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Mi ex quiere volver. Yo espero gemelos del magnate

Mi ex quiere volver. Yo espero gemelos del magnate

Status: Terminada
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Posesivo / Mujer despreciada / Amante arrepentido / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

Mi esposo quería quedarse con mis bebés, criarlos con su amante y echarme después del parto.
Pero mis gemelos no eran suyos.
La clínica había usado por error la muestra de Jerónimo Alcántara, el magnate más temido de México.
Decidí divorciarme, recuperar mi dinero y sacar a la luz las mentiras de los Cardona. Rodrigo creía que yo no era nadie sin su apellido. Pronto descubriría cuánto le iba a costar haberme subestimado.
La esposa que había humillado era V, una artista reconocida. Y el hombre al que él jamás se atrevería a desafiar llevaba tiempo buscándome.
Mientras mi matrimonio se derrumbaba, Jerónimo empezó a hacer algo que mi esposo nunca había hecho: escucharme, protegerme y tomarse en serio lo que yo quería.
Ahora mi ex me ruega que vuelva.
Pero el padre de mis gemelos quiere casarse conmigo.
Y yo no pienso volver con el hombre que quiso quitarme a mis hijos.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

Capítulo 9

La ventana del baño no tenía reja.

Era estrecha, pero podía pasar si lograba abrirla por completo. Tiré del seguro. La pintura vieja lo había dejado pegado y se me resbalaban los dedos. Detrás de mí, alguien probó la puerta del cuarto.

Eché el pasador del baño y volví por la lámpara de la mesa. Tuve que golpear dos veces el cristal.

El segundo golpe se oyó en toda la casa.

—¡Abra! —gritó la mujer—. ¡No haga una tontería!

Puse una toalla sobre el borde roto. La lluvia me golpeó la cara cuando me asomé.

Había unos tres metros hasta el suelo. A un lado de la ventana sobresalían los ladrillos de una reparación y, algo más abajo, una barda atravesaba el patio. La enredadera no me inspiraba confianza: tendría que buscar apoyo en la piedra.

Había escalado durante años antes de casarme. Conocía esa necesidad de mirar todo el descenso de una vez y el peligro de no prestar atención al apoyo inmediato. Pero llevaba tiempo sin entrenar, estaba embarazada y no tenía cuerda.

No existía una forma segura de hacer aquello. Del otro lado de la puerta tampoco.

Pasé una pierna por la ventana.

Me costó sacar la segunda. La abertura me raspó la cadera y tuve que quedarme quieta, respirando, antes de soltar el marco para buscar la primera saliente. Necesitaba las dos manos para sostenerme. El impulso de llevar una al vientre me obligó a concentrarme otra vez en el marco.

Alguien empezó a golpear el pasador.

Bajé hasta la barda y apoyé allí un pie. La suela resbaló. Volví a sujetarme del ladrillo, con una punzada en los dedos, y esperé a encontrar una posición que aguantara. Del otro lado, el terreno estaba más alto. Podía descolgarme sin saltar desde toda la altura.

Cuando mis zapatos tocaron el lodo, las rodillas me cedieron.

Me levanté agarrándome de la pared. Tenía una palma cortada y la chamarra enganchada en una rama. Tiré hasta soltarla. Oí abrirse la puerta del baño y me fui hacia los árboles.

No corrí mucho. El aire empezó a faltarme antes de llegar al camino. Quería volver hacia la carretera, donde alguien pudiera verme, pero los hombres salían de la quinta en esa dirección.

Me agaché detrás de un tronco y traté de oír entre la lluvia.

Un motor se acercaba. Vi los faros sobre el camino de servicio, más abajo, y levanté un brazo antes de saber quién venía. Si era otro hombre de Ofelia, no podría volver a correr.

El coche frenó.

Alguien salió con una linterna. Me tapé los ojos cuando la luz me dio de frente.

—¿Renata?

Reconocí la voz de Alcántara. La sorpresa fue tan grande que tardé en contestar.

—Me encerraron —dije—. En la quinta. Me quitaron el teléfono.

Se agachó frente a mí y miró hacia la casa.

—¿Puede caminar?

Lo intenté. La pierna me falló al apoyar y él me sostuvo por debajo del brazo. No pude decirle cuánto me avergonzaba necesitarlo otra vez. Me preocupaba más saber si había alguien siguiéndolo.

