Alegra Vega creía que el peor peligro de trabajar para Alejandro Montero era su carácter frío y autoritario. Hasta que entró en su estudio secreto y encontró decenas de pinturas de ella: arrodillada, vendada y completamente entregada.
Él la sorprendió con el cuaderno abierto.
—Cierra la puerta.
Alegra obedeció.
Lo que comienza con pintura sobre la piel pronto se convierte en órdenes, seda, palmadas, placer contenido y noches en las que su jefe deja de fingir que no desea poseerla. Pero el verdadero escándalo llegará cuando la tensión abandone el estudio y termine sobre el escritorio del hombre más poderoso de la empresa.
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Capítulo 7
Capítulo 7: Cierra la puerta al salir
Héctor Quiroga tenía un talento especial para aparecer en los momentos menos oportunos.
—¡Alegra! —Su voz llegó desde el pasillo a las doce y cuarto del martes, precedida por el olor a salsa verde y tortillas recién hechas—. Deja lo que estés haciendo. Hoy hay carnitas en el puesto del gordo Ramírez y si no llegamos antes de la una, se acaban las de maciza.
Alegra levantó la vista de la pantalla. Estaba a mitad de transcribir las minutas de la junta del lunes, un documento de treinta páginas que requería concentración y la habilidad de descifrar la letra de seis directivos diferentes.
—Héctor, estoy trabajando.
—Trabajar es importante. Comer es sagrado. ¿Quieres que le pregunte al jefe si te da permiso?
—No le preguntes nada.
—¡Alejandro! —gritó Héctor hacia la puerta de cristal, como si estuviera llamando a un perro—. ¿Me prestas a tu secretaria treinta minutos?
Alegra quiso que la tierra se la tragara.
A través del cristal, Alejandro levantó la vista de su computadora. Miró a Héctor. Luego a Alegra. Su expresión no cambió —nunca cambiaba—, pero algo en la línea de su mandíbula se apretó un milímetro.
—Media hora —dijo, con un tono que sugería que estaba cronometrando.
Héctor le hizo una seña de victoria a Alegra y la arrastró hacia el elevador.
Las carnitas del gordo Ramírez merecían un monumento nacional. Alegra pidió tres tacos de maciza con todo —cebolla, cilantro, salsa verde, limón, un punto de chicharrón— y se los comió con una devoción religiosa que hizo reír a Héctor.
—Come más despacio, que no se van a ir.
—Es que están muy buenos —dijo ella con la boca llena, una gota de salsa bajándole por la barbilla.
—Ya sé que están buenos. Lo que quiero saber es cuándo fue la última vez que alguien te invitó a comer.
Alegra dejó de masticar. Héctor tenía esa habilidad irritante de meter preguntas profundas entre los tacos como quien mete un chile habanero entre los de suadero: sin avisar.
—No me acuerdo —dijo, y era cierto.
—Tu familia no te lleva a comer, ¿verdad?
—Mi familia no me lleva a ningún lado.
No lo dijo con amargura. Lo dijo como quien dice "hoy hace calor" o "el metro iba lleno." Un hecho. Héctor la observó un momento con esa mirada que él reservaba para los instantes en que dejaba de ser el payaso y se convertía en otra cosa: alguien que veía demasiado.
—Pues acostúmbrate —dijo—. A partir de ahora comes conmigo martes y jueves. Y si algún día tu familia te da problemas, me llamas. A cualquier hora.
—¿Por qué?
—Porque tengo un primo lejano que trabaja en la fiscalía y otro que vende seguros, y entre los dos cubrimos cualquier escenario.
Alegra se rio. Una risa de verdad, de las que empiezan en el estómago y terminan en los ojos. Héctor sonrió como si hubiera logrado algo importante.
—Héctor.
—¿Mm?
—¿Por qué haces todo esto? Los tacos. El café. Las preguntas. No me conoces.
Héctor se limpió las manos con una servilleta y la miró con seriedad.
—Porque mi mejor amigo lleva trece años viviendo como un monje con corbata y tú eres lo más interesante que le ha pasado desde que lo conozco. Y porque tú pareces alguien que necesita un amigo que no le pida nada a cambio. —Se metió el último pedazo de chicharrón a la boca—. Además, no me gusta comer solo. ¿Regresamos?
Volvieron a la oficina con cuatro minutos de sobra. Alegra se sentó en su escritorio, todavía con la sonrisa puesta.
A las tres de la tarde, Héctor volvió para su reunión habitual con Alejandro. Alegra lo vio entrar al despacho y cerrar la puerta. A través del cristal, los vio hablar. Alejandro en su sillón, Héctor despatarrado en la silla de enfrente con la familiaridad de quien lleva trece años sentándose ahí.
No podía escuchar la conversación. Pero podía ver los gestos.
Héctor hablaba con las manos. Alejandro escuchaba con los ojos.
