Monique es médica, independiente y decidida. Después de que su ex la traicionara, tomó una resolución radical: tener un hijo sola mediante inseminación artificial en una clínica de Albania. El procedimiento salió bien —o eso creyó—, hasta que un desconocido irrumpió en la sala en el peor momento posible.
Meses después, con una bebé preciosa en brazos y una vida reconstruida al lado de su familia en casa, Monique está convencida de que lo peor ya quedó atrás. Hasta que veinte hombres armados invaden el comedor durante el desayuno.
Al frente de ellos está Drilon Meksi: segundo hijo de la mafia albanesa Exilio, ejecutor implacable y —según él— el verdadero padre biológico de Estela.
Drilon no vino solo a reclamar a su hija. Vino a llevarse a las dos.
Arrancada de su mundo y encerrada en la mansión de una de las familias más temidas de Albania, Monique descubre que su única opción es aprender a sobrevivir entre mafiosos. Pero la matriarca Hana le enseñará que las batallas más importantes no se ganan con rabia, sino con inteligencia. Que el respeto pesa más que la imposición. Y que a veces los muros más gruesos no están en las fortalezas, sino dentro de las personas.
Mientras Monique lucha por proteger a Estela y recuperar su libertad, algo inesperado empieza a crecer entre ella y el hombre que juró odiar: pequeños gestos, conversaciones honestas, un padre que arrulla a su hija con una ternura que contradice todo lo que representa.
¿Puede una mujer libre enamorarse de un mafioso sin perderse a sí misma?
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capítulo 7
CON ALTIN
La música del club nocturno era lo bastante fuerte como para ocultar cualquier cosa: secretos, negocios... violencia.
Altin estaba recargado en la barra, la mirada barriendo el lugar con atención. No bebía de verdad; solo sostenía el vaso como disfraz.
Su mente estaba en otro lado. En la cena de la próxima semana, en el acuerdo ya firmado, en el apellido que cargaba desde mucho antes de tener elección.
Ya sabía que iba a casarse. Sabía del encuentro, de las formalidades, del hermano de ella viniendo a oficializarlo todo. Conocía cada detalle político de esa unión. Lo que no sabía era quién era ella realmente.
Un empujón lo trajo de vuelta a la realidad. Altin ni se volteó. Otro empujón, más fuerte. Respiró hondo, apretando el vaso hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
ALTIN— Hoy no... —Murmuró para sí mismo. Pero no dependía de él—. ¿Te quedaste sordo? —La voz llegó cargada de provocación.
Ahora sí giró. Tres hombres. Rostros conocidos. De los equivocados. Altin inclinó levemente la cabeza, los ojos gélidos.
ALTIN— No me interesa.
Sonrieron. El primer golpe llegó sin aviso. Altin reaccionó por instinto: esquivó, contraatacó, su puño encontró el rostro del agresor con precisión.
El segundo avanzó. Altin bloqueó, giró el cuerpo, acertó en el estómago. Pero eran tres y lo estaban esperando.
Un golpe en las costillas lo hizo perder el ritmo. Otro le dio en la cara, haciendo que todo vibrara por un segundo. Intentó recuperar el equilibrio, intentó reaccionar...
Pero cada vez era más lento, más cansado. Una patada lo derribó. Esta vez no pudo levantarse. La bota le presionó el pecho y entonces llovieron los golpes.
Uno.
Dos.
Tres.
Sin pausa, sin piedad. El sabor a sangre le invadió la boca. La visión empezó a fallarle, todo alejándose, como si lo arrastraran lejos de ahí.
Intentó respirar, intentó reaccionar, pero el cuerpo no respondía. Y entonces, un sonido seco cortó el aire. Algo cambió. El peso desapareció.
Altin parpadeó, forzando los ojos a mantenerse abiertos. Fue entonces cuando la vio. En medio del caos, parecía no pertenecer a ese lugar.
Una mujer.
Alta.
Elegante.
Absolutamente hermosa.
Pero no era solo belleza.
Había algo más. Algo peligroso. Sus movimientos eran rápidos, demasiado rápidos. Uno de los hombres cayó antes siquiera de reaccionar. El otro intentó huir, pero no le dio tiempo. El tercero ni siquiera logró entender lo que estaba pasando.