Tiempo después supe por qué estaba en aquella zona. Su equipo investigaba un movimiento relacionado con los hombres que habían secuestrado a los hermanos Alcántara. Jerónimo se había adelantado al punto de encuentro cuando me vio junto al camino. Lo que yo tenía delante esa noche era solo a un hombre llamando a Lino y pidiendo que localizaran su coche.

No alcanzamos a llegar.

Una linterna nos alumbró desde los árboles.

—¡Ahí está! —gritó uno de los hombres de la quinta—. Señor, esa mujer tiene que venir con nosotros.

Alcántara me puso detrás de él.

—Quédese aquí.

Aparecieron otros dos por el camino. No llevaban las linternas de la quinta y no preguntaron por mí. Uno dijo el apellido de Jerónimo. Él se quedó muy quieto.

No entendí la frase que intercambiaron. Sí vi la mano que buscaba algo bajo una chamarra.

Jerónimo me empujó hacia la parte trasera del coche. Oí un golpe contra la puerta y me agaché. Desde allí solo veía piernas, zapatos hundiéndose en el lodo, el haz de una linterna moviéndose sin rumbo.

Uno de los hombres quiso alcanzarme por el otro lado.

Alcántara lo apartó y me levantó lo suficiente para sacarme de allí. Apoyé el peso que pude sobre mis propios pies. Avanzamos entre los árboles mientras él me sujetaba con un brazo y nos abría paso con el otro.

No podía defenderse bien conmigo colgada de su costado. Lo supe por la forma en que se detenía cada vez que alguno se acercaba.

—Bájeme —le pedí—. Puedo seguir si vamos despacio.

—Aquí no.

Llegamos al terraplén de un puente viejo. Me ayudó a bajar por el borde, lejos del agua que corría bajo nosotros. Encontró un hueco seco junto a un pilar y me hizo sentar.

—No se mueva de aquí. Ya pedí ayuda.

La ceja le sangraba. Quise señalarle la herida y él miró hacia arriba, donde se acercaban las voces.

—Van a vernos —murmuré.

—Voy a sacarlos del camino.

Lo agarré de la manga.

—Espere a su gente.

Me quitó la mano con cuidado. No prometió que nada fuera a pasarle.

—Si oye a alguien, no conteste hasta reconocer la voz.

Se alejó. Lo oí llamar a uno de los hombres desde la otra orilla. Las luces se movieron detrás de él.

Me quedé con la espalda contra el pilar. Tenía mucho frío y no lograba dejar de pensar en el teléfono que me habían quitado. Poncho estaría llamándome. Quería decirle que no fuera solo a la quinta, que yo ya no estaba allí.

No podía hacer nada de eso.

Me concentré en la última instrucción que sí podía cumplir: quedarme donde Alcántara había dicho que me encontrarían.

No supe cuánto tiempo pasó.

Un roce de zapatos me hizo encogerme contra la piedra. Después oí mi nombre.

Jerónimo bajó por el terraplén sujetándose el hombro izquierdo. Intentó apoyarse en el pilar y resbaló. Lo alcancé antes de que cayera hacia el agua.

—Aquí —le dije—. Siéntese aquí.

Se acomodó delante de mí cuando una luz pasó por encima del puente, cubriéndome de la vista del camino. Tenía sangre en la mano con que se apretaba la camisa.

Esperamos hasta que se alejaron los pasos.

Entonces su peso empezó a vencerse sobre el mío.

1
Mar Sol
¡¡Ándale!! ¡¡Sin vergüenza!! Ofelia es malvada, ahora sí, se le callo el teatrito.
Mar Sol
Jerónimo ya se dió cuenta, que Renata es, V.
Mar Sol
¡¡Hay Dios!! si Jerónimo cuida a Renata sin saber lo de los bebés, pues ahora más la va a cuidar, por que ya investigó quien lo va hacer padre.
Gloria...🇻🇪
La manzanilla no es buena para las embarazadas
Mar Sol
Rodrigo es un cretino, infiel, no merece ni un gramo de consideración de parte de Renata, afortunadamente, Jerónimo está pendiente de ella.
Mar Sol
Jerónimo, acertadamente se acercó a la persona que puede ayudar a su hermana.
Mar Sol
Horrible persona es Ofelia, necesita un escarmiento por entrometida y despreciable.
Mar Sol
Jerónimo se dió cuenta que ella es V.
Mar Sol
¡¡que horror!! Rodrigo es un poco hombre, Ofelia y Ámbar, son unas descaradas.
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