Natalia tiene 25 años y es la exitosa CEO de un prestigioso bufete de abogados en Londres. Sin embargo, su imperio de cristal esconde un pasado oscuro: huyó de Zúrich para escapar de un matrimonio forzado impuesto por su multimillonario y arcaico padre. Cuando el patriarca la localiza y le lanza un ultimátum económico para arrastrarla de vuelta a Suiza, Natalia y su mejor amiga diseñan una solución desesperada: contratar a un marido de alquiler para blindarse legalmente.
Lo que Natalia no imagina es que el candidato enviado en secreto por su hermano es Óscar Alexander Sterling, su primer amor de la adolescencia. Nueve años de separación lo han transformado de un chico desgarbado con gafas en un imponente, musculado y sofisticado ingeniero naval. Ella no lo reconoce, y él decide ocultar su identidad para protegerla. Encerrados en una convivencia forzada dentro de un ático de una sola habitación, la pasión y los roces domésticos no tardarán en estallar.
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CAPITULO 13. LAS GRIETAS DEL SILENCIO
El viernes por la noche llegó acompañado de un viento helado que barría las calles de Londres, obligando a los transeúntes a refugiarse en los pubs de la City. Para el resto del mundo, era simplemente el inicio del fin de semana. Para mí, era una fecha grabada a fuego en mi calendario personal: mi vigésimo quinto cumpleaños.
Tras una jornada intensa en la oficina, donde dejamos totalmente cerrado y firmado el acuerdo con Victoria Croft, María se había empeñado en que no pasara la noche encerrada en mi apartamento. Me arrastró hasta un pequeño y exclusivo restaurante italiano escondido en el barrio de Mayfair. Era un lugar íntimo, iluminado con luces tenues y velas que proyectaban sombras suaves sobre las paredes de ladrillo visto, amenizado por el sonido sutil de un piano de cola que sonaba al fondo del local.
—Por la CEO más implacable de todo Londres y por sus veinticinco años —dijo María, levantando su copa de vino tinto con una sonrisa brillante—. Brindo por el imperio que hemos construido y porque, a pesar de que la mitad de los directivos de la ciudad te temen, sigues siendo mi mejor amiga.
—Gracias, María —respondí, chocando mi copa con la suya. El sonido del cristal resonó con un eco limpio entre nosotras—. De verdad, gracias por no dejarme pasar esta noche sola.
Cenamos con calma, compartiendo anécdotas de los últimos casos y riendo con las ocurrencias de María sobre los abogados de la competencia. El ambiente era perfecto, la comida exquisita y el éxito de la firma nos aseguraba un futuro brillante. Yo debería haberme sentido la mujer más feliz y realizada del planeta. Tenía dinero, prestigio, control absoluto sobre mi vida y una amiga leal que daría la cara por mí en cualquier circunstancia.
Sin embargo, a medida que la noche avanzaba y las copas se vaciaban, una extraña melancolía empezó a filtrarse por las grietas de mi armadura de alta ejecutiva. Miré a las mesas de alrededor: parejas que se sonreían tomándose de la mano, grupos de amigos que brindaban ruidosamente y familias que compartían confidencias. En mitad de todo ese calor humano, me sentí ridículamente aislada.
Apoyé los codos en la mesa y suspiré, mirando el movimiento de la llama de la vela que nos separaba.
—¿Qué pasa, Nat? —preguntó María con suavidad, cambiando su tono profesional por uno mucho más cercano—. Te conozco bien. Llevas toda la noche sonriendo para las fotos, pero tus ojos están en otra parte. Estás pensando en Zúrich, ¿verdad?
—Es inevitable en días como hoy, María —confesé en un susurro, dando un sorbo a mi vino para pasar el nudo que se me había formado en la garganta—. Cumplo veinticinco años. Según el plan original de mi padre, hoy ya debería llevar cuatro años casada con el heredero de la automotriz. Probablemente ya tendría un hijo, viviría en una mansión idéntica a la de mi infancia y pasaría las tardes organizando eventos de caridad benéfica mientras mi marido dirige sus empresas. Habría sido una mercancía perfecta.
María estiró la mano sobre la mesa y apretó mis dedos con firmeza.
—Pero no lo eres. Rompiste el guion. Te escapaste y mírate ahora. Eres la jefa de tu propia vida. Nadie te posee.