Todo terminó en segundos. Silencio. La música del bar seguía sonando, lejana, como si viniera de otro mundo.
Altin estaba en el piso, el cuerpo destrozado, pero los ojos clavados en ella. No podía apartarlos.
Era como si todo alrededor hubiera desaparecido. Solo quedaba ella. La forma en que se movía, la postura, la presencia y ese rostro, demasiado perfecto para pertenecer a esa escena.
Se acercó. Cada paso era firme, controlado. Cuando se detuvo junto a él, Altin sintió algo extraño apretarle el pecho. No era dolor.
Era otra cosa. Algo que no sabía nombrar. Ella se arrodilló, examinándole las heridas con calma, como si aquello no fuera nada fuera de lo común.
Intentó decir algo, pero nada salió. Su mente estaba demasiado confusa, los ojos aún presos en ella. Y entonces todo se oscureció.
Cuando volvió en sí, el silencio era distinto. No había música, no había gritos, solo el sonido leve de voces conocidas.
Altin abrió los ojos despacio. Su casa. El sofá. El olor familiar. Pero su atención no se quedó ahí por mucho tiempo.
Ella estaba ahí. Sentada a la mesa, conversando con sus padres como si siempre hubiera formado parte de ese espacio.
Como si no acabara de atravesar la noche igual que una tormenta silenciosa.
Altin no lograba entenderlo, ni lo necesitaba, porque en ese momento no pensaba. Solo miraba.
Cada detalle parecía más nítido bajo la luz de la casa. La piel, los rasgos, la forma en que se movía incluso estando quieta. Imposible apartar la vista.
Su madre, Hana, decía algo. Su padre también. Pero Altin no escuchaba. Nada le llegaba.
Era como si el mundo se hubiera reducido a esa mujer. Ella se puso de pie. El movimiento fue simple, pero aun así... imposible de ignorar.
Altin contuvo la respiración sin darse cuenta. Ella caminó unos pasos, cruzó la sala y, por un instante breve, sus miradas se encontraron.
No hubo palabras, no hubo reacción clara, pero fue suficiente. Algo quedó. Algo que Altin no supo explicar. Y entonces ella se fue, como si nunca hubiera estado ahí.
La mañana llegó trayendo una calma extraña. Altin despertó con el cuerpo pesado, cada músculo recordándole la noche anterior.
Pero no era el dolor lo que le ocupaba la mente. Era ella. Se sentó despacio, todavía intentando organizar sus pensamientos.
Hana entró en la habitación poco después, cargando una bandeja.
HANA— Necesitas comer. —Le indicó con tranquilidad.
Altin ni miró la comida.
ALTIN— ¿Quién era ella?
La pregunta salió directa, sin rodeos. Hana dejó la bandeja sobre la cómoda y lo observó un momento antes de responder.
HANA— Se llama Era.
El nombre cayó con peso. Altin se quedó en silencio. No por sorpresa; ya lo sabía, ya esperaba conocerla.
La cena estaba programada, el acuerdo ya existía, todo estaba decidido. Pero...
Se pasó la mano por el rostro, todavía intentando encajar la imagen que tenía en mente con la mujer de la noche anterior.
No eran lo mismo. No podían serlo.
HANA— Llegó antes a la ciudad para resolver unas cosas. —Continuó, serena—. Fue a tomar algo al bar donde tú estabas, con dos amigas, y te vio.
Altin soltó un leve suspiro, se recostó en el sofá y se quedó ahí, con la vista perdida durante unos segundos.
Pero no era vacío. Era imagen, era recuerdo, era aquel rostro, aquella presencia, aquella belleza que no parecía real.
El corazón le latió más fuerte, sin aviso. Y por primera vez desde que supo del compromiso, aquello dejó de ser solo un acuerdo. Ahora tenía forma. Ahora tenía peso. Ahora tenía unos ojos que no lograba olvidar.
Altin cerró los ojos un instante. Sabía que la cena seguiría en pie, que todo continuaría según lo planeado.
Pero de algo estaba seguro: nada de aquello sería sencillo, porque la mujer con quien iba a casarse era mucho más de lo que había imaginado.