Jeremías Bustamante lo tiene todo: poder, una fortuna inmensa y un físico imponente, pero la vida lo redujo a una silla de ruedas, a la amargura perpetua y a un oscuro secreto sobre el abandono de su exesposa. Su existencia gris da un vuelco total el día en que cruza la puerta de la cafetería más alegre de la ciudad y una torpe, radiante y descarada arquitecta le baña la camisa en jugo de fresa. Ana Belén Gallego no le teme a su dinero ni a su carácter de demonio, y por primera vez en años, Jeremías encuentra a una mujer capaz de plantársele enfrente sin temblar. Entre risas, secretos del pasado y tazas de café, este magnate indomable descubrirá que la verdadera parálisis no está en sus piernas, sino en su corazón.
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EL ROCE DEL FUEGO Y LA HUIDA DE LA SOMBRA
El silencio que envolvía la cafetería tras el cierre parecía magnificar cada latido, cada respiración contenida en el espacio que separaba a Ana Belén de Jeremías. La luz dorada del atardecer se filtraba entre los ventanales, dibujando contornos cálidos sobre los rostros de ambos. Jeremías la contempló durante un instante eterno, con los ojos verdes encendidos por una mezcla de deseo reprimido, vulnerabilidad y esa determinación feroz que solía aplicar a los negocios, pero que ahora estaba enteramente volcada hacia la mujer que había patas arriba su universo de sombras.
—Jeremías... —murmuró Ana Belén, con la voz apenas inteligible, dando un paso titubeante hacia adelante. El tono grave e intenso con el que él había confesado que no podía sacársela de la cabeza había atravesado todas sus defensas habituales.
Antes de que ella pudiera articular una respuesta llena de sus sarcasmos protectores, Jeremías extendió su brazo derecho con una rapidez y una fuerza atlética sorprendente. Agarró a Ana Belén por la cintura y, con un movimiento firme e irresistible, la atrajo hacia sí y la sentó sobre sus piernas.
Ana Belén ahogó un jadeo de sorpresa al sentir el firme contacto. Pero al instante en que se acomodó sobre el regazo del magnate, su cuerpo se rígido por completo. Justo debajo de ella, marcándose contra la tela fina del pantalón de vestir de Jeremías, sintió la presencia inconfundible de una erección descomunal, un bulto gigantesco, imponente y rígido que delataba la anatomía fuera de lo común que el empresario poseía.
Un escalofrío helado le recorrió la espina dorsal desde la nuca hasta los talones. Un miedo primario y visceral le atenazó el vientre; la magnitud de aquel miembro, sumada a la fuerza contenida del hombre sobre el que estaba sentada, despertó en ella una oleada de zozobra e intimidación. Jamás se había topado con algo semejante, y la idea de lo que implicaría intimidad con un hombre de semejante calibre le aceleró el corazón a mil por hora, dejándola sin aliento.
Sin embargo, Jeremías no le dio tiempo a procesar el pánico. Inclinó el rostro hacia arriba, sujetó la nuca de Ana Belén con su mano grande y cálida, y selló sus labios en un beso hambriento, cargado de un deseo salvaje y una pasión contenida durante cinco largos años de sequía afectiva y corporal.
El beso fue abrumador. Jeremías la devoró con la boca, saboreando la suavidad de sus labios con una urgencia que rayaba en la desesperación. Era el beso de un hombre náufrago que por fin encontraba tierra firme, un despliegue de virilidad y fuego donde la lengua de Jeremías reclamaba el territorio de Ana Belén sin pedir permiso, haciendo que a la arquitecta se le nublara la razón entre el miedo instintivo a la magnitud de su anatomía y la llama arrolladora de un placer desconocido que comenzaba a encenderse en sus entrañas.
Durante unos segundos, Ana Belén se dejó llevar por la marea de calor que el beso le provocaba, sujetándose con fuerza de los hombros atléticos de Jeremías. Pero cuando el roce de la masculinidad de él volvió a presionarse contra su pelvis con mayor firmeza debido a la intensidad del abrazo, el miedo tomó de nuevo el control. Ana Belén soltó un leve gemido entrecortado contra la boca de Jeremías y, con el corazón martilleándole el pecho, apoyó las manos en el torso del magnate y se impulsó hacia atrás, poniéndose de pie de un salto, jadeante y con el rostro encendido de rubor.
