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La Vida Que Parecía Perfecta

La Vida Que Parecía Perfecta

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Fantasía LGBT / Enfermizo
Popularitas:325
Nilai: 5
nombre de autor: Adriana05

Una mujer atrapada en un matrimonio que dejó de hacerla feliz conoce a otra mujer que despierta en ella un amor inesperado, obligándola a enfrentarse a sus miedos, sus secretos y a las consecuencias de elegir entre la vida que construyó y el amor que jamás se atrevió a imaginar.

NovelToon tiene autorización de Adriana05 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17: La verdad que nos separó

—No me toques.

Las palabras de Victoria dejaron a Lucía inmóvil.

Por primera vez, Lucía no intentó acercarse.

No discutió.

No suplicó.

Solo dejó caer las manos a los costados.

—Está bien —susurró.

Victoria tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Me entregaste.

—Sí.

—A Arturo.

—Sí.

—Y me hiciste creer que habías desaparecido porque me amabas.

Lucía cerró los ojos.

—También era verdad.

Victoria soltó una risa amarga.

—¿Cómo puede ser verdad después de lo que hiciste?

—Porque te entregué para salvarte.

—¡No uses esa palabra!

Todos guardaron silencio.

Sebastián bajó el arma.

Daniel observaba a Victoria desde la distancia.

Esteban permanecía inmóvil.

Y Arturo, todavía en el suelo, sonreía.

Victoria lo miró.

—¿Qué te causa tanta gracia?

Arturo se limpió la sangre del labio.

—Que finalmente estás empezando a entender.

—¿Entender qué?

—Que nadie estuvo de tu lado.

Lucía dio un paso.

—Cállate.

Arturo soltó una carcajada.

—¿Por qué? ¿Te molesta que ella conozca la verdad?

Victoria miró a Lucía.

—Quiero escucharla de ti.

Lucía respiró profundamente.

—Está bien.

—Sin mentiras.

—Sin mentiras.

Lucía bajó la mirada.

—La noche del accidente, mi padre me llamó.

Esteban cerró los ojos.

—Lucía...

—Me dijo que si no te entregaba, mataría a mi hermana.

Victoria apretó los puños.

—¿Y qué hiciste?

—Acepté.

—¿Dónde me llevaste?

—A una casa.

—¿La casa de mi infancia?

Lucía asintió.

—Sí.

Victoria sintió un escalofrío.

—Yo recuerdo esa casa.

—Lo sé.

—Recuerdo estar encerrada.

—También lo sé.

—Recuerdo a una niña llorando.

Lucía comenzó a llorar.

—Era mi hermana.

Victoria la miró.

—¿Ella estaba ahí?

—Sí.

—¿Y tú?

—Yo estaba afuera.

—¿Esperando qué?

Lucía tardó unos segundos en responder.

—Esperando una oportunidad para sacarte.

Victoria se quedó callada.

—Entonces, ¿por qué no lo hiciste?

Lucía miró a Esteban.

—Porque mi padre me descubrió.

Esteban no negó nada.

—Me dijo que si intentaba ayudarte, moriríamos las dos.

Victoria miró a Esteban.

—¿Por qué?

Él respondió:

—Porque necesitaba que Victoria desapareciera.

—¿Para qué?

—Para proteger algo.

—¿Qué?

Esteban no contestó.

Victoria perdió la paciencia.

—¡¿Qué demonios necesitaban proteger?!

Arturo se incorporó lentamente.

—A mí.

Todos voltearon.

Arturo sonrió.

—Ese era el verdadero secreto.

Esteban levantó el arma.

—No vuelvas a hablar.

—¿Por qué? —respondió Arturo—. Ya no importa.

Victoria miró a Arturo.

—Habla.

Esteban gritó:

—¡No!

Pero Arturo continuó.

—Tu madre tenía una prueba contra nosotros.

—¿Qué prueba?

—Una lista.

—¿De qué?

—De nombres.

Sebastián frunció el ceño.

—¿Nombres de quiénes?

Arturo miró a todos.

—De las personas que participaron en la operación.

Daniel palideció.

—¿Qué operación?

Arturo sonrió.

—La que comenzó diez años antes del accidente.

Victoria sintió un vacío en el estómago.

—¿Diez años?

—Sí.

—¿Antes de que yo naciera?

—Mucho antes.

Elena apareció detrás de ellos.

Tenía el rostro lleno de lágrimas.

—Arturo, basta.

Él la miró.

—Tú empezaste esto.

—Yo intenté terminarlo.

