Abril tiene 17 años, leucemia y una lista: aprovechar cada segundo que le queda.
Sus padres siempre trabajan, así que vive sola y se refugia estudiando en el colegio. Hasta que aparece Kael, 18, el chico que divide su tiempo entre las clases y una escuela de boxeo, con los nudillos siempre rotos y el corazón blindado.
Él cree que pelear es la única forma de no sentir. Ella le va a enseñar que vivir también duele.
Lo que Kael no sabe es que Abril se está apagando, que los dolores son cada vez más fuertes y que un día se va a desmayar frente a él.
Una historia sobre amar sabiendo que tienes fecha de vencimiento.
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Capítulo 6: Cinco minutos más
Desde que vimos el amanecer, Kael y yo teníamos una frase que no era nuestra pero que usábamos como si fuera nuestra. Cinco minutos más. Lo decía él siempre que don Luis nos quería bajar de la azotea, lo decía yo cuando sonaba el timbre del recreo y no me quería ir, lo decíamos los dos cuando algo bueno estaba pasando y queríamos estirarlo un poco.
Ese martes me dijo que me quería mostrar algo. Me dijo a las cuatro en la azotea, lleva el cuaderno. Yo le dije ya, pero no le dije a nadie. Si le decía a la señora Marta que iba a ir a la azotea con un cabro, me iba a mirar raro. Si le decía a mi mamá, me iba a preguntar quién era y por qué no lo conocía y si era buen niño y todo eso que preguntan las mamás.
Llegué a las cuatro y Kael ya estaba ahí con una mochila grande. La abrió y sacó dos pares de vendas y unos guantes rojos que se veían viejos, con el cuero gastado en los nudillos. Me dijo son de mi tío, me los prestó. Me quedé mirándolos. Nunca había tocado unos guantes de boxeo de verdad. Pensé que iban a pesar mucho, pero no, pesaban lo justo.
Me dijo siéntate. Me senté en el suelo, que estaba frío, y él se sentó al frente. Me tomó la mano derecha con mucho cuidado, como si fuera algo frágil, y me empezó a vendar. Daba vueltas alrededor de la muñeca, pasaba por entre los dedos, aseguraba el pulgar. Me explicó que era para no romperse la muñeca, que si uno pega mal se puede hacer daño. Yo lo miraba concentrado, con el ceño fruncido, sacando la lengua un poco sin darse cuenta.
Cuando terminó con una mano, me miró y me dijo ¿te aprieta? Le dije que no, que estaba bien. Me vendó la otra. Después se vendó él, rápido, sin mirar, como si lo hubiera hecho mil veces. Se puso los guantes y me pasó los rojos. Me quedaron grandes, obvio, me llegaban hasta casi el codo.
Me paré y me dijo ponte como te enseñé ayer. Puse los pies separados, uno adelante, uno atrás, como me había mostrado. Me dijo sube las manos, cubre la cara. Me dijo mira siempre al frente, no mires al suelo. Me dijo ahora pega. Jab. Le dicen jab al golpe recto con la mano de adelante.
Pegué al aire. Me fui un poco para adelante de nuevo, pero no me caí. Kael se rió y me dijo bien, de nuevo. Pegué de nuevo. Me dijo más rápido, no pienses tanto. Pegué de nuevo y esta vez sonó un poco el guante con el aire.
Me enseñó como diez minutos. Jab, jab, cruzado. Me decía no te olvides de respirar, que yo aguantaba la respiración sin darme cuenta. Me decía suelta los hombros, que los tenía tensos. Me corregía con paciencia, sin retarme. Nunca nadie me había enseñado algo así, sin apuro.
Después de un rato me cansé. Me dolían los brazos, me dolían los hombros, me dolía un poco la espalda también, pero no era el dolor feo de antes, era dolor de hacer fuerza. Me senté en el suelo y me saqué los guantes. Tenía las manos transpiradas.
Kael se sentó a mi lado y sacó una botella de agua. Me la pasó. Tomé un sorbo y le pregunté por qué me estaba enseñando. Me dijo porque lo pusiste en tu lista. Le dije que mi lista era tonta. Me dijo que no, que era valiente. Me dijo que la mayoría de la gente escribe puras tonterías como viajar a París y nunca hace nada, y que yo por lo menos estaba tachando.
Le pregunté por su lista, la que vi el otro día. Me dijo que la había escrito porque su tío le dijo que si no escribía lo que quería, se le iba a olvidar para qué entrenaba. Me dijo que quería ganar el regional porque con la plata del premio le podía comprar una máquina de coser a su mamá, que cose ropa para afuera y que la suya ya está vieja. Me dio un poco de vergüenza mi lista al lado de la suya otra vez, pero él me dijo que no, que las dos valían lo mismo.
Nos quedamos callados un rato, tomando agua. El viento pegaba y se escuchaban los autos de abajo. Kael me dijo ¿te puedo preguntar algo? Le dije que sí. Me preguntó si me dolía algo. Me quedé helada. Nadie me había preguntado así, directo, sin lástima. Le dije que no, que estaba bien. Mentira. Me dolía la espalda desde la mañana, como si me apretaran por dentro, pero no quería decirle. No quería que ese momento se convirtiera en algo triste.
Me miró un rato largo y me dijo ya, no me mientas. Me dijo que me veía pálida y que ayer también me había visto agarrándome la espalda en el recreo. Me dijo que no era tonto. Me puse a la defensiva y le dije que no me tenía que preguntar esas cosas, que no éramos nada. Me arrepentí al tiro de decirle así.
Él no se enojó. Me dijo tienes razón, no somos nada, somos dos personas que se esconden en la misma azotea. Y me dijo que si no quería contar, no contaba, pero que si me dolía me sentara y no hiciera fuerza.
Me sentí mal por haberle contestado mal. Le pedí perdón. Le dije que me dolía un poco la espalda a veces, pero que era normal. Me dijo que normal no era, pero que ya, que lo dejábamos ahí.
Don Luis nos gritó desde abajo que quedaban cinco minutos para cerrar. Kael me miró y me dijo cinco minutos más. Yo me reí y le dije cinco minutos más.
Nos quedamos esos cinco minutos sin hacer nada, solo sentados, con las vendas puestas, mirando cómo se oscurecía Conce. Cuando bajamos, me devolvió los guantes y me dijo te los presto cuando quieras. Le dije gracias.
Llegué a mi casa con las manos todavía con la marca de las vendas. Me metí a mi pieza y saqué el cuaderno. Al lado del punto tres escribí: Kael me prestó guantes y no me caí, de nuevo. Y lo taché. Ya llevaba dos tachados.
Miré el punto dos, el de que alguien me esperara de verdad. Pensé en Kael diciéndome mañana a la misma hora. Pensé en él esperándome en la azotea. Y sin querer, con lápiz muy clarito, casi que no se veía, al lado del punto dos escribí: creo que ya empezó.