó Verónica tomando una pluma roja que traía en su propio bolso sastre—, si vamos a establecer términos dictatoriales en este matrimonio, mi firma no estará en este papel a menos que anexemos mis cláusulas personales.
Verónica no esperó autorización. Con un trazo firme y elegante, comenzó a escribir directamente en la última página del contrato, dictando en voz alta cada palabra para que todos los presentes escucharan:
Primera cláusula de Verónica Comellas Bermúdez:
Queda estrictamente prohibido que el señor Isaías San Román Yépez intervenga, opine o intente frenar por cualquier medio la venganza personal que la cónyuge llevará a cabo contra la familia Benítez y Carolina Castro. El incumplimiento de esto otorgará a la cónyuge el derecho de usar los recursos del grupo empresarial para sus fines sin previo aviso.
Segunda cláusula:
En los negocios legales y financieros del conglomerado, la opinión y firma de la cónyuge tendrán exactamente el mismo peso ejecutivo y poder de veto que las del señor Isaías San Román Yépez. No habrá jefes en la oficina; seremos socios en igualdad absoluta de condiciones.
Tercera cláusula:
Si el señor Isaías San Román Yépez intenta humillar, sobajar o imponer su voluntad a la cónyuge frente a terceros, o si osa levantarle la mano como si fuera de su propiedad, el contrato se romperá de inmediato y el Banco Nacional e Internacional congelará las líneas de crédito del conglomerado San Román de forma indefinida.
Terminó de escribir estampó su firma original —Verónica Comellas Bermúdez— con un trazo impecable y deslizó el documento hacia el centro de la mesa, mirando a Isaías con un desafío absoluto.
Las cláusulas de Verónica eran devastadoras. No solo protegió su autonomía y su sed de venganza, sino que le puso un bozal financiero y ejecutivo al ego de un hombre acostumbrado a mandar sin réplica.
Esperanza Yépez miró a su hijo con los ojos abiertos de par en par, temiendo la reacción violenta de Isaías. Víctor Comellas sonrió de lado, listo para intervenir si la situación se salía de control.
Isaías caminó hacia la mesa. Leyó lentamente cada una de las líneas escritas en tinta roja por la mano de Verónica. La tensión en sus hombros era evidente, su mandíbula marcada se apretó con fuerza. Durante diez segundos interminables la atmósfera se volvió sofocante.
Finalmente Isaías alzó la mirada hacia Verónica. No había furia en sus ojos, sino un fuego oscuro y peligroso: la fascinación de haber encontrado a la primera persona en su vida que no le tenía el más mínimo temor.
—Traigan mi sello y mi pluma —ordenó Isaías sin apartar la mirada de Verónica.
Tomó el bolígrafo y con una presión que casi rasga el papel, estampó su firma justo al lado de las cláusulas rojas de Verónica.
—Está hecho —dijo Isaías, inclinándose sobre la mesa hasta quedar a centímetros del rostro de ella—. Has firmado tu sentencia Verónica. Ahora eres mi esposa.
—Y tú acabas de firmar la tuya San Román —respondió ella sin dar un solo paso atrás—. Bienvenido a mi mundo.