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Cuánto Me Duele Dejarte Ir

Cuánto Me Duele Dejarte Ir

Status: Terminada
Genre:Yaoi / Romance / Amor prohibido / Completas
Popularitas:501
Nilai: 5
nombre de autor: Benjamín J. Gohega

Esta es la historia de Alejo, quien acaba de perder al amor de su vida.
Con el corazón roto, intenta comprender cómo seguir adelante cuando Santiago, la persona con la que imaginó compartir sus días, ya no está.

NovelToon tiene autorización de Benjamín J. Gohega para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Nuestro primer aniversario.

Ese día se cumplía un año desde que me había mudado con vos, desde que había vuelto, y era nuestro primer aniversario. En unos días cumplías tus veintiocho años, por eso quería organizar una linda cena. Me había pasado toda la semana viendo páginas de distintos restaurantes y también algunas propuestas de chefs que vienen a cocinar a tu casa. Aún no me decidía.

Había hecho una lista —cada vez más larga— con las comidas que te gustaban. Intenté achicarla y marqué solo tus favoritas, pero aun así el abanico de posibilidades seguía siendo grande y variado. Entonces seleccioné aquellas comidas que solías pedir cuando salíamos, esas de las que después me hablabas durante días.

Te gustaba la cocina, aunque no cocinabas muy seguido. Era como una pasión: te brillaban los ojos cada vez que hablabas del tema, y muchas veces te había insistido para que hicieras una carrera relacionada. Como aquella mañana, cuando aún no éramos nada y recién empezaban nuestros encuentros. Después voy a hablar más de eso.

Terminé de anotar todo, agendé números y guardé capturas de pantalla de los lugares que me parecieron interesantes. Entré a la ducha a las corridas y salí apurado rumbo al trabajo.

Ese día no te había contestado ningún mensaje. Los dejaba para más tarde; quería que todo fuera una sorpresa esa noche. Además, estaba muy saturado con el trabajo, no tenía tiempo ni para tomar un café.

Igual vos sabías que a veces era así, que cuando estaba complicado no agarraba el celular. De todos modos, esa noche íbamos a ir a cenar afuera y después podríamos hablar todo lo que quisiéramos. Cuando venía de camino al trabajo te había mandado la ubicación y la hora. Era un restaurante nuevo, a la salida de la ciudad, con una vista hermosa. Esa iba a ser parte de la sorpresa.

Antes de salir del trabajo, mi celular sonó una y otra vez. Era un número privado. Pensé que eras vos, pero no. Me informaron que mis viejos habían tenido un accidente en la ruta. De repente me dijeron que mi mamá había fallecido antes de llegar al hospital y que mi papá estaba inconsciente.

La noticia me cayó como un baldazo de agua fría. Hacía años que no nos hablábamos; la última vez que los había visto fue aquella vez que volví al sur. No teníamos una buena relación, nunca la tuvimos, pero aun así eran mis padres.

No pude contestar casi nada. Me temblaba todo el cuerpo. Creo que la llamada era desde el hospital.

Fue uno de los peores días de mi vida. Salí muy apurado y empecé a caminar. El corazón me latía fuerte, respiraba con dificultad, se me nubló la vista. No sabía adónde iba, solo caminaba. Cuando quise darme cuenta, llevaba más de una hora andando y estaba en un barrio en el que nunca había estado.

Tenía muchas llamadas perdidas tuyas. Seguro estabas muy enojado, sentado en el restaurante, esperándome. Y yo estaba ahí, en medio de quién sabe dónde, roto en mil pedazos, sin poder sostenerme a mí mismo, sin poder con mi propia existencia.

Intenté llamarte, pero se largó una lluvia torrencial. No podía marcar, me temblaban las manos.

Me acerqué a una despensa y le pedí indicaciones a la señora que atendía. Amablemente me invitó a quedarme hasta que parara la lluvia. Le agradecí, pero salí igual.

Crucé la primera esquina y escuché que un auto venía bajando la velocidad. Noté las luces bajas y, de repente, un bocinazo. El corazón me latía con fuerza, estaba aturdido y asustado. No veía bien, no sé si por la lluvia o por mis ojos llenos de lágrimas.

Cuando me di cuenta de que era tu auto, te vi bajar rápido. No podía hablar, no sabía qué decir. Pensé que estabas enojado, pero estabas feliz. Feliz de haberme encontrado.

Me abriste la puerta, me hiciste sacar la campera mojada y me diste la tuya. Me besaste, tomaste mis manos y besaste mis nudillos. Creo que siempre supiste cuánto me gustaba que lo hicieras.

—Perdón, Santy. Arruiné nuestro primer aniversario —te dije con la voz temblorosa, entre lágrimas.

—Alejo, no pidas perdón. Estaba muy preocupado. Vamos a casa —me dijiste, con esa enorme sonrisa que todo lo podía.

Me acordé de la cena que había planeado, pero no me salían las palabras para preguntarte nada. De repente sentí ese olorcito que venía del asiento de atrás. Claramente ya tenías la cena. En todo el camino no dijiste nada.

Yo solo lloré. Y seguí llorando. Sentía que no iba a parar nunca.

Al llegar estaba aún aturdido. Me quedé inmóvil en el asiento del acompañante. Bajaste, rodeaste el auto y me abriste la puerta. Me hiciste bajar y me diste el abrazo más lindo que me habías dado en los últimos meses. Fue un consuelo enorme. Me besaste suavemente y me susurraste al oído que ya lo sabías, y me apretaste todavía más fuerte.

Cuando entré a nuestro departamento me quedé paralizado. El piso estaba completamente cubierto de pequeñas hojas de anotación, de varios colores. Me arrodillé sobre ellas y empecé a leer. Cada una tenía un motivo por el que me amabas, una pequeña anécdota o una frase de mis libros favoritos.

Vos estabas de pie, mirándome. Te abracé las piernas.

Agradecí internamente al universo haberte elegido, tenerte y que me amaras. Eras todo lo que necesitaba para poder afrontar el accidente de mis padres. Vos, y todas esas anotaciones pegadas al piso.

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Benjamín Gohega
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