—¡Espera... no! ¡Jeremías, no! —exclamó ella con la voz temblorosa, llevándose una mano al pecho para intentar calmar los latidos desbocados de su corazón, mirando con los ojos abiertos de par en par el regazo del empresario y luego su rostro desencajado.
Jeremías se quedó petrificado en la silla de ruedas. La vio retroceder dos pasos, vio el miedo genuino que brillaba en sus ojos marrones, la forma en que su mirada bajó hacia su entrepierna y la palidez repentina que cubrió su piel blanca.
En la mente de Jeremías, una bomba del pasado explotó con la fuerza de un desastre irreparable.
Las palabras crueles de su exesposa, María Gutiérrez, regresaron a su memoria como dagas al rojo vivo. «¡Eres un monstruo! ¡Sufro cada vez que tengo relaciones contigo, no hay mujer que aguante el ritmo de ese tamaño salvaje! ¡Y ahora encima quedaste paralítico!». El trauma de haber sido rechazado, calificado como un fenómeno incapaz de hacer feliz a una mujer en la cama debido a su desproporcionado tamaño, resurgió con una violencia aplastante.
«Lo siente... ella también lo siente. Piensa exactamente lo mismo que María. Se ha asustado de mí, le doy asco, le doy miedo... no soy más que un lisiado deforme para ella», pensó Jeremías con una desesperación amarga que le desgarró el alma.
El pánico a la humillación, el miedo cerval al rechazo y la idea de que Ana Belén lo viera con el mismo desprecio y horror que su exesposa destruyeron la poca seguridad que le quedaba. El orgullo del gran Jeremías Bustamante se hizo pedazos.
—Perdóname... —susurró Jeremías con la voz rota, la mirada cargada de una vergüenza y un dolor tan profundos que Ana Belén sintió un apretón en el corazón.
—Jeremías, no es lo que piensas, es solo que... —intentó explicar ella, dando un paso al frente para alcanzarlo, dándose cuenta de la mala interpretación que el empresario estaba haciendo de su reacción instintiva.
Pero Jeremías no quiso escuchar nada más. Con un movimiento desesperado y torpe, agarró con brutalidad los aros metálicos de su silla de ruedas y los hizo girar con toda la fuerza de sus brazos.
—¡No hables! ¡No digas nada! —bramó él, con los ojos verdes anegados en lágrimas contenidas que se negaba a dejar caer, huyendo desbocado hacia la puerta de salida—. ¡Cometí un error! ¡Soy un imbécil!
—¡Jeremías, detente! ¡Escúchame! —le gritó Ana Belén, corriendo tras él.
Pero el magnate ya impulsaba la silla con una velocidad implacable fuera del local. Cruzó el umbral a toda prisa, donde su asistente Federico Montiel lo esperaba junto al auto. Con una agilidad desesperada fruto de la rabia y la vergüenza, Jeremías se impulsó hacia el interior del vehículo casi antes de que Federico pudiera desplegar la rampa.
—¡Cierra la puerta, Federico! ¡Nos vamos ya! ¡Acelera, maldita sea! —ordenó Jeremías a gritos desde el asiento trasero, ocultando su rostro entre las manos para que nadie lo viera quebrarse.
Federico, alarmado por el estado de conmoción de su jefe y viendo a Ana Belén salir a la calle agitada y llamándolo por su nombre, no tuvo más remedio que obedecer. Cerró la portezuela de golpe y arrancó el vehículo a toda marcha, dejando atrás la cafetería y a una Ana Belén parada en la acera, bajo el crepúsculo, confundida, con los labios todavía ardiendo por el beso apasionado y el pecho agitado por una mezcla de miedo, culpa y una punzada de dolor al ver la vulnerabilidad desgarradora del hombre que acababa de huir de ella.