En algún momento, Héctor se inclinó hacia adelante y dijo algo que hizo que Alejandro dejara de mirar su pantalla. Su mandíbula se tensó. Respondió algo breve. Héctor se echó para atrás en la silla con esa sonrisa de gato que Alegra ya empezaba a reconocer.
La puerta se abrió. Héctor salió con las manos en los bolsillos.
—¿Todo bien? —preguntó Alegra, porque la expresión de Héctor era demasiado satisfecha para no significar algo.
—Todo excelente. —Se detuvo junto a su escritorio y bajó la voz—. Le dije que dejara de distraer a sus empleados mandándoles correos a las once de la noche.
Alegra se puso roja. Alejandro le había enviado un correo la noche anterior a las 11:47. Asunto: "Junta del miércoles." Contenido: tres líneas sobre un cambio de horario. Nada personal. Absolutamente nada personal.
Pero eran las 11:47 de la noche.
—Es un correo de trabajo —dijo ella.
—A las once de la noche todo es personal, niña.
Héctor le guiñó un ojo y desapareció por el pasillo.
Alegra trató de concentrarse en las minutas, pero la pantalla se había convertido en un borrón de letras que no significaban nada. Levantó la vista hacia la oficina. Alejandro estaba de pie junto al ventanal, con las manos en la espalda. No miraba hacia afuera. Miraba al cristal.
Al cristal que daba a ella.
Cuando sus ojos se encontraron, él desvió la mirada hacia el horizonte de Santa Fe como si hubiera estado contemplando el skyline todo el tiempo.
No me estaba mirando, se dijo Alegra. Estaba viendo el paisaje. Que da la casualidad de que está justo detrás de mi cabeza.
A las seis de la tarde, la puerta del despacho se abrió y Alejandro salió con el saco puesto. Era temprano para él.
—Voy a salir. Si llama alguien de Monterrey, pásalo a mi celular.
—Sí, señor Montero.
Pasó junto a su escritorio. Olía a madera de sándalo y a algo que Alegra no podía identificar pero que le hacía pensar en cuartos cerrados y pintura fresca.
Ya en la puerta del pasillo, se detuvo. No se volvió.
—Dile a Héctor que deje de distraer a los empleados. —Pausa—. A los empleados en general.
—Se lo diré.
Otra pausa. Más larga.
—No comiste en tu escritorio hoy.
Alegra parpadeó. La observación confirmó que él llevaba un registro de dónde comía y había notado el cambio.
—Salí a comer con el licenciado Quiroga.
—Mm. —Esa sílaba que era todo y nada a la vez—. Que no se vuelva costumbre.
—¿Salir a comer?
—Que te distraigan.
Y se fue.
Alegra se quedó mirando la puerta cerrada con el corazón haciendo algo que definitivamente no estaba en la descripción de su puesto.
A las ocho de la noche, cuando ya todos se habían ido, Alegra recogió sus cosas y apagó su computadora. Antes de salir, miró la oficina vacía de Alejandro. La puerta del estudio estaba cerrada. No había luz debajo.
No está pintando esta noche. Bien. Eso significa que está tranquilo. ¿No?
Se colgó la bolsa al hombro y caminó hacia el elevador.
Su teléfono vibró. Un mensaje de Héctor:
"Acabo de hablar con el jefe. Le dije que te llevo a comer los martes y jueves. ¿Sabes qué me contestó?"
Alegra respondió mientras esperaba el elevador:
"¿Qué?"
"'¿A los empleados o a UNA empleada?' Y luego me dijo: 'Cierra la puerta al salir.' Con esa voz que usa cuando quiere matar a alguien pero es demasiado educado para hacerlo."
Alegra se quedó mirando el mensaje.
"¿Eso qué significa?"
"Significa, querida prima lejana, que nuestro querido director general se está poniendo celoso de unos pinches tacos de carnitas. Significa que voy a tener que pedir doble ración de chicharrón la próxima vez. Significa que esto se pone BUENO."
"Héctor, por favor no hagas nada."
"¿Yo? ¿Hacer algo? Jamás. Solo soy un humilde guardaespaldas del amor que observa desde la barrera."
Las puertas del elevador se abrieron. Alegra entró, con el teléfono en la mano y una sonrisa que no pudo controlar.
En su departamento de Lomas de Chapultepec, Alejandro Montero estaba sentado en el sillón de su estudio con un pincel entre los dedos. No pintaba. Solo lo hacía girar, despacio, como quien mide la distancia entre lo que debería sentir y lo que sentía.
Sobre la mesa, el papel estaba en blanco.
No sabía qué lo alteraba más: que Héctor la llevara a comer, o que a él le importara.
Dejó el pincel. Se pasó la mano por la nuca. Y cerró la puerta del estudio con llave, como si el enemigo estuviera dentro.