Por amor, la Princesa Vivianne lo entregó todo. Se casó con Alexander, el hijo de un barón, creyendo en sus falsas promesas. ¿Su recompensa? Ser humillada, traicionada por su mejor amiga, desterrada por su propio padre y, finalmente, asesinada en un callejón oscuro.
Pero la sangre del Emperador esconde un secreto. En su último aliento, la magia de Vivianne despierta, haciéndola retroceder en el tiempo hasta la noche en que todo comenzó.
De regreso en el palacio, Vivianne ya no es la joven ingenua de antes. Ha jurado proteger a su padre, salvar su imperio y destruir a quienes la pisotearon. Aunque deba ensuciarse las manos y volverse despiadada, esta vez ella ganará la guerra. Pero lo que no sospecha es que un par de intensos ojos rojos vigilan cada uno de sus movimientos desde las sombras... ¿Un nuevo enemigo o el aliado que necesita para su venganza?
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Capítulo 13: El veneno en la tinta
El sol de la mañana apenas comenzaba a filtrarse por los altos ventanales del despacho imperial, disipando la bruma dorada que flotaba sobre los jardines del palacio. A diferencia de su vida pasada, donde solía despertar tarde, abrumada por la melancolía y el desgano, Vivianne ya se encontraba de pie desde el amanecer. Vestía un traje de viaje sencillo pero impecable en seda gris perla, con el cabello recogido con firmeza.
Sentada a la derecha de su padre, la princesa repasaba con ojo crítico los balances comerciales de las provincias y las solicitudes de audiencia. El Emperador, que inicialmente la había hecho pasar solo para mantenerla cerca tras la tensión de la noche anterior, no podía ocultar su asombro. Vivianne no solo escuchaba; hacía anotaciones pertinentes, cuestionaba los gastos excesivos del canciller y demostraba una agudeza mental que él no le conocía. La madurez que emanaba de su hija era la de una verdadera gobernante.
Tras firmar el último decreto de exportación, el Emperador dejó la pluma sobre el escritorio de caoba y miró a Vivianne con una mezcla de orgullo y profunda satisfacción.
—Has demostrado una templanza admirable, mi niña —dijo el soberano, con su voz ronca apaciguada—. La corte todavía murmura sobre tu despliegue en el baile. Veo que tus ojos finalmente se han abierto al juego del poder. Por eso, creo que es momento de otorgarte una responsabilidad mayor. A partir de hoy, tendrás el control absoluto sobre la oficina de inspección de correspondencia de la baja nobleza que ingresa y sale de la capital. Es un terreno pantanoso, lleno de intrigas menores, pero confío en que sabrás vigilarlo.
Vivianne sintió un sutil vuelco de victoria en el estómago.
—Es un honor, padre. Le aseguro que ningún secreto de la periferia pasará por alto —respondió, inclinando la cabeza con elegancia.
El tablero se estaba acomodando incluso más rápido de lo que había previsto. La confianza de su padre era el escudo perfecto para lo que planeaba ejecutar.
Una hora más tarde, instalada en sus aposentos privados, Vivianne recibió a Marie. La doncella entró cerrando el cerrojo tras de sí, portando una pequeña bandeja de plata que contenía un fajo de cartas lacradas con cera rosa, el sello inconfundible de la casa de la familia de Lucia.
—Su Alteza —anunció Marie en voz baja, acercándose al tocador—. Tal como sospechábamos gracias a las advertencias que el Gran Duque nos hizo llegar a través del mercado bajo, la señorita Lucia no tardó en mover sus hilos. Estas cartas interceptadas estaban destinadas a las hijas de los condes de la provincia del oeste.
Vivianne tomó una de las misivas, rompiendo el sello rosa con total indiferencia. Desplegó el papel perfumado y recorrió las líneas escritas con una caligrafía apresurada y temblorosa, cargada de odio. Lucia no había perdido el tiempo: en el texto se dedicaba a difamar con saña la actitud de la princesa en el baile, tildándola de "inestable", "cruel con los vasallos" y sugiriendo de forma sutil que Vivianne estaba perdiendo el favor de su padre debido a una supuesta debilidad mental. Era un intento burdo, pero efectivo, de empezar a minar su reputación entre la nobleza periférica.
Marie observó el rostro imperturbable de su señora y frunció el ceño.
—¿Desea que las quememos en la chimenea, mi princesa? Un chisme de este calibre no debería ver la luz.
—¿Quemarlas? Oh, no, Marie. Eso sería demasiado aburrido —respondió Vivianne, y una sonrisa gélida, casi perversa, dibujó sus labios carmesí—. Destruir la evidencia solo haría que Lucia escribiera nuevas cartas mañana. Dejemos que sus palabras lleguen a su destino... pero con las correcciones adecuadas.
Vivianne se sentó frente a su escritorio personal y tomó la pluma oficial de la corona, cargándola con una tinta negra especial de secado rápido, idéntica a la que usaba la baja nobleza pero con el grosor del trazo imperial. Con una destreza milimétrica, comenzó a modificar sutilmente los mensajes de Lucia. Donde la traidora había escrito palabras de difamación contra la corona, Vivianne alteró los trazos para que dijeran cosas completamente distintas.
Pero el verdadero contragolpe no radicaba en la caligrafía modificada.
Vivianne abrió un compartimento secreto de su escritorio, donde guardaba los informes que la red de espías de Stefan le había entregado esa misma mañana: los registros financieros oficiales de la tesorería imperial. La familia de Lucia estaba en la quiebra absoluta, sosteniendo su estatus gracias a préstamos fraudulentos y malversación de fondos públicos de las provincias.
Con pulso firme, Vivianne adjuntó copias certificadas de las deudas financieras de la casa de Lucia dentro de los mismos sobres perfumados. Añadió breves notas al pie, imitando la desesperación en la tinta de su antigua amiga, haciendo parecer que Lucia, en un arranque de supuesta confianza confidencial, le estaba confesando a las hijas de los condes la ruina inminente de su propia familia y rogando por préstamos secretos.
Al terminar de sellar el último sobre con un lacre genérico, Vivianne se recostó en su silla, contemplando su obra.
Lucia creía que estaba sembrando el veneno del chisme para destruir a la princesa desde afuera. No tenía idea de que, al día siguiente, cuando las hijas de los condes abrieran esas cartas, no encontrarían una difamación contra Vivianne, sino una confesión involuntaria, humillante y detallada de la quiebra y los delitos financieros de su propia casa. Lucia misma se encargaría de cavar la fosa de su reputación social ante toda la aristocracia, destruyendo el estatus de su familia con su propio remitente.
—Llévalas a la oficina postal principal, Marie —ordenó Vivianne, entregándole el fajo de cartas corregidas—. Deja que las víboras beban de su propio veneno.
felicidades por tus novelas.