Hace seis años dejé a Damián Carvajal con una mentira:
«Me aburrí de ti».
Hoy es un magnate, mi nuevo jefe y el hombre que acaba de pedirme que sea su esposa durante un año.
Él necesita librarse de las mujeres que su familia insiste en presentarle. Yo necesito una oportunidad para ejercer mi carrera y ayudar a mi padre a conservar su taller. Damián me ofrece ambas cosas a cambio de un matrimonio que terminaremos cuando se cumplan doce meses.
Acepto. Conozco las condiciones. También conozco al hombre con el que voy a compartir la cama… o eso creía.
Porque el Damián que me provoca en la oficina es el mismo que se enfrenta a su familia por mí. Recuerda hasta lo que no me gustaba comer en la prepa. Y cuando me llama «mi esposa», cada vez me cuesta más acordarme de que tenemos un acuerdo.
Entonces reaparece una grabación de cuando tenía diecisiete años.
Mi voz. Un trato. La verdadera razón por la que me acerqué a él.
Damián cree que lo dejé porque nunca lo quise. ¿Qué va a pensar cuando escuche que, al principio, alguien me ofreció algo a cambio de enamorarlo?
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Capítulo 10
Capítulo 10
Antes de aquella segunda visita a la cafetería, esa misma mañana, llegó la madre de Damián.
Doña Regina Prida de Carvajal pasó junto a mi escritorio y se detuvo apenas lo necesario para mirarme. Yo estaba imprimiendo el avance del proyecto C. Dejé las hojas boca abajo al levantarme, sin saber por qué sentía que debía ocultárselas.
—¿Mi hijo? —preguntó a Cecy.
—En su oficina, señora. Tiene una llamada a las...
Regina ya había abierto la puerta.
Yo la conocía de antes. No lo bastante para saber si acababa de reconocerme, pero sí para recordar lo que era sentir su atención encima. Volví a sentarme y busqué en la pantalla la fila en la que había estado trabajando.
La puerta quedó abierta. La voz de Regina atravesó la oficina antes de que Damián pudiera decir nada.
—¿Le mandaste a tu secretaria a Ivette del Prado? ¿Sabes cómo me habló su madre? La niña llegó llorando.
—Ya tengo una cita con ella hoy.
—¿Y tuviste que hacer esto primero? Te costaba lo mismo ir ayer. Pero claro, si puedes hacerme quedar mal...
Cecy tomó el teléfono y se alejó hacia el pasillo. Yo seguía en recepción; alguien tenía que atender si llamaban. Puse las manos sobre el teclado. No escribí una palabra.
—No es la primera vez —continuó Regina—. Ya pasé por esto hace seis años. Con la del taller. Exhibiéndola en tus redes, subiendo esa foto de ella dormida... ¿Qué le pusiste? ¿Que parecía un cochinito? Te pedí que la quitaras y ni eso pudiste hacer por mí.
Recordé la foto. Yo dormida, con la cara contra su almohada. Habíamos discutido por ella porque me daba vergüenza, no porque creyera que él se estaba burlando. Hasta ese momento no sabía que también había sido motivo de una pelea en su casa.
—No vuelvas a hablar de ella así —dijo Damián.
Regina bajó un poco la voz. Aun así la escuché.
—Entonces no me hagas repetirlo. A esta la puedes tener cerca si tanto te divierte. De secretaria, de lo que quieras. A la familia no entra.
Me quedé mirando la puerta. «Esta». No sabía si me había reconocido o si le bastaba con verme detrás de aquel escritorio. En cualquiera de los dos casos, ya había decidido qué clase de mujer era.
—Tu padre tuvo que intervenir una vez —añadió—. Tuvimos que mandarte lejos y ni con seis años aprendiste. No voy a volver a verlo todo desde el principio.
¿Intervenir cómo?
La pregunta me sacó del recuerdo de la foto. Yo sabía que Damián se había ido; había pasado mucho tiempo diciéndome que eso probaba lo poco que le había costado dejarme atrás. Ahora oía a su madre hablar de enviarlo lejos. No alcanzaba a entender lo que había ocurrido en aquella casa después de mi última llamada.
