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Capítulo 9
Capítulo 9 — El embarazo corre peligro
El informe del laboratorio toxicológico llegó dos días después, en un sobre sin membrete que Valeria Montes había pedido con el mayor sigilo.
Lo abrió a solas, en la villa, y lo leyó dos veces para asegurarse de que no había entendido mal.
Los «suplementos para la fertilidad» que Mónica Salazar le había suministrado durante años no contenían nada que favoreciera un embarazo. Al contrario. Las cápsulas incluían sustancias de efecto anticonceptivo y, en dosis prolongadas, abortivo. Lo que le habían hecho tragar día tras día, con sonrisas y palabras de suegra preocupada, era exactamente lo opuesto a lo que decían.
Valeria Montes se quedó muy quieta.
Durante tres años se había culpado a sí misma. Tres años de médicos, de tratamientos, de miradas de reproche cuando su vientre seguía vacío mes tras mes. Tres años en que Adrián Del Valle la había mirado como a un objeto defectuoso y la familia entera había murmurado que «la nuera no servía ni para eso». Y todo ese tiempo había sido Mónica Salazar, con su cariño de veneno, la que le había cerrado el cuerpo a propósito.
Para que no diera un heredero. Para que no ganara valor. Para que siguiera siendo desechable.
La rabia que sintió no fue caliente. Fue fría, densa, definitiva, como un mar helándose por dentro. Y en medio de esa frialdad, se llevó una mano al vientre y comprendió algo que la sorprendió: nunca había sentido al bebé como parte de Adrián Del Valle ni como una ficha en la guerra de los Del Valle.
Al principio, cuando descubrió la infidelidad, había llegado a pensar en deshacerse de él. Ahora no. Ahora ese hijo era la única cosa en el mundo que había burlado los planes de todos ellos, la vida que había logrado abrirse paso a pesar de años de veneno. Tú y yo, pensó. Los dos contra todos ellos. No era una carga. Era su ancla. Su razón para volverse imparable.
Guardó el informe en la caja fuerte, junto con los videos y las fotos. Y luego abrió el teléfono.
Esa noche había vuelto a ver, en las redes de Adrián Del Valle, una foto que él había subido y borrado a los pocos minutos: la vista nocturna de una ciudad desde lo alto, un ángulo que no era el de su oficina ni el de ningún hotel de trabajo. Ventanales de suite, dos copas de vino en primer plano. Había alcanzado a capturar la pantalla antes de que desapareciera.
Otra noche con ella. Ni siquiera le dolía ya. Solo lo archivó, como un contador que sube.
Después llamó al doctor Ortega.
—Necesito un favor, doctor. Uno que no compromete a nadie y me da tiempo. —Su voz era serena—. Quiero que emita un informe médico. Que diga que mi embarazo presenta signos de inestabilidad. Amenaza de aborto espontáneo. Reposo estricto, mínimo contacto, cero disgustos. —Hizo una pausa—. El bebé está perfecto. Usted y yo lo sabemos. Pero quiero que ellos crean que pende de un hilo.
Al otro lado hubo un silencio breve.
—¿Con qué fin? —preguntó Ortega, aunque su tono decía que ya lo intuía.
—Con el fin de que nadie se atreva a tocarme —respondió ella—. Si creen que el bebé corre peligro, ni la señora Salazar se arriesgará a otro «accidente». Un embarazo frágil es intocable. Y me da la excusa perfecta para vivir sola, para trabajar donde yo quiera, para poner distancia con esa casa. —Bajó la voz—. Usted mismo me aconsejó que no comiera nada de sus manos. Le estoy pidiendo que me ayude a no tener que hacerlo nunca más.
Otro silencio. Y luego, casi con algo parecido a la aprobación:
—Tendrá el informe mañana, doctora Montes. Enviaré una copia al señor Del Valle y otra a la señora Salazar, con las recomendaciones firmadas.
El efecto fue inmediato y perfecto.
Adrián Del Valle la llamó al día siguiente con la voz descompuesta.
—¿Amenaza de aborto? ¿Cómo que amenaza de aborto? Vale, tienes que cuidarte, ese niño no puede… —Se contuvo, pero ella lo oyó igual: ese niño no puede perderse—. Voy para allá.
—No —dijo ella con dulzura fatigada—. El doctor Ortega dijo que las visitas y las emociones fuertes son justo lo que debo evitar. Necesito calma. Sola. —Suspiró—. Tú sigue con tus asuntos. Yo me cuido.
Mónica Salazar, por su parte, no volvió a mencionar suplementos ni preparados. La sola idea de que el precioso heredero se perdiera bajo su techo —y que la sospecha recayera sobre ella— la mantuvo, por primera vez, a raya.
Valeria Montes colgó el teléfono y se recostó en el sofá de su villa recién limpia, en su casa recién ganada, con la ciudad brillando al otro lado del ventanal.
Por la mañana empezaría en el instituto de Gabriel Ferrer. Su primer día como profesional en cinco años. Su primer paso fuera de la jaula.
Se pasó la mano por el vientre, despacio, y por primera vez en mucho tiempo sonrió sin cálculo, sin estrategia, solo por dentro.
—Aguanta, pequeño —murmuró—. Todavía tenemos mucho por hacer.
Afuera, en la villa vecina, una luz seguía encendida hasta muy tarde. Pero eso, esa noche, Valeria Montes no lo sabía.