Natalia tiene 25 años y es la exitosa CEO de un prestigioso bufete de abogados en Londres. Sin embargo, su imperio de cristal esconde un pasado oscuro: huyó de Zúrich para escapar de un matrimonio forzado impuesto por su multimillonario y arcaico padre. Cuando el patriarca la localiza y le lanza un ultimátum económico para arrastrarla de vuelta a Suiza, Natalia y su mejor amiga diseñan una solución desesperada: contratar a un marido de alquiler para blindarse legalmente.
Lo que Natalia no imagina es que el candidato enviado en secreto por su hermano es Óscar Alexander Sterling, su primer amor de la adolescencia. Nueve años de separación lo han transformado de un chico desgarbado con gafas en un imponente, musculado y sofisticado ingeniero naval. Ella no lo reconoce, y él decide ocultar su identidad para protegerla. Encerrados en una convivencia forzada dentro de un ático de una sola habitación, la pasión y los roces domésticos no tardarán en estallar.
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CAPITULO 12 CASOS DE CRISTAL
La sala de juntas del bufete estaba en absoluto silencio, un contraste radical con el bullicio habitual de las calles financieras de Londres. Sobre la gran mesa de cristal templado se apilaban carpetas de cuero, informes bancarios y borradores de contratos. María y yo llevábamos desde las seis de la mañana encerradas con nuestra cliente de esa semana: Victoria Croft, una joven de veintiséis años que se enfrentaba al mismo tipo de monstruo que yo conocía tan bien. Su propia familia intentaba arrebatarle el control de las acciones de la empresa tecnológica que ella misma había fundado, alegando que un antiguo documento familiar priorizaba a sus hermanos varones.
María caminaba de un lado a otro de la sala, con una taza de café ya frío en la mano, mientras repasaba las notas del caso. Victoria, sentada frente a mí, mantenía las manos entrelazadas con tanta fuerza que sus nudillos se habían vuelto blancos. Sus ojos reflejaban ese pánico primitivo, esa sensación de impotencia que yo misma había sentido a los doce años en el despacho de mi padre.
—No pueden hacer esto, Natalia... —susurró Victoria, con la voz rota por el cansancio—. Ese negocio es mío. Yo diseñé el sistema, yo busqué a los inversores, yo pasé noches enteras programando en un sótano. Mis hermanos solo quieren el dinero para saldar las deudas de sus negocios fallidos. Mi padre les ha firmado un poder legal para apartarme de la dirección general.
Me incliné hacia delante sobre la mesa, mirándola fijamente a los ojos. Adopté esa postura firme y segura que había aprendido a construir con los años, la misma que usaba para ocultar mis propias cicatrices.
—Escúchame bien, Victoria —le dije con voz pausada, arrastrando una seguridad que actuó como un bálsamo en la sala—. En este despacho no perdemos casos, y mucho menos contra familias que creen que el género define la capacidad de liderazgo. Tu padre ha firmado un poder basado en las leyes de su país natal, pero la filial principal de tu empresa está registrada aquí, en el Reino Unido. Y según la normativa británica de sociedades, ese documento familiar que han presentado no tiene ninguna validez jurídica sobre tus acciones personales. Tú eres la dueña legítima.
María se detuvo, dejó la taza sobre la mesa y sonrió con esa picardía que la caracterizaba cuando sabía que teníamos la sartén por el mango.
—Natalia tiene razón —intervino María, deslizando una carpeta azul hacia Victoria—. Tus hermanos han intentado asustarte con cartas oficiales firmadas por un bufete de renombre, pero es solo una estrategia de intimidación. Puro humo. Creen que vas a ceder por miedo al escándalo familiar. Lo que no saben es que nosotras ya hemos redactado un contraataque. Si intentan votar tu destitución en la reunión de mañana, activaremos una cláusula de protección que bloqueará todos los fondos de la empresa hasta que un juez dictamine una sentencia definitiva. Tus hermanos no pueden aguantar ni dos semanas sin liquidez; irán a la quiebra antes de que empiece el juicio.
Victoria parpadeó, asimilando la información. Vi cómo el miedo en su rostro empezaba a transformarse en una chispa de esperanza, el mismo proceso que yo había vivido durante mis duros años de estudio en el internado y la universidad.
—¿De verdad podéis detenerlos? —preguntó, con un hilo de voz.
—Mañana a las diez de la mañana es la junta de accionistas —respondí, cerrando mi ordenador portátil con un golpe nítido—. María y yo iremos contigo. No tendrás que decir una sola palabra. Nosotros nos encargaremos de recordarles a tus hermanos y a tu padre cuáles son las verdaderas reglas del juego en este país. Ahora, vete a descansar. Necesitas estar entera para mañana.
Cuando Victoria salió de la oficina, guiada por nuestra secretaria, María se dejó caer en la silla de al lado y soltó un largo suspiro, estirando las piernas.
—Buen trabajo, jefa —dijo María, mirándome de reojo—. Te pones especialmente implacable cuando los casos se parecen demasiado a tu propia historia, ¿verdad? Casi he sentido lástima por los hermanos de Victoria. Mañana se van a estampar contra un muro de hormigón.
