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PUDRETE, TESEO… AHORA AMARÉ AL MINOTAURO

PUDRETE, TESEO… AHORA AMARÉ AL MINOTAURO

Status: Terminada
Genre:Romance / Reencarnación / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Ariadna conoce desde niña el secreto que se esconde tras los muros del Laberinto: el Minotauro tiene un nombre, Asterión, y también tiene un corazón.
Mientras todos lo consideran una bestia condenada a morir, ella descubre al hombre que existe detrás de sus cuernos, sus heridas y su maldición. Entre visitas secretas, canciones y promesas hechas en la oscuridad, la compasión se transforma en un amor que desafía las leyes de Creta.
Entonces llega Teseo, el héroe destinado a matar al monstruo.
Ariadna acepta ayudarlo, pero no para entregar a Asterión.
Esta vez, el hilo no conducirá al héroe hacia la gloria.
Conducirá a dos amantes hacia la libertad.
Pero escapar del Laberinto no será suficiente. Cuando Teseo descubra la verdad, Ariadna tendrá que elegir entre su familia, su reino y el hombre que ama.
Porque para el mundo, Asterión será siempre el Minotauro.
Para Ariadna, será el hombre que merecía ser salvado.

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El precio que no sabías

Corría. Corría sin mirar atrás, siguiendo la luz suave que Afrodita dejaba tras de sí. El viento golpeaba su rostro, el sol le calentaba la piel por primera vez en su vida, y el aire sabía a libertad. No le cabía en el pecho: era real. Estaba fuera. Y pronto… pronto ella saldría también.

De pronto, la luz se detuvo. Afrodita se giró y lo miró directamente a los ojos, seria, sin sonrisa.

—Espera —dijo ella—. Hay algo que debes saber. Algo que ella no te contó.

Asterión frenó en seco, el corazón dándole un vuelco.

—¿Saber qué?

—El verdadero precio para romper la maldición —dijo la diosa despacio—. Para que tú pudieras salir del Laberinto.

Él sacó del pecho la medalla dorada, la sostuvo entre sus manos como si fuera algo sagrado.

—Esto… me dio esto. La llave. Con esto se rompe todo.

Afrodita soltó una risa suave, triste y burlona a la vez.

—Tonto. De verdad eres tan ingenuo como ella. Esa medalla no es nada. Solo es metal pesado. La maldición no se rompe con objetos, ni con trucos, ni con robos. Solo hay una forma: alguien toma tu lugar. Alguien elige quedarse encerrado en tu sitio. Por amor. Por elección.

Asterión se quedó inmóvil. La medalla resbaló de sus dedos y cayó al suelo sin hacer ruido.

—No… eso no puede ser —susurró—. ¿Ella…?

—Ella se quedó —dijo Afrodita con suavidad pero sin piedad—. Ariadna intercambió su destino por el tuyo. Está ahí abajo, en la oscuridad, encerrada para siempre, para que tú pudieras dar este primer paso bajo el sol.

—¿Por qué? —murmuró él, con la voz quebrada—. ¿Por mí?

La diosa le puso una mano en el hombro.

—El amor es algo extraño, Asterión. Soy la diosa del amor y hasta yo a veces no logro entenderlo del todo. Da sin pedir. Se entrega sin calcular. Ella te eligió a ti por encima de todo: su corona, su libertad, su vida.

Él apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos le dolieron.

—¿Y por qué me lo dices ahora? —preguntó, con la mirada perdida—. ¿Por qué no dejarme creer la mentira?

Afrodita lo miró a los ojos.

—Porque me pareció justo que supieras el precio tan alto que ella ha pagado por ti. Y porque… —hizo una pausa, su voz se tornó firme— ¿te quedarás de brazos cruzados, Asterión? ¿Disfrutarás de este sol que ella no puede ver?

Algo se rompió dentro de él. No era rabia. Era algo más grande, más ardiente: la certeza de que no podía ser libre si ella era prisionera.

Dio la vuelta de golpe. Empezó a correr de regreso, rápido, furioso, sin mirar el camino, sin importarle nada más que llegar a ella. El viento que antes le parecía dulce ahora le quemaba la cara. La luz del sol le parecía un insulto mientras ella estuviera en la sombra.

Afrodita se quedó sola, mirando cómo desaparecía entre la hierba alta. Sonrió levemente y levantó la vista hacia el cielo.

—Perfecto —susurró—. Tal como lo pensé. Y ahora… —alzó la voz, clara y segura, como si hablara con alguien que estaba escuchando desde muy alto—. ¿Viste? Te lo dije. Cumple tú también tu parte del trato.

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