El día de su boda, Camila Duarte descubrió tres cosas: que su prometido nunca la amó, que su hermana tenía una relación con el, y que la familia que la crio la había estado usando desde el principio.
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CAPÍTULO 10: LO QUE GABRIEL NUNCA DIJO
Gabriel llegó a la visita de ese mes con una carpeta bajo el brazo y algo distinto en la mirada, algo que Camila no supo identificar del todo hasta que ya estaban sentados el uno frente al otro, separados por la misma mesa metálica de siempre.
—Traigo noticias —dijo, colocando la carpeta sobre la mesa sin abrirla todavía—. Pero antes de eso, necesito decirte algo que llevo mucho tiempo callando.
Camila lo observó con atención. Después de casi dos años de visitas mensuales, había aprendido a leer cada gesto de ese hombre con una precisión que a veces la sorprendía a ella misma. El Gabriel que tenía enfrente esa tarde no era el abogado eficiente y contenido de siempre. Era alguien que había estado cargando algo pesado durante demasiado tiempo, y que finalmente había decidido soltarlo.
—Te escucho.
—Hace ocho años, cuando empecé a trabajar para tu familia, tenía veintiséis años y acababa de heredar el despacho de mi padre. —Gabriel entrelazó los dedos sobre la mesa, evitando por un momento la mirada de Camila—. Tú tenías veinte. Estabas terminando la universidad, llena de ideas sobre cómo modernizar la empresa familiar, discutiendo con tu madre en cada junta directiva sobre inversiones sostenibles que ella consideraba una pérdida de tiempo.
—Recuerdo esas juntas. Nunca gané ni una sola discusión.
—Yo estaba ahí, en un rincón, tomando notas legales que nadie leía, y pensando que jamás había conocido a alguien que peleara con tanta pasión por algo en lo que creía. —Gabriel levantó finalmente la mirada—. Camila, durante ocho años me convencí de que lo que sentía era simplemente respeto profesional. Lealtad hacia la familia que confiaba en mí. Pero el día de tu boda, viéndote caminar hacia el altar hacia otro hombre, entendí que llevaba años mintiéndome a mí mismo.
Camila sintió que el aire de la sala de visitas se volvía distinto, más denso, cargado de algo que llevaba tiempo evitando nombrar también ella misma.
—Gabriel...
—Déjame terminar, por favor. Necesito decir esto, incluso si después nunca volvemos a hablar del tema. —Su voz se mantuvo firme, aunque sus manos, entrelazadas sobre la mesa, delataban una tensión evidente—. Cuando te arrestaron esa misma tarde, sentí algo que no puedo describir de otra manera que como terror puro. No solo porque sabía, con una certeza absoluta, que eras inocente. Sino porque comprendí que estaba a punto de perderte de una manera mucho más definitiva que si simplemente te hubieras casado con Sebastián.
—¿Por qué me dices esto ahora? Después de tanto tiempo.
—Porque llevo dos años viniendo a esta prisión una vez al mes, viéndote transformarte frente a mis ojos en alguien completamente distinto, y tengo miedo. —Gabriel apretó la mandíbula—. Tengo miedo de que el día que salgas de aquí, la mujer que cruce esa puerta ya no tenga espacio en su vida para nada que no sea venganza. Y antes de que eso pase, necesitaba que supieras que hay alguien afuera que no te ve solo como un arma que hay que afilar contra tu familia.
Camila permaneció en silencio un largo momento, sintiendo que algo dentro de ella, algo que llevaba dos años completamente adormecido bajo capas de rabia y estrategia, se removía tímidamente.
—Gabriel, no puedo prometerte nada. —Su voz salió más suave de lo que hubiera querido, pero también más honesta—. La mujer que va a salir de aquí en tres años ya no es la misma que tú conociste hace ocho. No sé si todavía queda espacio en ella para algo como lo que me estás describiendo.
—No te estoy pidiendo una promesa. —Gabriel sonrió, por primera vez en toda la conversación, con una tristeza contenida que a Camila le resultó extrañamente conmovedora—. Solo necesitaba que lo supieras. Que pase lo que pase, que te conviertas en quien te tengas que convertir, yo voy a seguir aquí.
—¿Por qué?
—Porque te amé antes de que todo esto pasara, Camila. Y te sigo amando ahora, incluso viendo en lo que te estás convirtiendo. Tal vez especialmente por eso. —Gabriel finalmente abrió la carpeta que había traído—. Y porque voy a ayudarte a conseguir todo lo que necesitas para hacer que paguen. Aunque eso signifique que, al final, termines eligiendo la venganza por encima de mí.
Camila sintió que los ojos se le humedecían, algo que llevaba meses sin permitirse frente a nadie, ni siquiera frente a Trinidad.
—Gracias —susurró—. Por decírmelo. Y por quedarte, a pesar de todo.
—Ahora. —Gabriel se aclaró la garganta, visiblemente aliviado de haber dicho por fin lo que llevaba años callando, y deslizó la carpeta sobre la mesa—. Hablemos de negocios. Conseguí, a través de un contacto en el registro mercantil de las Islas Caimán, confirmación parcial de la existencia de Fenwick Holdings. La sociedad fue constituida hace seis años y tres meses, exactamente cuatro meses antes de que se anunciara públicamente la negociación de la fusión entre el Grupo Duarte y la empresa Roig.
Camila abrió la carpeta con dedos ansiosos, encontrando dentro documentos fotocopiados, cifras subrayadas, y un organigrama dibujado a mano que Gabriel evidentemente había elaborado durante semanas de investigación paralela.
—¿Y la relación con mi madre?
—Todavía no puedo probarla de manera concluyente. Los registros públicos muestran a Fenwick Holdings administrada por un fideicomisario en Georgetown, sin nombres de beneficiarios reales visibles. —Gabriel señaló una anotación en el margen del documento—. Pero encontré algo interesante. El mismo fideicomisario administra otra sociedad, constituida apenas dos años después, llamada Silverline Trust. Y Silverline Trust aparece mencionada, de manera casi incidental, en un contrato de servicios domésticos firmado por tu madre hace cuatro años, para el pago de honorarios de una... nana.
—¿Una nana? —Camila frunció el ceño, sin entender de inmediato la relevancia.
—Una nana que trabajó en la mansión Duarte durante un período muy específico. —Gabriel bajó la voz, aunque la sala de visitas seguía tan vacía como siempre—. Hace veintisiete años. El mismo año en que nació Renata.
Camila sintió que un escalofrío completamente distinto a todos los anteriores le recorría la espalda.
—¿Qué estás insinuando, Gabriel?
—No lo sé todavía con certeza. —Gabriel cerró la carpeta lentamente, como si incluso él necesitara un momento para procesar la magnitud de lo que acababa de sugerir—. Pero hay algo profundamente extraño en la manera en que estas sociedades, estos fideicomisos, y ese contrato de hace veintisiete años, parecen todos conectados entre sí por los mismos administradores, los mismos abogados, y los mismos silencios cuidadosamente construidos.
—¿Crees que Renata no es hija biológica de mi madre?
La pregunta quedó suspendida en el aire de la sala de visitas, tan pesada y tan definitiva que ninguno de los dos se atrevió, durante varios segundos, a decir nada más.
—Creo —dijo finalmente Gabriel, eligiendo cada palabra con el cuidado de quien sabe que está a punto de encender una mecha que ya no se podrá apagar— que tu madre ha pasado veintisiete años protegiendo un secreto mucho más grande que cualquier fraude financiero. Y creo, Camila, que ese secreto podría ser exactamente la razón por la que Ernesto Roig tuvo que morir.