—No es rabia personal, María. Es justicia —respondí, levantándome para recoger mis cosas—. Familias como la de Victoria, o como la mía, se creen intocables porque están acostumbradas a que las mujeres de su entorno bajen la cabeza y acepten el destino que les escriben en un trozo de papel. Creen que el dinero les da el derecho de propiedad sobre las vidas de sus hijas. Pero se olvidan de que el mundo ha cambiado, y las leyes también.
—Amén a eso —rio María, poniéndose en pie—. Nos vemos mañana a primera hora. Ponte tu traje más intimidante, el gris oscuro. Mañana vamos a dar una lección de realidad.
La mañana siguiente llegó con una lluvia fina que golpeaba los cristales del edificio donde se celebraba la junta de accionistas, en pleno corazón financiero de la ciudad. El ambiente en la gran sala de reuniones era tenso, denso como el plomo. Alrededor de la mesa de caoba se sentaban el padre de Victoria, un hombre anciano de mirada severa y arrogante, y sus dos hermanos mayores, vestidos con trajes caros pero con una actitud nerviosa que no lograban ocultar. Cuando María, Victoria y yo cruzamos el umbral de la puerta, las miradas de los hombres se afilaron.
—Victoria, te dijimos que esta era una reunión familiar y privada para tratar los asuntos de la empresa —dijo el hermano mayor, un tipo llamado Charles, mirándonos con desprecio—. No hacía falta que trajeras a tus abogadas. Esto lo podemos solucionar entre nosotros, como siempre hemos hecho.
—La señorita Croft no va a solucionar nada a puerta cerrada, señor —intervine de inmediato, sentándome a la izquierda de Victoria y extendiendo mis documentos sobre la mesa sin perder la sonrisa cortés—. A partir de este momento, cualquier propuesta, acuerdo o decisión que afecte a las acciones de nuestra cliente tendrá que pasar por mi supervisión y la de mi socia.
El padre de Victoria carraspeó, golpeando levemente la mesa con su bastón, en un gesto que me recordó de forma dolorosa a los golpes de bolígrafo de mi propio progenitor en su despacho de Zúrich.
—Escuche, jovencita —dijo el anciano, fijando sus ojos severos en mí—. Yo fundé el patrimonio de esta familia. Mis hijos varones son los herederos naturales de nuestro legado. Victoria ha tenido su oportunidad de jugar a los negocios, pero es hora de que devuelva el control a quienes corresponde. Tenemos un documento firmado que avala nuestra autoridad.
María intervino con una tranquilidad pasmosa, sacando un papel oficial de su carpeta y deslizándolo por la superficie de la mesa hasta que se detuvo justo frente al anciano.
—Ese documento al que se refiere, señor Croft, fue redactado bajo una legislación que no tiene jurisdicción sobre esta empresa —explicó María con voz clara y firme—. Lo que tiene en sus manos ahora es una notificación oficial de congelación preventiva de activos. Hemos detectado que sus hijos han estado desviando fondos de la filial británica para cubrir las pérdidas de sus negocios personales en Francia. Eso, en este país, no es un asunto familiar; es un delito comercial grave.
Los rostros de los dos hermanos se mudaron de color al instante, volviéndose completamente pálidos. Se miraron entre sí, aterrorizados al darse cuenta de que habíamos descubierto su secreto mejor guardado.
—Si mañana a las doce del mediodía no han firmado la renuncia irrevocable a cualquier derecho sobre las acciones de Victoria, este documento se presentará ante los tribunales correspondientes —añadí, rematando la jugada y poniéndome de pie—. La junta de accionistas queda suspendida. Tienen veinticuatro horas para decidir si prefieren salvar el orgullo de sus apellidos o evitar pasar una temporada en los tribunales. Que tengan un buen día.
Salimos de la sala de juntas con paso firme, dejando tras nosotras un silencio sepulcral. Victoria caminaba a nuestro lado, con los ojos abiertos de par en par, asimilando que la pesadilla que la había atormentado durante meses se había resuelto en apenas quince minutos de reunión. Al llegar al vestíbulo del edificio, se giró hacia nosotras y nos abrazó a ambas, llorando de pura emoción y alivio.
—Gracias... De verdad, gracias. Me habéis devuelto la vida —nos dijo, con la voz entrecortada.
—Te la has devuelto tú misma al tener el valor de buscar ayuda, Victoria —le respondí, devolviéndole el abrazo con una calidez genuina—. Disfruta de tu éxito. Te lo has ganado.
María y yo regresamos a nuestras oficinas en un taxi, contemplando las luces de Londres a través de la ventanilla. El éxito de esa mañana nos consolidaba aún más como una de las firmas más eficientes de la ciudad. Éramos invencibles dentro de los tribunales y las salas de juntas. Me sentía completamente a salvo, protegida por ese escudo invisible de leyes, prestigio y dinero que tanto me había costado construir. Pero mientras el taxi avanzaba entre el tráfico de la City, una extraña sensación de inquietud empezó a anidar en mi estómago. Miré mi teléfono móvil sobre el regazo, extrañada de que Thomas no me hubiera enviado su habitual mensaje semanal de control desde las cabinas seguras de Zúrich. Ignoraba que, en ese preciso instante, la fortaleza de cristal que María y yo habíamos levantado en Londres acababa de ponerse en el radar del único hombre al que verdaderamente temía.
Felicidades autora que sigan los éxitos!!! ☺️