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BAJO EL DOMINIO DEL DEMONIO

BAJO EL DOMINIO DEL DEMONIO

Status: Terminada
Genre:Mafia / Mujer poderosa / Villana / Completas
Popularitas:3.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

Hace quince años, la dejaron en la calle, hambrienta y sin esperanza, con dos niños pequeños y una madre agonizante. Hoy, es "La Tiburón" en los corporativos de alta alcurnia y "El Demonio", la implacable jefa de la mafia que controla el país desde las sombras. Cuando su despreciable exmarido regresa buscando destruirla con la complicidad de la esposa de un poderoso magnate industrial, descubrirán demasiado tarde que han despertado al monstruo equivocado. Una guerra de poder, finanzas y venganza donde el amor y la supervivencia bailan al filo de una navaja.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LA MIRADA DE LA BESTIA

​El eco de las palabras de Amelia aún flotaba en el aire mientras se alejaba con paso firme hacia la barra del salón principal. Carlos se quedó estático, con la copa de champaña a medio camino de los labios y el rostro encendido por una mezcla tóxica de humillación pública y una renovada, enfermiza obsesión. Patricia, a su lado, bufaba como un gato encrespado, intentando salvar la escasa dignidad que le quedaba frente a los murmullos de los aristócratas mirones.

​Lo que ninguno de ellos notó fue que, a pocos metros, semioculto tras una columna de mármol y con una copa de whisky puro en la mano, Sebastián Ferrer había presenciado cada segundo del enfrentamiento.

​"La Bestia" no solía interesarse por los dramas superficiales de la alta sociedad; su mente vivía perpetuamente ocupada en hojas de cálculo, rendimiento de refinerías, fluctuaciones del crudo y las presiones constantes de un conglomerado internacional. Sin embargo, la actitud de Amelia lo había descolocado. Ninguna mujer de la élite local se habría atrevido a hablarle a Carlos Vargas con semejante desprecio gélido y altivo sin recurrir a gritos o escándalos. Amelia lo había hecho con la gracia letal de una pantera y la fría autoridad de una general en el campo de batalla.

​—¿Quién es esa mujer? —preguntó Sebastián con voz ronca y profunda, sin apartar los ojos de la silueta envestida de vino tinto que ahora conversaba con Héctor Medina.

​Su asistente personal, que lo acompañaba discretamente, revisó rápidamente su tableta corporativa.

—Es Amelia Castañeda, señor. CEO de Castañeda Holdings. Entró al mercado corporativo hace poco más de una década y ha crecido de forma meteórica. Es una de las contendientes más fuertes para la licitación de las refinerías que abrimos la próxima semana. En los círculos financieros la llaman "La Tiburón".

​Sebastián dio un sorbo lento a su bebida, una ligera sonrisa cínica curvando por un instante la comisura de sus labios. "La Tiburón". El apodo le quedaba a la perfección.

—Interesante —murmuró para sí mismo—. Averigua todo sobre ella. Quiero saber de dónde salió y cómo construyó su imperio desde las cenizas.

​Mientras tanto, ajena por completo a la curiosidad del magnate petrolero, Amelia aceptó la copa de agua mineral que Héctor Medina le ofrecía con una sonrisa cómplice.

​—Vaya recibimiento, Amelia —comentó Héctor, negando con la cabeza mientras observaba de reojo cómo Carlos y Patricia se marchaban cabizbajos del salón—. Ese imbécil de Carlos todavía no entiende con quién se metió hace quince años. Si supiera que la mujer a la que dejó en la calle ahora mismo podría comprar y vender su empresa familiar con el suelto de su bolsillo...

​—Déjalos que sufran, Héctor —respondió Amelia con una tranquilidad pasmosa, bebiendo un sorbo—. Los perros muertos siempre vuelven a oler el rastro, pero ya aprendí a no ensuciarme las manos con plagas menores. Prefiero concentrar mis energías en cosas importantes. Como, por ejemplo, la licitación de la próxima semana con el conglomerado de Sebastián Ferrer.

​Natalia, que se habia acercado silenciosamente por el flanco izquierdo con un elegante vestido esmeralda, soltó una carcajada suave.

—Hablando del rey de Roma... ¿Sabías que el mismísimo Sebastián "La Bestia" Ferrer no te ha quitado los ojos de encima en toda la noche? Está allá al fondo, observándote como si intentara descifrar un jeroglífico cuántico.

​Amelia giró ligeramente el rostro, permitiendo que su mirada cruzara el salón hasta chocar de frente con los intensos y oscuros ojos de Sebastián Ferrer. No apartó la vista. Al contrario, sostuvo el duelo visual con una intensidad magnética, un desafío mudo que flotaba en el aire cargado de electricidad. Sebastián levantó su vaso en un brindis silencioso, un reconocimiento tácito entre dos depredadores alfa que saben que el verdadero enfrentamiento apenas va a comenzar.

​—Un hombre amargado, solitario y con un imperio petrolero bajo sus pies —comentó Amelia con una media sonrisa felina—. Dicen que nunca sonríe y que destruye a sus contrincantes sin pestañear. Me encantan los retos difíciles.

​—Cuidado, amiga —advirtió Natalia con un dejo genuino de preocupación, aunque con una chispa de diversión en los ojos—. Dicen que "La Bestia" no tiene corazón. No querrás quemarte con fuego del diablo.

​—Querida Natalia —respondió Amelia con voz firme, acomodándose el broche del vestido con absoluta seguridad—, olvidaste que yo misma soy el demonio cuando toca defender lo mío. Si Ferrer quiere esa licitación, tendrá que ganársela compitiendo contra mí. Y te aseguro una cosa: yo no sé perder.

​Días después, en la imponente torre de cristal que albergaba las oficinas centrales del conglomerado Ferrer, se llevó a cabo la reunión previa a la gran licitación. La tensión en la sala de juntas era palpable. Ejecutivos de traje impecable sudaban frío ante la presencia imponente de Sebastián, quien presidía la mesa principal con gesto pétreo.

​Las puertas se abrieron y entró Amelia Castañeda. Venía enfundada en un traje sastre negro de corte perfecto, una blusa de seda blanca y unos tacones que resonaban en el suelo como los pasos de una ejecutora inexorable. Detrás de ella, Bruno Ríos caminaba con la discreción de una sombra letal.

​Sebastián la miró fijamente desde la cabecera de la mesa, sintiendo cómo el aire de la sala parecía volverse más denso. El juego de ajedrez corporativo y personal acababa de dar inicio, y ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder ni un solo milímetro del tablero.

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