El silencio de los colores rotos
Sinopsis de la Obra
La vida de Valeria parecía sacada de una pasarela: a sus 25 años era una brillante diseñadora de modas, con una esbelta figura de 1.75 metros, una sonrisa contagiosa y un talento desbordante. Sin embargo, su realidad en casa era muy distinta. Estaba casada con un hombre machista de 33 años que trabajaba como chófer, con quien tenía una hermosa hija de 4 años.
El mundo de Valeria se desplomó cuando a su pequeña le diagnosticaron leucemia. En una carrera desesperada contra la muerte, la única esperanza residía en un donante compatible: su propio padre. Tras suplicarle y arrodillarse, él aceptó donar, pero la tragedia golpeó con crueldad: el día previo a la cirugía, el hombre se emborrachó con sus amigos y faltó a la cita.
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EL DESAFÍO EN LA CIMA DEL MUNDO
Las puertas dobles de caoba del consejo directivo de la Casa Silva se abrieron con un golpe seco que resonó en todo el pasillo principal. Las luces de los rascacielos parisinos comenzaban a encenderse contra el cielo plomizo de la tarde, proyectando largas sombras a través de los ventanales del piso cuarenta.
Valeria entró con paso firme, enfundada en un abrigo estructurado de lana gris antracita y un traje sastre impecable. Su expresión era la de una generala que marchaba hacia el campo de batalla, con la absoluta certeza de que no concedería ni una sola rendición. Detrás de ella caminaba Julian, sosteniendo una tablet con los reportes financieros actualizados de las últimas veinticuatro horas.

—Los accionistas minoritarios están alterados, Valeria —advirtió Julian en un susurro rápido mientras tomaban asiento en la cabecera de la mesa de reuniones—. La compra de los corredores logísticos por parte de los fondos vinculados a Carvajal ha provocado una ligera caída en nuestras acciones preventivas. Quieren saber cuál será nuestra respuesta legal.
Valeria se sentó con elegancia, cruzando las manos sobre la caoba pulida. Su mirada recorrió a los directores reunidos, cuyas caras reflejaban una mezcla de nerviosismo y expectación.
—Nuestra respuesta no será en los tribunales, Julian —respondió ella con voz fría, cortante y absolutamente calmada—. Los tribunales toman meses, y Esteban Carvajal busca precisamente eso: ganar tiempo para acorralarnos. Vamos a cortarle el suministro de raíz.
—¿De qué hablas? —preguntó su socio con el ceño fruncido.
—He autorizado la activación inmediata del plan de contingencia con nuestros proveedores exclusivos en Milán y Lyon —explicó Valeria, apoyando ligeramente las palmas sobre la mesa—. Si Carvajal cree que posee el monopolio de las rutas marítimas, utilizaremos el transporte aéreo privado de alta gama para el traslado de nuestras sedas y hilos de alta costura. El costo logístico aumentará, sí, pero la Casa Silva no dependerá ni un solo segundo de las rutas que él pretenda bloquear. Que pague el precio de almacenar contenedores vacíos en el puerto de Marsella.
Un murmullo de aprobación silenciosa recorrió la mesa. Los directores asombrados comprendieron que la diseñadora no estaba jugando a la defensiva; les estaba declarando una guerra abierta al mismísimo magnate industrial.
La Silenciosa Llegada
La medianoche cubría París con una capa de neblina fina y constante que borraba los contornos de la Torre Eiffel al fondo. En el penthouse privado de Valeria, el silencio solo era interrumpido por el golpeteo rítmico de las gotas de lluvia contra los cristales blindados.
Valeria se encontraba de pie frente al ventanal de su estudio, sosteniendo una copa de vino tinto que apenas había probado. Su reflejo en el vidrio mostraba a una mujer indomable, esculpida a base de cicatrices y éxito implacable. Sin embargo, una punzada en la nuca le advirtió que el aislamiento de su fortaleza ya no era seguro.

El timbre privado del ascensor de servicio del penthouse emitió un destello azulado. Nadie, absolutamente nadie, tenía acceso directo a ese piso sin la autorización expresa de su huella digital o la de Julian.
Valeria dejó la copa sobre la mesa de cristal con un movimiento seco. Su mano se deslizó discretamente hacia el interior del cajón de la consola, donde guardaba un pequeño dispositivo de seguridad, mientras sus ojos oscuros se fijaban en las puertas corredizas del ascensor.
El zumbido mecánico cesó. Las puertas se abrieron con suavidad.
De pie en el umbral, con el abrigo negro ligeramente mojado por la llovizna parisina y una presencia tan abrumadora que parecía devorar el oxígeno de la habitación, estaba Esteban Carvajal. No traía escoltas, ni asesores legales, ni la falsa sonrisa diplomática de la gala en su hacienda. Sus ojos verdes brillaban con una intensidad febril, fijos directamente en ella.

—Te dije que los imperios de hielo no resisten la primavera, Valeria —dijo Esteban con su voz profunda, rompiendo el silencio de la noche mientras avanzaba con paso decidido hacia el centro de la sala—. Y veo que has decidido incendiar tu propia casa antes de permitir que me acerque.
Valeria no retrocedió ni un solo milímetro. Sacó la mano del cajón con los dedos firmes, levantando la barbilla con un desprecio tan gélido que habría congelado a cualquier otro hombre.
—Entrar a la fuerza a mi propiedad privada en París no te convierte en un conquistador, Carvajal —espetó Valeria, su voz cortante como una cuchilla de afeitar—. Te convierte en un trespasser, un criminal internacional que acaba de firmar su propia ruina judicial. Lárgate de mi casa antes de que ordene a la policía francesa sacarte esposado de este edificio.
Esteban se detuvo a escasos pasos de ella. El aroma a sándalo y la electricidad cruda de su cercanía chocaron violentamente contra el aura intocable de la diseñadora. Una sonrisa lenta y desafiante se dibujó en los labios del magnate.
—¿La policía francesa? —murmuró él, dando un paso más, cerrando cualquier ruta de escape—. Valeria, puedes bloquear mis barcos en Marsella, puedes cambiar tus rutas aéreas y puedes poner todas las cerraduras de titanio que quieras en este penthouse... pero sabes perfectamente que no has venido a llamar a la policía.
Valeria sintió que la sangre le hervía en las venas, no por miedo, sino por una furia tan intensa que amenazaba con desbordar su control.
—Estás loco si crees que voy a doblegarme ante tus jueguitos de millonario aburrido —siseó ella, clavando sus ojos oscuros en los suyos con una ferocidad inaudita—. Yo ya perdí todo lo que amaba en esta vida. No tengo nada que temer, y no le temo a tu dinero, ni a tus empresas, ni a ti.
Esteban levantó una mano con una lentitud deliberada, deteniéndose a solo milímetros de su rostro, sin atreverse a tocarla, pero acorralándola con la intensidad magnética de su mirada.
—Yo no quiero que me temas, Valeria —susurró él con una sinceridad descarnada que hizo tambalear por una fracción de segundo los cimientos del Imperio de Hielo—. Quiero que me mires y admitas de una vez por todas que la única razón por la que huiste hasta París... es porque sabes que soy el único hombre en este mundo capaz de quemar este maldito hielo hasta los cimientos.