Sabrina Elvara lo tuvo todo: una mansión, un apellido de prestigio y un esposo que cualquier mujer envidiaría. Lo único que nunca tuvo fue el amor de León Ardián.
Casados por obligación tras una noche que ninguno de los dos recuerda con claridad, su matrimonio no fue más que una jaula dorada. León la ignoraba. Sabrina lo perseguía. Y cuando descubrió que estaba embarazada, él se alejó aún más.
Hasta que un día Sabrina dejó de esperar.
Sin avisar, sin pedir permiso, huyó a Europa con su hija en el vientre. Dio a luz sola en Holanda durante una tormenta de nieve, reconstruyó su vida en Roma con un pequeño negocio de flores y crió a Liora —una niña de ojos enormes y risa contagiosa— sin la sombra de los Ardián.
Tres años después, León la encuentra por accidente. Pero la mujer que lo recibe ya no es la Sabrina que conoció: no suplica, no sonríe por compromiso, no necesita que él la salve. Y Liora, la hija que no sabía que existía, lo desarma con una sola frase:
—¿Tú eres el señor del parque?
Porque el amor no se demuestra con grandes gestos.
Se demuestra quedándose.
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Capítulo 15 — El encuentro que casi ocurrió
La noche cayó sobre Roma acompañada de una llovizna fina que enfriaba aún más el aire.
En el pequeño departamento, Alya acomodaba los arreglos florales de un pedido mientras echaba miradas de tanto en tanto hacia el sofá.
Liora se había quedado dormida abrazando su conejo de peluche.
Pero unos minutos después, la pequeña comenzó a revolverse inquieta.
—Mama…
El quejido débil hizo que Alya se acercara de inmediato.
—¿Cariño?
En cuanto le tocó la frente, el rostro de Alya perdió todo el color.
Ardía.
—Dios mío…
Liora se retorció con un gemido lastimero.
—Mama… duele…
El pánico se apoderó de Alya al instante.
—¡Kate!
Kate, que estaba en la cocina, salió corriendo. Al ver el estado de Liora, la preocupación le transformó el semblante.
—Tiene fiebre muy alta.
Alya agarró a toda prisa una chamarra y una cobija pequeña.
—Vamos al hospital. Ahora.
El hospital estaba bastante concurrido esa noche. Los pasos apresurados de médicos y enfermeras retumbaban a lo largo de los pasillos blancos.
Alya cargaba a Liora contra su pecho mientras avanzaba con paso rápido hacia el mostrador de admisión.
—Mi hija tiene fiebre muy alta desde hace rato.
La enfermera le tomó la temperatura de inmediato.
—39,8.
Alya palideció todavía más.
—¿Hay pediatra disponible?
—Sí, pero primero necesitamos dejarla en observación. La fiebre es bastante elevada.
Liora empezó a llorar quedito, incómoda.
—Mama…
—Sí, cariño, mamá está aquí.
Se le encogió el corazón al ver las mejillas de su hija encendidas por la fiebre.
Tres años llevaba con ella.
Y Liora casi nunca se había enfermado con tanta gravedad.
—Si la fiebre no cede esta noche, es probable que debamos hospitalizarla —explicó la enfermera.
Alya asintió sin vacilar.
—No importa.
Lo que sea con tal de que Liora esté bien.
Al otro lado del pasillo del hospital…
León acababa de salir del consultorio con el rostro marcado por el agotamiento.
Llevaba casi tres años padeciendo un insomnio severo.
Su sueño era un desastre.
Y en las últimas semanas había empeorado.
El médico incluso había comenzado a sugerirle terapia, porque León prácticamente ya no conseguía dormir de corrido.
—Señor León, puede recoger la receta en la farmacia de la planta baja —indicó su asistente.
León asintió con un gesto leve y echó a andar por el pasillo.
Pero sus pasos se detuvieron en seco.
Frente al mostrador de admisión…
Una mujer estaba de pie, de espaldas a él, con una niña pequeña en brazos.
El cabello negro y largo, ligeramente desordenado.
El cuerpo más delgado que antes.
Pero esa silueta le resultaba demasiado familiar.
El corazón le golpeó el pecho con violencia.
Los puños se le cerraron poco a poco.
Imposible…
—Sabrina…
El nombre casi se le escapó de los labios.
Pero antes de que León pudiera dar un paso más, una enfermera cruzó empujando una camilla que le bloqueó la vista por un instante.
Y cuando el pasillo volvió a quedar despejado…
La mujer ya no estaba.
León levantó la cabeza de golpe.
Recorrió cada rincón con la mirada.
Nada.
Solo desconocidos yendo y viniendo.
—¿Estaré volviéndome loco…? —masculló para sí.
Sin embargo, el corazón seguía latiéndole a un ritmo descontrolado.
Estaba seguro.
Completamente seguro.
Acababa de ver a Sabrina.
Mientras tanto, en la sala de hospitalización pediátrica, Alya permanecía sentada junto a la pequeña cama, sosteniendo la mano de Liora.
La niña ya se había dormido tras recibir el antipirético.
Pero Alya no lograba calmarse.
No le quitaba los ojos de encima al rostro de su hija.
Kate entró con dos vasos de café caliente.
—Toma, bebe algo.
Alya aceptó el vaso despacio.
—Gracias.
El silencio se instaló de golpe en la habitación.
Kate lucía inquieta desde hacía rato.
Varias veces había hecho el amago de hablar para luego contenerse.
Alya terminó por darse cuenta.
—¿Qué pasa?
Kate se mordió el labio.
—La verdad es que… hay algo que necesito decirte.
—¿Qué cosa?
Kate respiró hondo antes de soltar en voz baja:
—Ayer… me encontré con alguien en el parque.
Alya frunció levemente el ceño.
—¿Con quién?
Kate la observó con duda durante unos segundos.
Y al fin lo dijo:
—Me encontré con León.
Algo se paralizó dentro de Alya. Cada músculo de su cuerpo se tensó de golpe.
El pitido del monitor cardíaco en la habitación pareció volverse ensordecedor.
—¿Qué?
Kate se apresuró a explicar:
—¡Él no sabe nada! Pero… alcanzó a hablar con Liora…
El rostro de Alya se tornó lívido.
Por instinto, apretó la cobija de Liora con fuerza entre los dedos.
—¿Vio a Liora?
Kate asintió despacio.
—Perdóname… no alcancé a impedirlo.
El corazón de Alya latía fuera de control.
No.
Todavía no.
No estoy lista para volver a enfrentar a León.
Y lo que más la aterrorizaba…
¿Qué pasaría si León descubría que Liora era su hija?