—Lo sé, y no me arrepiento de nada de lo que hice —respondí, mirando hacia la ventana donde las gotas de lluvia resbalaban por el cristal—. Pero la libertad tiene un precio muy alto, María. Vivo con un nombre que no es del todo mío en los registros públicos, escondiendo mi pasado, mirando por encima del hombro cada vez que un coche negro se detiene cerca de mi portal. No puedo llamar a mi madre para saber cómo está. No puedo abrazar a mi hermano Thomas a menos que él arriesgue todo para llamarme desde una cabina telefónica en mitad de la noche. He ganado mi independencia, pero he tenido que amputar una parte de mí para lograrlo.
Hice una pausa, y sin poder evitarlo, mi mano derecha se desplazó de forma inconsciente hacia mi cuello, buscando el tacto del colgante que llevaba oculto bajo el vestido de seda. Mis dedos acariciaron el relieve de la llave de plata.
—¿Y Óscar? —preguntó María con extrema delicadeza. Ella sabía que ese nombre era el secreto más sagrado de mi memoria—. ¿También piensas en él?
Solté una risa amarga, una que no llegó a mis ojos.
—Óscar es... un hermoso fantasma, María. Nueve años son una eternidad para una promesa de adolescentes. A veces cierro los ojos e intento recordar la forma exacta de sus gafas o cómo le quedaban aquellas sudaderas gigantes que usaba en el instituto, y todo lo que veo es una silueta borrosa. Thomas me repitió tantas veces durante la carrera que no lograba localizarlo, que el entorno de mi padre vigilaba sus pasos... que acabé aceptando la realidad. Óscar habrá terminado su carrera, tendrá su propio trabajo, tal vez esté casado o tenga una vida feliz lejos de toda la locura de mi familia. Se rindió, igual que me rendí yo. El silencio termina por marchitarlo todo.
—El silencio protege, Nat —me consoló María, mirándome con profunda empatía—. Tu hermano lo hizo para mantenerte a salvo, para que pudieras centrarte en los estudios y levantar este bufete. Si hubieras intentado buscar a Óscar a los dieciocho años, tu padre os habría destruido a ambos. Hiciste lo correcto.
—Hice lo necesario para sobrevivir —corregí, enderezando la espalda y recuperando mi postura rígida, obligándome a guardar la melancolía de vuelta en el cajón de mis secretos—. Pero no me hagas caso, María. Es solo el efecto del vino y del cumpleaños. Mañana volveré a ser la CEO implacable de siempre. Brindemos por el presente, que es lo único real que tenemos.
Volvimos a chocar nuestras copas, pero la inquietud no se marchó de mi pecho. Pagamos la cuenta y salimos del restaurante. El chófer del taxi nos esperaba en la puerta para llevarnos de vuelta a nuestros respectivos apartamentos. Mientras el vehículo avanzaba por las calles iluminadas de Londres, crucé los brazos sobre el pecho, sintiendo el frío de la noche colarse por la tapicería.
Al llegar a mi edificio, un moderno complejo residencial con seguridad las veinticuatro horas en una zona exclusiva de la ciudad, me despedí de María con un abrazo y subí en el ascensor hasta mi ático. Al entrar, las luces automáticas se encendieron, revelando un espacio pulcro, minimalista y perfectamente ordenado. Todo era lujoso, pero se sentía frío, como la mansión de Zúrich.
Me quité los zapatos de tacón, dejé el bolso sobre la consola del vestíbulo y caminé descalza hacia el ventanal del salón. Londres seguía parpadeando bajo la lluvia. Me abracé a mí misma, tocando una vez más la llave de plata a través de la tela de mi vestido. Estaba completamente sola en mi fortaleza de cristal. Había vencido al destino arcaico de mi familia, sí. Había logrado el imperio económico que deseaba. Pero en mitad de ese silencio perfecto de mi ático de lujo, rodeada de mi propio éxito, tuve que admitir ante mí misma que la jaula de oro de mi padre se había marchado, pero yo me había construido otra, hecha de leyes, soledad y recuerdos casi olvidados. Ignoraba por completo que esa misma noche, a cientos de kilómetros de allí, en un oscuro puerto de Zúrich, un informe con mi dirección exacta de Londres estaba siendo depositado sobre el escritorio de Arthur. El tiempo de esconderse se había terminado.
Felicidades autora que sigan los éxitos!!! ☺️