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Mónica, obligada a casarse con Valentín Marín para saldar la deuda de su padre, descubre que su nuevo esposo la ve como propiedad. En su noche de bodas, conoce a Lucas, el hermano de Valentín, quien le advierte sobre el destino de la esposa anterior y le ofrece su ayuda. Atrapada entre el miedo y el deseo, ella comienza a acercarse al único hombre que podría ayudarla a escapar de aquel matrimonio, sin imaginar que Lucas también guarda secretos y que sus intenciones están lejos de ser desinteresadas.
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5. Levántate
Los pasos sonaron en el pasillo de azulejos sevillanos antes de que la puerta se abriera. Una cadencia firme, sin prisa, sin duda. Monica reconoció ese ritmo igual que un animal reconoce la vibración del suelo antes de que el depredador doble la esquina.
El teléfono tembló entre sus dedos. La pantalla seguía encendida, mostrando el contacto "L" con el cursor parpadeando en el campo de mensaje vacío. Pulsó el botón lateral y la pantalla se oscureció. Lo deslizó bajo el cojín del brazo de terciopelo y juntó las manos sobre el regazo.
La manilla cedió hacia adentro. Valentín Marín ocupó el marco de la puerta con la quietud de quien no necesita anunciar su presencia porque el espacio ya le pertenece. Llevaba la camisa gris abierta hasta el esternón, tres botones desabrochados que revelaban el inicio del vello negro sobre el pecho. La corbata había desaparecido. El pelo, peinado hacia atrás con gel por la mañana, ahora mostraba un mechón suelto que le caía sobre la sien derecha, como si se hubiera pasado la mano por la cabeza más de una vez durante el trayecto de vuelta. La sombra de barba de tres días se veía más densa bajo la luz cálida de la lámpara de pie que la criada había encendido al anochecer.
No la miró de inmediato. Se detuvo en el umbral, una mano aún sobre la manilla, la otra metida en el bolsillo del pantalón. Sus ojos recorrieron la habitación primero y luego la miró.
Los ojos oscuros, casi negros, cayeron sobre Monica con una lentitud que no tenía nada de pereza. Empezaron por el pelo suelto sobre los hombros, bajaron por el cuello, se detuvieron en el nacimiento de los senos que el escote del vestido azul marino enmarcaba sin generosidad pero sin recato, continuaron por la cintura marcada por la tela ajustada, se demoraron en el muslo cruzado donde el dobladillo subía varios centímetros por la postura, y terminaron en los tacones que colgaban del pie izquierdo, balanceándose con un movimiento nervioso que Monica no consiguió detener a tiempo.
- “Quítate los zapatos”, dijo Valentín.
No era una petición. La cadencia era la de alguien que acostumbra a dar órdenes a personas que las cumplen sin replicar. La voz le había salido más baja de lo habitual, con un filo que raspaba en las consonantes.
Monica descalzó el pie izquierdo, luego el derecho. Los tacones cayeron al azulejo con dos golpes secos que sonaron demasiado fuertes en el silencio de la habitación. Los dedos de los pies se curvaron dentro de las medias.
Valentín cerró la puerta. No giró la llave, pero no hacía falta. Monica sabía que esa puerta no se abriría para Monica hasta que él lo decidiera.
Caminó hacia Monica. Cuatro zancadas. Se detuvo a menos de medio metro del brazo del terciopelo donde Monica se sentaba, lo bastante cerca para que Monica percibiera el olor de su piel bajo la colonia: madera, alcohol evaporado, el sudor seco de un día entero bajo el sol de Sevilla. La sombra de su cuerpo cayó sobre Monica y le cubrió las piernas, el regazo, el pecho.
- “Levántate”, ordenó Valentín.
Monica lo hizo. Las rodillas protestaron con un temblor que recorrió la parte posterior de los muslos. Se puso de pie y la diferencia de altura la obligó a inclinar la cabeza hacia atrás para mantenerle la mirada. Desde esa posición, la mandíbula cuadrada con la barba de tres días era lo primero que veía, y después, más arriba, esos ojos que no parpadeaban.
Valentín levantó la mano derecha. Monica apretó los párpados, un instante involuntario, el cuerpo esperando un golpe que no llegó. En cambio, los dedos de él se cerraron sobre la cremallera del vestido azul, que bajaba por la espalda hasta la cintura. La encontró sin necesidad de mirar, como si conociera la geografía de la prenda de memoria. Tiró de Monica hacia abajo con un movimiento seco. El sonido del diente deslizándose se abrió paso por el silencio de la habitación, y luego otro, y otro, y la tela se separó a lo largo de su columna vertebral.
El aire fresco del dormitorio le golpeó la piel de la espalda. No llevaba sostén. La criada no le había puesto uno. El vestido cayó de los hombros y se deslizó por los brazos hasta que Monica tuvo que soltar las manos de los costados para dejar que la tela bajara. Se acumuló en la cintura, luego resbaló por las caderas y se amontonó en el suelo como un charco azul oscuro alrededor de sus tobillos.
Se quedó en las medias de nylon color nude y las bragas de algodón blanco que se había puesto esa mañana. No había nada más. Los brazos cayeron a los lados y no supo qué hacer con ellos. La tentación de cubrirse los pechos le cruzó el pecho como un escalofrío, pero la mano de Valentín ya estaba en su nuca.