—Y fracasaste.

Victoria miró a Elena.

—¿Qué hiciste?

Elena bajó la cabeza.

—Intenté destruir la lista.

—¿La destruiste?

—No.

—¿Dónde está?

Elena miró a Sebastián.

Sebastián entendió.

—No...

Victoria lo miró.

—¿Qué?

Sebastián apretó los labios.

—La lista estaba dentro de la USB.

Victoria sintió que el corazón le daba un vuelco.

—¿La que tomó Mateo?

—Sí.

—¿Entonces él la tiene?

—No.

Una voz apareció desde el fondo.

—Yo la tengo.

Todos voltearon.

Mateo estaba parado junto a la entrada.

En una mano sostenía la USB.

En la otra, un teléfono.

—¿Cómo entraste? —preguntó Sebastián.

Mateo sonrió.

—Porque este lugar tiene más entradas de las que ustedes conocen.

Arturo intentó levantarse.

—Dámela.

Mateo negó.

—No.

—Te pagaré.

—No quiero dinero.

—Entonces, ¿qué quieres?

Mateo miró a Victoria.

—Que ella conozca la verdad.

Victoria avanzó.

—Dámela.

Mateo negó.

—Primero tienes que escuchar algo.

Presionó el teléfono.

Una grabación comenzó a reproducirse.

La voz de Julián llenó el túnel.

—Si Victoria alguna vez escucha esto, significa que ya no pude protegerla.

Victoria sintió que el corazón se le aceleraba.

—Papá...

La grabación continuó.

—No confíes en Elena.

Victoria miró a su madre.

Elena cerró los ojos.

—No confíes en Arturo.

Arturo apretó los dientes.

—Y, sobre todo...

La voz de Julián hizo una pausa.

—No confíes en Lucía.

Victoria dejó de respirar.

Lucía comenzó a llorar.

—No...

La grabación continuó.

—Ella no conoce toda la verdad.

Mateo detuvo el audio.

Victoria se volvió hacia Lucía.

—¿Qué significa?

Lucía negó con la cabeza.

—No lo sé.

—¡No me mientas!

—No estoy mintiendo.

—Entonces dime qué no sabes.

Lucía lloró.

—No sé quién provocó realmente el accidente.

Victoria quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Yo creí que había sido Arturo.

—¿Y no?

—No.

Mateo intervino.

—No fue Arturo.

Arturo soltó una carcajada.

—Por fin.

Victoria miró a Mateo.

—¿Quién fue?

Mateo respondió:

—La persona que tenía más motivos para hacerlo.

Victoria miró a todos.

—¿Quién?

Mateo señaló a Daniel.

Victoria sintió que el mundo se detenía.

—No.

Daniel cerró los ojos.

—Victoria...

—No.

—Escúchame.

—¡Tú no!

Daniel se acercó.

—Yo no provoqué el accidente.

Mateo sonrió.

—Eso es cierto.

Victoria respiró.

—Entonces ¿por qué te señala?

Mateo respondió:

—Porque Daniel sabía quién lo había provocado.

Victoria miró a su esposo.

—¿Quién?

Daniel guardó silencio.

—¡¿Quién?!

Daniel comenzó a llorar.

—Tu madre.

Elena dio un paso atrás.

—No.

Victoria miró a Elena.

—¿Tú?

—No.

—¿Tú provocaste el accidente?

—¡No!

Mateo levantó la voz:

—No directamente.

Victoria lo miró.

—Explícate.

Mateo respondió:

—Elena ordenó que cambiaran el vehículo.

Elena cerró los ojos.

—Era la única manera.

—¿De qué?

—De evitar que Arturo te encontrara.

Victoria se llevó una mano al pecho.

—¿Y qué ocurrió?

Mateo contestó:

—El auto que ella preparó no tenía los frenos originales.

Daniel dio un paso.

—Eso no fue lo que pasó.

—Tú estabas ahí.

—Sí.

—Entonces sabes.

Daniel miró a Victoria.

—Los frenos fueron cambiados después.

Victoria sintió un escalofrío.

—¿Por quién?

Daniel miró lentamente hacia Esteban.

Esteban palideció.

Lucía negó.

—Papá...

Esteban no dijo nada.

Daniel señaló:

—Por él.

El silencio fue absoluto.

Victoria miró a Esteban.

—¿Tú manipulaste los frenos?

—No.

—¡Respóndeme!

—No fui yo.

Mateo intervino:

—Él dio la orden.

Esteban lo miró con furia.

—¡Cállate!

