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PUDRETE ROSE... AHORA AMARÉ A AMAYA ROBERTS

PUDRETE ROSE... AHORA AMARÉ A AMAYA ROBERTS

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Reencuentro / Completas
Popularitas:578
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Cal murió solo, arruinado y consumido por el recuerdo de Rose. Pero, contra toda lógica, despierta diez años antes, a bordo del Titanic, justo cuando su antigua historia está a punto de repetirse.
Esta vez no piensa cometer los mismos errores.
Rompe su compromiso, deja de financiar las deudas de Rose y Ruth y decide construir una vida completamente diferente. Entonces conoce a Amaya, una joven de buena familia caída en desgracia que viaja en tercera clase para casarse con un hombre al que no ama.
Lo que comienza como un acuerdo termina convirtiéndose en un amor verdadero.
Pero Cal sabe que el Titanic está condenado.
Cuando llega la noche del desastre, utilizará todo lo que recuerda para intentar salvar vidas.
¿Podrá cambiar el destino?
¿Y qué ocurrirá cuando el hombre que una vez lo perdió todo descubra que su verdadera riqueza nunca estuvo en el dinero… sino en Amaya, su familia y la vida que eligió?

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El precio de su insolencia

El sol apenas comenzaba a elevarse sobre el horizonte cuando Cal se despertó. No hubo ternura en sus gestos, ni palabras suaves. Se vistió con esmero, ajustando su corbata con la precisión de alguien que prepara una batalla, y miró su reflejo en el espejo con una sonrisa fría y calculadora. Amaya lo observaba desde la cama, en silencio, percibiendo que aquel hombre no era el mismo con el que había compartido la cena. Aquel era Cal Hockley tal como era en su esencia: poderoso, implacable, y convencido de que su dinero y su posición le daban derecho a imponer su voluntad sobre cualquiera.

—Levántate —le dijo, sin mirarla realmente—. Vamos a desayunar arriba. En la terraza principal. Donde están todos.

Amaya dudó, abrazándose a sí misma.

—¿Estás seguro? Sabes cómo me miran… cómo me hablan a veces. No quiero estorbarte.

Cal se giró entonces, y su sonrisa le heló la sangre.

—Que te miren. Que hablen. Que se mueran de envidia. Y si alguno se atreve a abrir la boca… quiero que estés ahí para ver cómo se la cierro. Hoy vas a aprender una lección muy valiosa, Amaya: el mundo no respeta a los amables. Respeta a los que tienen poder. Y yo tengo mucho poder.

Subieron juntos. Al entrar en la terraza, el murmullo cesó de golpe. Todas las miradas se clavaron en ellos. En ella, con su vestido sencillo, fuera de lugar entre sedas y joyas. En él, caminando con paso lento y arrogante, disfrutando de ese silencio que su sola presencia imponía. La guía se apresuró a recibirlos, pero Cal la apartó con un gesto desdeñoso.

—No necesito que me guíes —dijo con voz cortante—. Sé exactamente dónde sentarme. Y no me interrumpas.

Se dirigió a la mesa más grande y mejor situada del lugar, ocupada por un grupo de pasajeros que se creían intocables. Familias con títulos antiguos pero bolsillos vacíos, que se burlaban de él a sus espaldas. Cal se detuvo frente a ellos, sin sentarse, simplemente mirándolos uno por uno hasta que bajaron la mirada.

—Por favor, levántense —dijo con calma venenosa.

Uno de ellos, un hombre mayor con aire pomposo, frunció el ceño.

—Disculpe, señor Hockley, pero esta mesa está ocupada. Llegamos primero.

Cal soltó una risa breve, seca, que heló el aire.

—¿Ocupada? —repitió—. Qué curioso. Porque yo recuerdo haber pagado por este restaurante. Recuerdo haber pagado por los muebles, por la comida, por los sueldos de quienes los sirven. Así que, si hablamos de propiedad, esta mesa es mía. Y ustedes… son simplemente invitados que no han sabido portarse bien. Les doy tres segundos para que recojan sus cosas y se marchen. O que se queden aquí y todos vean cómo los sacan a empujones. La elección es suya.

—Esto es una indignidad —masculló el hombre, poniéndose rojo—. No puede tratar a personas decentes así.

—¿Decentes? —Cal dio un paso hacia él, bajando la voz para que solo ellos pudieran oír, con una crueldad que no ocultaba—. Conozco sus deudas de juego. Conozco cómo consiguió su pasaje mintiendo sobre su solvencia. Conozco qué joyas de su esposa ya están empeñadas en secreto. Así que no me hable de decencia, señor. Ustedes viven de apariencias. Y yo puedo destruir esa apariencia con una sola palabra. Uno… dos…

El hombre palideció. Se levantó de golpe, derribando su servilleta, y salió apresurado, seguido de su familia, con la cabeza baja, mientras todos en la terraza los observaban en silencio absoluto. Cal se sentó, hizo una seña a Amaya para que hiciera lo mismo, y le indicó al camarero que se acercaba tembloroso que sirviera el desayuno.

Amaya se sentó con el corazón acelerado.

—¿Cómo supiste todo eso de él? —susurró—. Y por qué… por qué lo humillaste así. Podrías haber sido más amable.

Cal se sirvió café con calma, como si no acabara de arruinar la mañana de una docena de personas.

—Porque la amabilidad es lo que le pides a los que pueden hacerte daño, Amaya. A los que están por debajo de ti… se les exige respeto. Y esos hombres han estado susurrando sobre mí durante días. Se ríen de mi dinero, de mi origen, de que esté contigo. Creen que porque son "nobles" son superiores. Necesitaban que les recordara quién paga el viaje. Quién sostiene este mundo en el que viven. Y no hay mejor lección que hacerlos sentir pequeños frente a todos aquellos a quienes querían impresionar.

Miró hacia donde el grupo se había detenido, junto a la salida, sin saber dónde meterse.

—Se fueron con la vergüenza pegada a la piel —dijo con satisfacción fría—. Y esa vergüenza durará más que cualquier disculpa que pudiera haberles dado. Ahora todos saben que no soy alguien a quien se puede burlar. Que si cruzan mi camino, los aplasto. Y eso… eso vale más que mil palabras.

Amaya bajó la mirada hacia su plato, con el apetito desaparecido. Vio la sonrisa en los labios de Cal, satisfecha y sin remordimiento, y comprendió algo que le heló la sangre: él no había hecho eso para protegerla. Lo había hecho porque disfrutaba sintiéndose superior. Porque ver a otros humillados le hacía sentir más grande. Y mientras él reía suavemente, seguro de su poder, ella entendió que estar a su lado significaba estar protegida… pero también significaba estar al lado de alguien que no dudaría en usar su poder contra cualquiera, sin importarle el daño, si eso le hacía sentir bien.

—¿Por qué me miras así? —preguntó Cal, notando su silencio, con una ligera ceñida en el ceño—. ¿Acaso los compadeces? Ellos no tendrían piedad de ti si estuvieran en mi lugar. El mundo es cruel, Amaya. Y yo soy lo suficientemente rico para ser el más cruel de todos.

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