—El abuelo quiere que me case este año —dijo él—. ¿Es eso?
—Quiere verte con una vida seria.
—Dile que me caso. Con quien yo elija.
Hubo una pausa. Me incliné hacia la pantalla al ver movimiento detrás del cristal; no quería que Regina me encontrara escuchando si salía. Pero no salió.
—No vas a elegir a una muchacha para castigarnos.
—No todo lo hago pensando en ustedes.
—Mientras lleves nuestro apellido...
—El apellido, la vajilla, el anillo de la abuela. Todo merece cuidados en esta familia. —Lo oí moverse—. Déjame cuidar lo mío, mamá.
—Tú no tienes nada que no te hayamos dado nosotros.
—Eso ya lo veremos.
La taza se estrelló contra la pared.
Me levanté. Desde mi escritorio no podía ver dónde había caído ni si le había dado a él. Esperé oírlo y escuché primero a Regina.
—¡No sabes lo que nos has hecho pasar! Nunca te faltó nada. Nunca te levantamos la mano. Aquella vez te aventé la cajetilla y me arrepentí toda la noche. Toda la noche, Damián. Y aquí estoy otra vez, por otra igual.
Me costaba conciliar sus palabras con el golpe que acababa de oír. Damián no respondía. Miré hacia el pasillo en busca de Cecy; seguía lejos, con el teléfono en la mano.
Fui por la escoba y el recogedor. Era una excusa para entrar, pero también había porcelana rota y yo necesitaba comprobar que no estuviera herido.
Toqué antes de empujar la puerta.
—Con permiso. Vengo a recoger.
Damián estaba junto al escritorio. No vi sangre. Regina sostenía su bolsa con ambas manos y volvió la cara hacia mí, molesta por la interrupción. Me agaché al lado de los trozos más grandes sin esperar a que me echara.
Antes de que pudiera barrer, Damián me quitó la escoba.
—Hazte para atrás.
—Yo puedo...
—Traes zapatos de tela. Hay pedazos por todas partes.
Miré mis pies. Había un fragmento junto a la punta del zapato derecho. Me aparté y lo vi intentar recogerlo.
No sabía barrer bien. Empujó demasiado fuerte, dispersó los trozos y tuvo que empezar de nuevo. Quise explicarle cómo inclinar el recogedor, pero Regina seguía allí y me dio una vergüenza absurda que lo corrigiera delante de ella. Le acerqué el borde al piso con el pie. Él entendió y fue reuniendo los pedazos, terco, cada vez más despacio.
Su madre no decía nada.
Yo estaba acostumbrada a limpiar lo que se rompía. En mi casa, en el taller, en el trabajo: si tenía las manos libres, lo hacía. Verlo acuclillado en la alfombra me desarmó más que oírlo discutir por mí. Lo que había querido a los dieciocho había sido así de pequeño muchas veces: que se diera cuenta de dónde estaba yo antes de seguir peleando con el mundo.
—Sostén de aquí —me indicó al darme el recogedor—. No lo inclines.
Lo tomé con cuidado. No podía mirarlo mucho sin que se me notara lo que estaba sintiendo.
Regina se acomodó la bolsa en el hombro.
—Cuando esto vuelva a salir mal, no me pidas que lo arregle.
Damián se enderezó. Su madre esperó una respuesta y, al no recibirla, salió. Oí a Cecy despedirla en el pasillo.
Llevé la porcelana al cuarto de limpieza y la puse aparte para que nadie metiera la mano en los filos. Me lavé las manos. Ya podía volver al proyecto C, al cuadro de costos, a algo cuyo resultado dependiera de hacerlo bien.
Desde recepción vi que Damián seguía solo junto al escritorio.
Recogí otra vez la escoba.
—Creo que quedó un pedazo debajo del sillón —dije al entrar.
Había visto el piso. No quedaba ninguno.