—¿Por qué? —respondió Mateo—. Ya no puedes seguir ocultándolo.

Lucía miró a su padre.

—¿Qué hiciste?

Esteban bajó la mirada.

—Intenté detener a Arturo.

—¿Matando a Victoria?

—¡No!

—¡Entonces habla!

Esteban respiró profundamente.

—El accidente no debía suceder.

Victoria lo miró.

—¿Entonces?

—Debíamos detener el auto.

—¿Y por qué no lo hicieron?

Esteban respondió:

—Porque alguien cambió mis órdenes.

Todos se quedaron quietos.

Sebastián preguntó:

—¿Quién?

Esteban miró a Arturo.

—Él.

Arturo negó.

—No.

—Sí.

—No.

—Tú ordenaste que el auto no se detuviera.

Arturo apretó la mandíbula.

—Porque Victoria tenía que desaparecer.

Victoria sintió un nudo en la garganta.

—¿Por qué yo?

Arturo la miró.

—Porque tu madre te dejó algo.

—¿Qué?

—Una prueba.

—¿Qué prueba?

Arturo sonrió.

—Algo que nunca encontré.

Victoria sintió que una vieja imagen aparecía en su mente.

Una caja.

Una llave.

Una habitación.

Y una voz.

La voz de su madre.

"Cuando seas mayor, sabrás dónde buscar."

Victoria abrió los ojos.

—La casa.

Elena la miró.

—¿Qué?

—Hay algo en la casa.

Elena palideció.

—No.

—Sí.

—Victoria, no vuelvas ahí.

—¿Qué escondiste?

Elena comenzó a llorar.

—No es seguro.

—¿Qué escondiste?

—La verdad.

Victoria dio un paso hacia ella.

—Entonces voy a buscarla.

Lucía se acercó.

—Voy contigo.

Victoria la miró.

Todavía dolía.

Todavía no sabía si podía confiar en ella.

Pero no quería enfrentar aquello sola.

—No sé si puedo perdonarte.

Lucía asintió.

—No te lo estoy pidiendo.

—Entonces ¿qué quieres?

Lucía la miró a los ojos.

—Solo quiero tener la oportunidad de demostrarte que nunca dejé de elegirte.

Victoria no respondió.

Entonces se escuchó un teléfono.

El de Sebastián.

Contestó.

—¿Sí?

Su rostro cambió.

—¿Qué pasó?

Escuchó unos segundos.

—No.

Todos lo miraron.

Sebastián colgó.

Victoria se acercó.

—¿Qué pasa?

Sebastián tragó saliva.

—El hospital está vacío.

Daniel se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—No hay médicos.

—¿Y los pacientes?

—Se fueron.

—¿Y mi hermano?

Sebastián miró a Victoria.

—No está.

Victoria sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—¿Daniel?

Daniel comprendió.

—No...

Sebastián continuó:

—Tampoco está tu madre.

Victoria miró a Elena.

Pero Elena seguía frente a ellos.

Entonces Sebastián agregó:

—Y hay una cosa más.

—¿Qué?

—Encontraron una habitación cerrada.

—¿Qué había dentro?

Sebastián levantó lentamente el teléfono.

—Una fotografía.

—¿De quién?

Sebastián miró a Victoria.

—De ti.

Victoria sintió un escalofrío.

—¿Cuándo fue tomada?

Sebastián respondió:

—Esta mañana.

Todos quedaron en silencio.

La fotografía mostraba a Victoria dormida.

En su propia casa.

Y detrás de ella...

aparecía un hombre.

Victoria reconoció inmediatamente aquel rostro.

Era el mismo hombre de la fotografía que Elena había mostrado.

El desconocido que aparecía junto a Julián y Arturo.

El hombre que, según Elena, había comenzado todo.

Victoria levantó la mirada.

—¿Quién es?

Nadie respondió.

Entonces Arturo sonrió.

—Ahora sí.

Victoria lo miró.

—¿Qué?

Arturo respondió:

—Ahora tienes que preguntarte algo mucho más importante.

—¿Qué cosa?

Arturo señaló la fotografía.

—¿Quién tomó esa foto...

Hizo una pausa.

—...si ese hombre lleva veinte años muerto?

Victoria sintió que la sangre se le helaba.

Y en ese instante, su teléfono recibió un mensaje.

Solo decía:

“Te estoy esperando en la casa.”

Victoria miró a Lucía.

Lucía leyó el mensaje.

Y ambas entendieron lo mismo.

La pesadilla no estaba terminando.

Apenas estaba comenzando.

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